Fedra yace muerta. La mató el deseo. Un día, sin que lo sospechara nadie, comenzó a enfermar: febriles noches de insomnio que parecían eternas, días interminables de taquicardia y disnea , y Fedra, cada día más débil, se acercó poco a poco al momento fatal. Como un cáncer, su deseo se extendió por todo su cuerpo: cada mililitro de su sangre, cada milímetro de su piel, hasta hacer metástasis en su cerebro: Fedra enloqueció y, enloquecida, dejó de ser la discreta princesa para convertirse en una bárbara, vengativa, incontenible… Pero, ¿debía extrañarnos? ¿no le sucedió acaso lo mismo a su madre y a su hermana? Pasifae, la insaciable reina amante del toro divino; Ariadna, la dulce joven que, cautivada por Teseo, no dudó un segundo en traicionar su sangre con tal de estar entre sus fuertes brazos de héroe. Y, aunque las consecuencias no fueron las que ellas imaginaron –el nacimiento de un monstruo y un despertar desolado en una isla desierta–, ambas pudieron apagar el fuego de sus entrañas.

Pero Teseo ya no era ese hermoso joven cuando volvió a Creta y tomó a Fedra por esposa, a sus cincuenta y tantos, habían quedado atrás los brazos musculosos y su sed de aventuras resultaba ya risible. No, Teseo no fue quien despertó en ella el deseo salvaje que permanecía dormido en sus genes, sino su hijo, Hipólito, el joven cazador, hijo también de una amazona y, como ella, hosco y renuente a los asuntos amorosos. No hubo pues esperanza para la joven esposa, rechazada por el objeto de su deseo al confesarle sin pudor sus sentimientos y rechazada por el pueblo ateniense al enterarse de su historia en el teatro de Eurípides, ¿una mujer no tiene derecho a sentir, a desear de esa manera? No, no según los hombres del siglo V a. C., hubo que reescribir la historia, suavizar los hechos, no la muerte de Hipólito ocasionada por la reina despechada, sino la manera en que llega a éste la propuesta indecorosa: no podía ser Fedra la que lo sedujera, la que diera el primer paso, una mujer debe ante todo preocuparse por el honor de su familia, había que incluir un intermediario cuya imprudencia destara los hechos fatales, la nodriza.

El resultado para Fedra, sin embargo, fue el mismo, el rechazo evitó que su fuego se apagara y ella murió consumida por su propia hoguera, muerta por un deseo incontenible que arrastró consigo al joven cazador, irónicamente acusado de forzar a Fedra a lo que ella tanto hubiese querido: tomarla en sus brazos y fundirla en su cuerpo, besar sus labios y beber su ansiedad, olvidarse de ese parentesco inexistente, del honor y del mundo para recorrer juntos su mutua geografía. En vez de eso la muerte, el frío, el olvido… y el deseo, el eterno deseo de lo que nunca será.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

1 comment

Deja un comentario

Your email address will not be published.

You may use these HTML tags and attributes:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>