Desde hace muchos años que ese grupo se venía reuniendo regularmente. Hacían sus fiestas cada quince días y se iban rolando la casa. Al que le tocaba ser el anfitrión se encargaba de la comida y los demás traían los vinos, refrescos y postres.

Ya la mayoría eran rucos pero mantenían joven el espíritu. Había todavía algunos matrimonios, pero la mayoría estaban viudos, divorciados o separados. También había alguno que se había reciclado con alguna otra pareja, pero estas nuevas adquisiciones no asistían a las reuniones por no sentirse parte del grupo.

En total eran catorce personas las que seguían con la costumbre de reunirse y tenían prohibido que a alguno se le ocurriera morirse porque quedarían incompletos y eso de tener 13 en un grupo no auguraba nada bueno.

Pues en las tertulias se platicaba mucho, se bailaba, se comía y bebía libremente sin temor a las diabetes o a los colesteroles y se la pasaban de los mejor.

Últimamente, se hablaba mucho de los nietos, lo que hacía que hubiera un ambiente de relajamiento y risas, ya no era sólo presumir los logros de los hijos, sino compartir las gracias y alegrías que los nietos les proporcionaban.

La primera reunión del año, les tocó después del día de Reyes, en la casa de Carlos, viudo simpático y afable. La casa era enorme y por alguna razón estaba llena siempre de los juguetes de sus nietos. Había juguetes de todo tipo, desde el caballito de palo, hasta los carros de control remoto y autopistas del nieto y peluches, muñecas que hablan y juegos de cocina de las niñas.

Carlos fue el primero que se atrevió a tocar el tema del miedo que le dan esos juguetes tan modernos; lejos de recibir burlas y críticas por sus comentarios, la mayoría se unió a su opinión. A nadie le gustaban esos juguetes porque decían algunos que los habían visto moverse sin tener a nadie cerca y con los controles remotos apagados. Todos preferían los muñecos tradicionales y más conocidos.

Casi pegan un grito los 14 asistentes a la reunión cuando de repente vieron cómo empezó a caminar un caballito, sólo fueron dos pequeños pasos que los hicieron brincar en sus asientos. Se miraban unos a otros sin encontrar explicación a lo sucedido, buscaban controles remotos por toda la sala, pero nadie se atrevió a acercarse y revisar el caballito.

Después de un buen rato y unas copitas de vino más, se pasaron al comedor a seguir degustando su deliciosa cena y decidieron que nadie regalaría a sus nietos ese tipo de juguetes. Y aunque la alegría que los caracterizaba no mermó, nadie volvió a mirar hacia la sala, no fuera a ser que se llevaran otra sorpresita.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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