“Y el mar murmura en su lenguaje…”

Hoy es el último día. Cuando llegué pensé que todo sería terrible, el inicio fue tan malo. Quería volver cuanto antes. Y ahora que la palabra último resuena sobre mi cabeza, quisiera tener más tiempo.

Creo que las vacaciones muchas veces significan escape. Significan en realidad huir del devenir cotidiano al que todos estamos acostumbrados, resignados o condenados a repetir día tras día… huir del tráfico, del despertador, de las deudas, del clima, de la gente, huir de la realidad que envenena  y va matando de a poquito, en cualquier sitio en que se exista, huir para olvidar por un momento, a dónde perteneces… y la gente (incluida yo) casi siempre, huye al mar.

Tengo la teoría extraña que el mar te obliga a soñar, te hace sensible y más vulnerable a abrir el corazón, te obliga a decir palabras que te sorprenden, que te pacifican, que te hacen sonreír… entonces, por eso luego las personas que están cerca del mar parecen ser más felices.

Yo también huyo a veces, cuando me entran las ganas de perderme… entonces me gusta sentir la arena entre los dedos de mis pies y saber a sal. Toda yo (incluidos mis párpados) se a sal. Toda yo (incluyendo mi boca) tiene una pincelada de mar. El mar acaricia mis tobillos y me llama a adentrarme en él, a ser parte de esas historias locales que viven entre redes y pescadores.

Con los ojos ocultos detrás del horizonte, observo la luz que el sol derrama sobre los últimos amarillos del cielo, tornándolo rojo, naranja, púrpura…

Mis manos juegan a ser una, e imagino maravillas ocurriendo alrededor mío… la ardua labor de las de los peces luchando por su vida, la lluvia atemorizada entre los montes, el silencioso diálogo de la espuma, el quejumbroso sonido de las olas chocando entre las rocas.

Estoy escuchando el murmullo de la brisa marina que trae a mí los secretos de millones de personas, las que han muerto, las que están lejos, las que caminan con los años a cuestas, las que hacen el amor, las que esperan en hospitales, estaciones vacías y aeropuertos elegantes, las que lloran a las que murieron, las que dejan pasos en las aceras… es por eso que no digo nada, el viento viene y no deseo que se lleve lejos los secretos de esta tarde liviana en donde me reconcilio conmigo misma, deseando convertirme en una de esas leyendas…

Repaso con un dedo la inocente figura de las estrellas primerizas, la luna llena anclada en lo que ahora es un gris celeste hace evidente el brillo de mis ojos…

Es entonces cuando el universo se encarga de delatarme, escribiendo sobre la pálida luz de las farolas recién encendidas que desde esta epifánica bahía, tengo algo que contarte.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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