Las noticias de radio y televisión fueron pródigas al señalar el 50 aniversario del álbum del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, de los Beatles. Al oír la noticia, Camila gozó con los recuerdos de épocas pasadas gloriosamente, pero también sufrió de un ataque de viejitis, al caer en cuenta que para ese tiempo, ella ya tenía sus buenos quince años. O sea, que había corrido muchísima agua bajo los puentes, como dicen por ahí.

Esto le desencadenó hacer un buen balance de sus recuerdos de esos años fascinantes de la juventud. Uno en especial se le quedó en la mente y le ocasionó una gran sonrisa.

Siempre había sido un poco machorra, como decía su mamá. No le gustaban tanto las labores de “mujeres”, como tejer o bordar. Aprendió algunas cuestiones básicas más por obligación que por gusto, pero nunca aprendió ni a agarrar bien las agujas de tejer.

Su mamá la dejó en paz por fin, porque vio que a Camila le gustaba más leer y jugar, subir a la azotea y dar mucha lata desde allá.

Ella admiraba mucho lo que hacían sus hermanos mayores, a todos los consideraba muy superiores a ella por todos los conocimientos que ellos tenían, tanto los hermanos como las hermanas. Pero de los hombres envidiaba muchas cosas que podían hacer y a las niñas no se les permitía.

El hermano mayor era alpinista y toda la familia apoyaba y admiraba su gusto por esa actividad. El hermano menor también había ido varias veces a escalar; regresaban muy cansados pero felices.

Un día que la diosa fortuna vio con mucha amabilidad a Camila, permitió que uno de los primos faltara a la escalada del Popocatépetl, que harían ese fin de semana. Su hermano mayor le dijo

-¿“Oye flaca, te animas a ir con nosotros al Popo”?

Ella abrió los ojos y no lo dudó, pero no tenía ropa adecuada.

Entre los dos hermanos le prepararon lo que tenían, unos guantes enormes, unas botas aún más grandes, que rellenaron con varios pares de medias gruesas, unas mallas y las chamarras y suéteres que tenían a la mano. Le emocionaba poder usar un piolet cuando estuviera en la nieve. Ya de camino hacia Tlamacas, el campamento en donde pasarían la noche, Camila iba que no podía ni hablar de la emoción.

Cenaron en Amecameca y continuaron el camino. Era ya de noche y ante ellos se alzaba impresionante el enorme y blanco volcán, que ocupaba todo el espacio ante los sorprendidos ojos de Camila. Ni en sueños lo había imaginado así. Superaba totalmente lo que sus hermanos les habían platicado. En el estrecho y curvado camino le mostraron el árbol de la Bruja, que es un árbol seco, con toda la forma de una bruja. ¡Impresionante!

Cuando llegaron al campamento, se acomodaron en un cuarto de madera que tenía dos literas triples; ellos eran cuatro, porque un amigo los acompañaba y a ella la dejaron muy cómoda en la litera de en medio.

Durmió un poco y la despertaron los ronquidos de los vecinos de litera, durmió con la ropa y las botas puestas, así que no pasó nada de frio, pero empezó a llenarse de pánico al oír que alguien arañaba la ventana. A los catorce años, Camila todavía era muy impresionable y su imaginación se desbordaba. Inmediatamente pensó en el Yeti, casi lo veía por la pequeña ventana. Estaba segura que era él y que pronto iba a entrar por ellos. Un sexto sentido le dijo que no despertara a sus hermanos ni les dijera nada, porque se iban a reír mucho de ella. Un mucho el miedo y otro mucho la emoción de estar ahí, no le permitieron dormir bien, pero la llamaron a las cinco de la mañana para emprender la subida.

A esa edad casi nada se te dificulta y la experiencia de los hermanos facilitó la labor. Lo primero que su hermano Belem le mostró fue el amanecer. Ella quedó extasiada, es el recuerdo que más le quedó grabado en la memoria. Los rayos del sol reflejándose sobre el Iztaccíhuatl, que quedaba a sus espaldas, daba todas las tonalidades que uno pudiera imaginar; el amarillo predominaba, pero había rojos, naranjas y hasta violetas danzando sobre la nieve de la montaña vecina. Eso sí, había que observar todo con lentes oscuros porque el reflejo es fuerte. ¡Camila se sentía en el paraíso!

Poco a poco la ascensión fue haciéndose más pesada, a medida que la nieve se hacía más abundante. Se dio cuenta que no era un juego. Ahí entendió que era algo realmente que te tenía que gustar porque implicaba mucho esfuerzo físico. Más adelante había mucha gente con mal de montaña, y los veía regresar al campamento tristes y decepcionados. También vieron que bajaron a un muchacho que falleció cuando cayó de un risco; dijeron que habían elegido el camino más difícil y en donde eran comunes los accidentes.

Ellos siguieron adelante atados con una cuerda y usando su piolet cada uno y con las botas protegidas con los spikes. Todo seguía siendo muy emocionante. De pronto el frío inclemente se apoderó de las manos de Camila, los guantes no eran los adecuados y empezó a sentir que sus manos le dolían, le quemaban y no aguantaba el frío. A pesar de los masajes, decidieron que tenía que regresar también ella al campamento, como había visto que otros hacían.

Con todo el dolor de su corazón y un poquito herido su orgullo, tuvo que regresar en compañía de su experimentado hermano Ángel, quien para que no sintiera tanto el fracaso, le fue enseñando los paisajes más fascinantes que tenían a la vista. Le mostró el Paso de Cortés y le platicó cómo explotaban los españoles a los indígenas obligándolos a sacar el azufre del cráter del volcán.

Una vez en Tlamacas, esperaron durante unas buenas horas el regreso de los otros dos compañeros, que llegaron satisfechos de haber llegado a la cima una vez más.

Inmediatamente degustaron las delicias que siempre preparaba su madre, un delicioso mole con carne de cerdo y chilacayotes, comieron chocolates y bebieron café calientito.

Descansaron un rato, sacaron las fotos de rigor y regresaron con mucha felicidad, Belem y el amigo por haber llegado a la cima. Ángel y Camila porque tuvieron oportunidad de estar en ese lugar tan increíble y fascinante en todos aspectos.

Ahora Camila da gracias a la vida por haber permitido que ella estuviera ahí, porque desde algún tiempo don Goyo ha estado molesto y ya no ha permitido que ni los más experimentados escaladores, ni mucho menos los visitantes normales puedan acercarse.

La sonrisa de Camila al recordar estas cosas, nada se la puede quitar, tampoco la admiración y cariño que sigue sintiendo hacia sus hermanos.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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