Mayo 25, 1999

6:05 pm.

Es una tarde linda, allá afuera el viento parece estar tranquilo y el sol se esconde poco a poco detrás de las montañas, que aun logran conservar su verde original. ¿Sabes algo? por primera vez desde que te conocí, quiero escribir como usualmente lo hacía, contando cosas cotidianas de mi vida, de mi presente y mi pasado… de cosas sin importancia que siempre consideraba interesantes, aunque yo sabía que no lo eran. Creo que desde que cruzamos palabras e intercambiamos miradas, todo lo que era mi concepto de mundo interno cambió completamente, mis ideas dieron un giro total, comencé a escribir sentimientos verdaderos, a escribir cartas nostálgicas con ese toque de poesía barata que nunca pude evitar, con ese sello que según yo había adoptado para ser reconocida…

Lo más increíble de la situación es que yo no creí jamás en las coincidencias, ni en esa inútil leyenda de estar en un mismo espacio y un mismo tiempo, compartiendo el corazón. Mi mundo era mío solamente y el resto me daba igual… pero entonces… la pronunciación de mi nombre alzando victoria, las cuerdas estelares, las hojas de hierba, las letras que no conocía, un papel arrugado con versos sin sentido y un libro viejo dieron la última llamada… el portal se abrió sin necesidad de trepar murallas, la fortaleza no existió más y yo entré con el paso ligero, porque sabía desde el inicio que lo que pisaba “suavemente eran tus sueños”…

Y todo comenzó…  y ya no hubo nada que nos detuviera las letras y los encuentros planeados con exactitud al ponerse el alba, se detuvieron las razones para no intentarlo, la edad, los divorcios y los convencionalismos sociales, en breves instantes no existió un poder que me hiciera descartar la idea de quererte… aunque yo no tuviera la más mínima intención.

Veo mis manos y el papel en blanco llenándose, es hasta entonces que me doy cuenta que estoy escribiéndote de nuevo… quizás ya deba tenerte cansado por tantas cartas, ojalá pudiera tener una respuesta por cada una de las que seguiré escribiéndote. Creo que tampoco a los maestros les gusta participar de las debilidades de sus alumnos, pero te agradezco el hecho de que siempre estuvieras presente en las mías, sin importar el cómo y el cuándo, siempre me diste parte de ti y eso es algo muy especial. Quiero ser sincera contigo, pero no quiero lastimarte, nunca ha sido mi intención y lo sabes bien… perdona mis arranques absurdos, a veces hago y digo muchas tonterías y no sé de donde provienen… tal vez tienes razón, la frustración nos impide decir “Hey, aquí estoy, mírame…”

En ocasiones me he sentido tan frágil que pienso que todas o la mayor parte de las cosas eran mucho mejor antes de conocerte, porque es más cómodo usar máscaras para ocultar lo que ya no tiene remedio… antes de conocerte todo estaba en pausa, ahora ya no sé cómo detener lo que has ocasionado en mí, quizás el ser de pronto tan fría es mi manera de recriminarte el hecho que hayas irrumpido en mi vida para llevarte lejos los espejismos. Ahora entiendo que has llegado para reinventar mi historia, reescribirla junto conmigo…

 

 

Mayo 31, 1999

5:38 pm

Esta tarde el cielo es gris, llora todo lo que yo he llorado las últimas horas… me siento tremendamente triste, por eso he venido a nuestro jardín buscando refugio, entrando con un poco de miedo e incertidumbre, buscándote con la mirada y rasguñando las piedras como indica aquella canción.  Disculpa que continúe escribiendo hasta el día de hoy, en ocasiones la rutina juega con mi tiempo pero el papel aún no se me termina, así como tampoco el misterio que siento alrededor tuyo y que me envuelve sin prisas.

Es maravilloso ver como la vida se divierte con nosotros. Ayer comprobé que el mundo está lleno de sutilezas, pero que todavía me es difícil compartirlas, porque el temor es más fuerte que mis deseos… el riesgo de decir o de hacer se encuentra presente en todo momento, dispuesto a golpearme sorpresivamente. Ahora sé que madurar nunca ha sido fácil, que encuentro en mí más defectos y debilidades de los que esperaba tener a los 16 años…

Creo que fue una discusión meramente tonta la que inicié ayer… aunque, me siento un tanto culpable, porque también pienso que ha valido la pena. De otra forma no habría podido comprender el grado de sinceridad del que hablabas al referirte a mis cambiantes estados de ánimo. En tu última carta me dices que el temor o la imposibilidad nos obligan a callar, pero que al final, siempre somos víctimas de la traición de la dulzura… hablas de la ligereza de mi espíritu como si fuera algo casi tangible, como si pudieras jugar con ella entre tus dedos, como aire o agua, pero no tengo las cuentas claras al respecto, mi ligereza se debe solamente a tu osadía de contarme secretos que a veces yo no quiero escuchar.

Nunca he sabido ser buena conociendo a la gente, pero tú me has invitado a entrar y con ello has dejado entrar el riesgo de lo que soy, el caos, la causa, el error, la gravedad de lo que soy. Tus cartas nunca han sido fáciles de digerir, pero supongo que yo me entrometí demasiado y el simple hecho de estar dispuesta hizo que mostrara a la luz la posibilidad… escribir todas las noches, en cualquier parte, acerca de aquella posibilidad infame que nos atormenta, escribirla sin remedio hasta que comprendamos.

Todos hemos evolucionado y muchos nos han seguido. Hay veces en las que me pongo a pensar que pertenecemos a otro espacio, a otro tiempo… un tiempo en el que la soledad era definitoria, los sueños un elogio y la locura llegaba por contagio. Cada vez que me lees, que me platicas, que me miras entre una multitud de gente (o no), me invade una nostalgia exquisita y totalmente inexplicable… hasta este momento en que, entre supuestos, me has dado una respuesta precisa: añoro algo que nunca tuve, añoro algo que jamás existió. Pero… ¿Cómo añorarte cuando estas a centímetros de mí y puedo rozar tu hombro? ¿Cómo decir que añoro algo que no existe, si tu imagen es más clara por las tardes? Puede ser que en algún momento (cuando éste llegue) la muerte nos eleve y nos haga llegar sin dificultad a ese espacio que, me has confesado, fue creado para ambos, que hemos gozado y por el que luchamos constantemente para no perder, para poder mantenerlo con la poca magia absurda que nos queda.

Pero de una cosa puedo estar segura: no olvidaré nunca todo lo que me has enseñado… la poesía, las conversaciones en voz baja, la música interna, el té, las cartas, los atardeceres, las muestras esporádicas de cariño, las interminables horas de ensayo, las clases, las llamadas por teléfono, las risas, las lágrimas, lo silencios… todo esto también ocupa “un lugar secreto en mi corazón”.

Me has invitado… y yo entro con el asombro y el coraje de los niños que descubren la belleza.

Gracias por leerme extractos de ese libro misterioso que escondes detrás de tu mesita de noche. Se me ha venido la imagen de los centauros descendiendo por las faldas de la colina. Escucho claramente el golpeteo coordinado de sus pasos sobre la tierra dirigiéndose hacia mí a través de tu voz.  Me gusta que me leas, me hace sentir que no somos los únicos en una situación así, que hubo muchos antes de nosotros que se salieron con la suya…

Alguna vez dijiste: “es posible vencer al tiempo”… ojalá no estés equivocado.

 

Junio 3, 1999.

1:22 pm.

La nostalgia es algo extraña a veces. Hay días en que siento que será increíble salir corriendo de aquí para no regresar jamás… otras veces no quiero moverme, solo deseo estar sentada en cualquiera de sus sitios y sentir el viento, observar bien el espacio para nunca olvidarlo, para que no se me escape la vida que instalé alguna vez en este sitio.

Esto parece ya una especie de diario… si es así, entonces debo escribir que acabamos de tener una pelea, hace apenas algunas horas. No sé por qué permitimos que pase esto, que lleguen terceras personas a alterarnos y a quebrar esos breves instantes mágicos… demostrándonos que son quizás solo espejismos. Me enoja darme cuenta de cómo permito que algo así pueda tirarme en cuestión de segundos, me enoja mirarme y saber que no puedo dejar de ser frágil. He tenido unas inmensas ganas de llorar desde hace tiempo, pero he sido fuerte por ti, por tus palabras que aún resuenan en mi corazón.

Esa tarde en el ensayo… ¿recuerdas lo que me has dicho esa tarde? ¿el modo tan absurdo de mi llanto, la causa tan tonta? yo sí lo recuerdo, recuerdo también tu brazo rodeando mi cintura, tus dedos ahogándose entre mi pelo mientras limpiabas mis mejillas y acercabas nuevamente tu voz a mi oído, poniendo orden a mi universo con tu dulzura. Desde entonces, me prometí a mí misma (y a ti en el silencio) que jamás lloraría por tonterías… pero no he podido, hoy he fallado, no soy quien he querido.

Te he hecho una vez más parte de mis debilidades y ahora lo único que sé es que esas las sufre uno mismo. Hay que aprender a no arrastrar a otros al fango, al abismo en el que tú estás, no es justo… he pensado infinidad de veces darte estas letras, pero no sé si sea correcto… no te conozco, no sé siquiera si te conozco, no sé tus reacciones o impresiones, no sé distinguir entre tus múltiples títulos sociales o lo que me has dejado ver de ti,  me he armado un montón de ilusiones alrededor de tu persona, una idealización que no tiene por dónde volver, tengo miedo de que me rompas el corazón cuando te diga mis confesiones. Perdóname, no puedo evitarlo.

 

Junio 13, 1999

7:28 pm.

Llegué al puerto… miro desde las rocas como entran y salen botes pesqueros a la bahía mientras el sol apenas se esconde detrás del horizonte. Y entre la arena y el olor a agua salada, me siento un poco como Aschenbach en su Muerte en Venecia, aunque el calor no sea a causa del clima.

Gracias por tu carta, la necesitaba, porque con todo esto del estreno de la obra de teatro, los exámenes finales, las visitas constantes al hospital, tenía los nervios a flor de piel y como es mi costumbre, mi corazón estalló contigo.

Es lindo venir a morir a este lugar. Me he traído mis libros preferidos, las cartas que te he escrito, los versos tontos, la imposibilidad de tu boca y los recuerdos de una vida llena de amor y de risas.

Ahora, solamente nos queda esperar.

Gracias a ti, ya no tengo miedo. Perdón por no querer decirte que estoy muriendo. Ahora que te he conocido, esta muerte tiene sentido. Se ha puesto guapa de repente. Me quiero ir con ella hacia el mar.

Ya estoy en la orilla.

Te miro de lejos y agito mi mano hacia donde estás.

Lo que queda de mí, es la espuma blanca de la playa, borrando mis huellas y un montón de hojas mojadas sangrando tinta.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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