Aquella tarde llegué de la prepa y al entrar a la casa encontré de nuevo la mesa sucia con varias botellas vacías de alcohol y refresco; ya tenía un tiempo que las visitas de aquel hombre se habían hecho frecuentes y ese espectáculo no era raro. Sabía bien lo que venía, así que entré a mi recámara para dejar la mochila e irme a la calle, pero fue un error, porque desde mi ventana puede ver que él regresaba y ya no hubo forma de salir. Sólo había ido a reabastecerse.

En ese entonces mi cuarto no tenía puerta, yo no quería ni verlo ni hablarle, así que lo único que se me ocurrió fue meterme abajo de la cama, y no porque le tuviera miedo –hacía mucho que había dejado de tenérselo– ni lástima ni nada, sólo desprecio… odio. Y estaba tan borracho que hubiera sido muy fácil empujarlo, pero le tenía tanto rencor que eso no hubiera sido suficiente.

Empezó a decir muchas cosas sobre mí, hablaba solo, gritaba que en cuanto me viera me iba a golpear, porque yo no era más que una carga, porque no causaba más que problemas y mi mamá era una tonta, una alcahueta que no estaba haciendo más que empeorar la situación. Me costó mucho trabajo no salir, pero si salía seguramente lo habría matado, imaginé mil maneras de hacerlo: romper una de sus botellas y cortarle la garganta y, mientras seguía vivo castrarlo, igual que Cronos a Urano, pero Cronos se volvió peor que su padre y yo no quería parecerme nunca a él.

No sé cuánto tiempo pasó, porque pensando en eso me quedé dormido. Cuando desperté ya era de noche y todo estaba en silencio. Supongo que así son los despertares de los niños muertos: a oscuras y después de sueños llenos de color rojo que se escurren hasta la realidad. Me quedé un rato acechando como gato, atento a cualquier movimiento, pero no hubo ninguno y pude salir seguro de que el tipo se había marchado.

Qué equivocado estaba, cuando llegué al umbral de la puerta me encontré con ellos, parados frente a mi casa, sonrientes, el que parecía ser el jefe me miró directo a los ojos, sonrió aún más, mostrándome los dientes y señaló con su cabeza al suelo: ahí estaba el hombre, temblando de miedo, como tantas veces había temblado yo al ver la hebilla de su cinturón brillar.

–Es hora de tirar la basura– Me dijo David, el líder, y todos rieron.

Entonces comprendí que sus palabras eran una invitación para unirme a ellos, pero esa invitación tenía un precio. David notó que dudaba y, como si de un costal se tratara, levantó al hombre y lo arrojó sobre la parte trasera de su motocicleta, luego le pidió a uno de los muchachos que me llevara con él y me dijo que subiera a su moto, que íbamos a dar una vuelta. Esa fue una noche muy sui generis, yo sólo me dejé llevar por ellos, pero fue como estar en un delirio febril, como si mi cuerpo estuviera ahí, pero mi mente siguiera escondida debajo de mi cama y lo viera todo desde ahí.

Entramos a una tienda y salimos con varias cosas que no vi que nadie pagara, y de ahí nos fuimos con algunas chicas que sólo querían pasarla bien. Y la pasaron bien por un rato, hasta que David dijo que empezaba a tener hambre: a una señal suya todos empezaron a besar con más entusiasmo a las muchachas, en las mejillas, en la boca, en el cuello; los besos se volvieron más violentos, se volvieron mordidas, y los gemidos, gritos. Pero en poco rato había vuelto el silencio.

David me ofreció una copa de vino, caminó hasta aquel tipo, del que casi me había olvidado, y le susurró burlón que después de beberla sería su turno. Yo acerqué el caliz a mi boca y me remojé los labios, era tan exquisito el sabor de aquel elixir que lo hubiera apurado hasta el fondo de no ser porque escuché la voz quejumbrosa del hombre y a mi mente llegó la imagen del cuadro de Goya: “Cronos devorando a sus hijos”.

–No, no voy a convertirme en algo peor que él– me dije, y arrojé la copa al suelo.

–Por eso para ti esto sólo será un sueño– David soltó una carcajada que me heló la sangre y se avalanzó contra el pobre imbécil que imploraba clemencia y me pedía ayuda. Pero yo no podía ni moverme.

Desperté bajo la cama, con un dolor de espalda terrible, salí con trabajos y fui hasta la cocina donde mi madre preparaba el desayuno. El olor a caldo de gallina, el favorito de él para curarse la resaca, hizo que mi estómago se revolviera. Un vago recuerdo de la pesadilla cruzó por mi mente y tuve que ir de prisa al baño a vomitar, pero ella ni siquiera lo notó.

–Apúrate, que ya se te hace tarde para la escuela. ¿Viste a qué hora se fue tu padre anoche? ¿Te dijo a qué hora regresaba?– La escuchaba decir con la cabeza en el escusado mientras encendía la licuadora para prepararle una de esas asquerosas “pollas” de jerez. No podía más, la imagen era patética y lo sería más cuando él se apareciera y ella lo mirara con ojos cursis de quiceañera enamorada.

Me arreglé lo más rápido que pude tratando de disimular mi mal estado, no quería estar cuando llegara, pero no volvió ese día, ni los que siguieron, y por varios años mi madre me miró con ojos recriminadores tratando de indagar en los míos qué había pasado aquella noche, para ella yo era el único culpable y a veces me pregunto si existía alguna culpa, pero vienen a mi memoria los ojos de David y no veo en ellos maldad o crueldad alguna, sólo rabia, la misma que yo sentía entonces, la misma que reconocí varias veces en el espejo antes de aquella noche, como si ambos compartiéramos los mismos ojos.

*Este texto fue  publicado originalmente por la UNAM en el libro “No empiecen sin mí” de la colección Naveluz

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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