Por las tardes la luz del sol entra por los enormes ventanales del edificio y da distintos matices a los muebles y a las personas, ahora se ven un poco dorados, luego un poco rojizos y a veces la luz es tan intensa que te sientes cegado y tienes que acercarte un poco para poder apreciar las cosas.

Pero esta mujer siempre está en el sitio exacto en donde la luz forma alrededor de ella como un halo especial que hace que voltees para comprobar que a pesar de lo etérea que se ve, es un ser vivo.

Su cara transmite un sentimiento de paz y sus ojos, surcados de muchas pequeñas arrugas, te miran de una forma que te atrae. Definitivamente, cuando la escuchas hablar ya no quieres que el tiempo transcurra para poder estar mucho tiempo con esta mujer a la que apenas hace unas semanas conozco.

En esta casa hogar para ancianos he visto muchas personas, muy iguales y muy diferentes. Muchas tienen la mirada perdida, otras tienen el dolor de la soledad obligada a flor de piel. Otras muchas se notan muy contentas y adaptadas, puede decirse que se sienten parte de esa gran familia y disfrutan la vida.

Pero Serafina es un poco diferente, quizá por la lucidez que tiene en la mirada y en sus palabras. Poco a poco me ha ido contando algunas cosas:

“Yo soy feliz aquí porque estoy por voluntad propia. Trabajé durante mucho tiempo, pero siempre con la precaución de ahorrar, disfrutar la vida, viajar y aprender. Trataba de aprender todo lo que era posible. Me casé no tan joven y tuve sólo dos hijos, muy lindos mis hijos. Quedé viuda y pues ni modo, a seguir con la vida”

Siempre que habla, te mira directamente a los ojos y se acaricia los dedos de las manos. Guarda largos silencios, como si estuviera viendo el fondo de su alma.

“Fíjate que cuando mis hijos empezaron a crecer, me gustó mucho darles la misma libertad que yo había tenido, aunque eso mismo hace que físicamente nos alejemos, pero por fortuna siempre hemos estado muy unidos. Pero obvio que yo ya no tenía los mismos intereses que ellos; a veces ellos se reían de cosas que yo no entendía o platicaban de tecnologías que yo apenas conocía. Por consiguiente empecé a pedirles que me dejaran en la casa y ellos se fueran al cine o con sus amigos.

No creas que no me daba cuenta que me estaba quedando sola. Cada vez más sola. Me entretenía mucho en mi casa, nunca me gustó la flojera, pero notaba que las fuerzas ya no eran las mismas, ni las ganas de hacer cosas. También empecé a tener manías de vieja, hacía las mismas cosas siempre, me gustaba el orden y aunque entendía que los muchachos ven las cosas muy sencillas, yo hacía tormentas en un vaso de agua.

Por eso estoy aquí, porque hablé muy claramente con ellos y les dije que mi voluntad era estar en este lugar, que para eso eran mis ahorros. Les dejé la casa para ellos y para sus familias cuando las tengan.

Y no me arrepiento, nadie me sugirió entrar aquí, nadie me abandonó, nadie se vio obligado a cuidarme ni a batallar con mi vejez. Otra cosa, fíjate que me gusta estar vieja, me encanta verme las arrugas en la cara, a lo mejor ya es demencia senil, pero me siento hermosa, me siento todavía útil aquí, les leo cuentos a mis compañeros y a veces hasta canto en los eventos”.

Con una gran sonrisa y un guiño me dice “me encantan los aplausos”.

Siempre que tengo la oportunidad de platicar con ella, salgo muy contenta, muy optimista. No es fácil planear una vida, tomar decisiones tan fuertes con esa determinación. Pero aprende uno que no es tan difícil ser feliz y aceptar la vida, la vejez y la muerte, pues dicen que a esta la traemos en las pestañas.

Me gustaría desear larga vida para todos, pero creo que es mejor desear buena vida para todos.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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