Fue sacerdote por muchísimos años en ese pueblito perdido en la sierra del Norte de Puebla, donde por las mañanas cumplía con todas las obligaciones inherentes a su parroquia y por las tardes se dedicaba a la contemplación del majestuoso paisaje y a la meditación, lo que lo hacía una persona tranquila y siempre se le encontraba de buen talante y con una sonrisa amable, aunque con una mirada profunda que se sentía llena de tristeza.

Ayudaba en lo que podía, aunque algunas personas abusaban como suele suceder cuando suponen que alguien puede resolverles la vida. Incluso hubo gente del pueblo que a través de extorsiones sentimentales conseguían más de lo que imaginaban.

El no vivía con lujos, más bien parecía que buscaba el sacrificio, darse a los demás, y estar todo el día ocupado. Cuando lo tratabas más a fondo, te dabas cuenta que no le gustaba platicar más de la cuenta. Nunca hablaba de su familia ni de su pasado. Ese lugar era su hogar y no había más comentarios.

Pero en los pueblos nunca faltan los chismosos que se dedican a sacar al sol los trapitos sucios de los demás, y el padre no podía ser la excepción. Decían que cuando él era niño sus padres decidieron que iba a ser sacerdote para que no pasara hambres y para, de paso, beneficiarse ellos de lo que significaba para la gente el tratar con alguien “superior”.

Decían esos chismosos que la madre del sacerdote, siempre que necesitaba comprar algo, mandaba a las hijas con la orden de decir que era para el padre o para la mamá del padre, porque así le cobrarían la mitad, si es que le cobraban, y le mandaban lo mejor. Que el papá del sacerdote lo trató siempre con dureza exagerada y lo golpeaba si el pobre muchacho se rebelaba a su autoridad.

Y además platicaban que él siempre estuvo enamorado de una muchacha de su pueblo con la que vivió a escondidas del mundo los días más felices que pudiera imaginar y a la que había tenido que dejar por cobardía, por no atreverse a desafiar a sus padres. Incluso decían que tenía un hijo idéntico a él, a quien a escondidas veía cada que podía y a quien nunca le faltaba nada, porque él procuraba mandarle lo mejor.

Por eso en las tardes cuando se dedicaba a la meditación, también se dedicaba a llorar ese amor que no supo o no pudo defender. Por eso prefería mostrar ese rostro amable y no el tormento interior que vivía día tras día y que lo hacía callar antes de gritar el dolor que lo llenaba.

Así murió en una de esas contemplaciones, sentado en una banca; en las manos tenía una foto de su amada a la que nunca pudo olvidar y de ese joven con el que no pudo convivir en familia, pero que cuidó siempre desde lejos.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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