Leni se armó de valor y regresó a la escuela, tenía ya una carrera terminada pero siempre le había gustado superarse.

Había dedicado mucho tiempo de su vida a las labores profesionales y lo había logrado con mucho éxito, pero había descuidado la parte personal, por lo que ahora a sus más de cincuenta años, se encontraba sola. Sus padres habían muerto y sus hermanos habían hecho ya su vida. Ella se quedó con la casa familiar y una buena fortuna. Pero sin compañía.

Decía que nunca le había pesado y que se encontraba muy feliz con lo que había logrado. Pero un día se miró detenidamente al espejo y se le reveló el cruel paso del tiempo por su cara y su cuerpo. Decidió que definitivamente estaría sola por el resto de su vida. Si antes no le llamó la atención vivir en pareja, ahora menos. No estaba dispuesta a que alguien más viera ese cuerpo que había perdido toda la lozanía y firmeza.

Le gustó no ser la única persona mayor en su clase. Afortunadamente cada vez más adultos mayores quieren hacer una carrera o terminar la ya iniciada hace muchos años.

No se sintió rechazada por sus jóvenes compañeros; el ambiente le agradó de inmediato y se sintió muy feliz pues sus conocimientos eran amplios y se sentía casi al mismo nivel que los chavos.

A la salida, uno de sus compañeros mayores la abordó muy entusiasmado y platicaron de una manera muy natural, como si se conocieran de toda la vida.

Fue muy extraño para ella sentir tanta confianza con su compañero Melchor, que así se llamaba el hombre. La conversación llegó a las intimidades en un cafecito cerca de la universidad.

A él le había sucedido algo muy similar, se había dedicado a todo menos a él mismo. Y ahora a los sesenta se decidía a pensar en él. Se consideraba también físicamente viejo, pero intelectualmente moderno.

Las clases y los éxitos continuaron, así como sus charlas y su conocimiento mutuo, hasta que sucedió lo inevitable. Leni nunca supo en qué momento pasó, pero de pronto ya estaba metida en la cama con Melchor, sin importarle que le viera su cuerpo ajado y flojo. También ella disfrutaba de verlo a él. Se había enamorado por primera vez en su vida. Lo bueno, pensaba, es que no se le ocurrió enamorarse de uno de los muchachitos de su clase.

Los chavos pronto se dieron cuenta del romance y aunque hubo algunas burlas, hubo también muchas muestras de apoyo.

Al final del curso, los viejitos, como les decían, ya compartían casa y fortuna. Tomaron unas largas vacaciones en Europa y regresaron muy felices con la firme intención de acabar la carrera.

No es que tengamos la vida por delante, decían, así que lo que vayamos a hacer debemos hacerlo  ya y bien. No tenemos tiempo para planeación, sólo para actuación.

Y así vivieron día a día, sin esperar nada, con la sabiduría que da el tiempo y a sabiendas que la vida no es eterna y que hay que aprovechar el momento. También aprendieron que nunca es tarde.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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