Ella era una mujer mayor, pero de espíritu juvenil; me gustó mucho conocerla porque irradiaba paz y felicidad. Siempre estaba presta a darte ayuda en lo que precisaras, ya sea un consejo (que ella tenía el tino de que siempre caía en el momento adecuado), ya sea una receta de alguna comida o de un pastel.

En los convivios siempre nos consentía con sus delicias de postres. No se diga para fin de año, que siempre era la que preparaba la deliciosa y abundante paella. No sé cómo lo hacía porque estaba operada de sus rodillas y aún así preparaba su especialidad para todos los del grupo de yoga.

A sus setenta y tantos años seguía siendo hermosa, con sus ojos azules llenos de amor por todos, pero sobre todo por su familia, esposo, hijos y nietos.

La veíamos preocupada por las infidelidades del hijo, pero encantada por el matrimonio de su hija. Pero sobre todo ocupándose todo el tiempo por la comodidad y la felicidad del esposo. Hombre trabajador y exitoso en su profesión. Tú los veías y era el matrimonio perfecto. Aunque siempre criticábamos que ella se desvivía por los demás, ya ves que uno siempre ve el negrito en el arroz.

Bueno, pues un día dejó de asistir a las clases, dejó de ir a su grupo de oración, del que también era asidua y prácticamente se nos perdió. Como la queríamos de verdad, empezamos a preguntar a quien podíamos, porque al marido tampoco lo veíamos por ningún lado.

Por alguna persona cercana no enteramos que estaba enferma. Algunas más atrevidas se animaron a ir a buscarla y nos llevaban muy malas noticias “no la reconocerían, está totalmente cambiada, de hecho nos pidió que la dejáramos y que ya no le hiciéramos visitas. Es más todo lo que habla lo hace con malas palabras y maldice a medio mundo”. ¡Increíble! Me atreví a llamarla por teléfono y el solícito esposo me dijo que de pronto se había enfermado de depresión y que para él era muy pesado porque tenía que atenderla desde darle sus alimentos hasta bañarla. Pensé que pues así es la vida, ella siempre había dado, ahora le tocaba recibir.

Los días pasaron y ella seguía peor, postrada y sin querer comer. No pasó mucho tiempo de que empezó su depresión a que nos avisaron que había fallecido. Fue una ingrata sorpresa para todas las del grupo. Además nadie fue convidada a los funerales.

Como siempre pasa, después de la tempestad viene la calma. Y la maestra de yoga, gran amiga de ella, nos dijo que en su opinión había muerto de amor. Que se enteró que desde hacía muchos años el respetable esposo tenía otra familia, casi espejo de la de ella, con hijos y hasta nietos. El coraje fue más cuando se enteró que sus hijos sabían de la existencia de la otra familia, pero que nadie se atrevía a romper la felicidad en la que ella vivía.

Se dio a la tarea de investigar, reclamar, mentar madres, enojarse y morir. Por eso me atrevo a decir que no murió de amor, murió de coraje y desengaño. Creo que su dolor fue muy grande, pero más fue su tristeza por la traición de que había sido objeto.

Creo que morir de amor se lee muy hermoso en Romeo y Julieta o en alguna otra obra literaria, pero en nuestra vida real, el dolor puede ser insoportable e intenso, pero no te mata.

Si ella hubiera aguantado un poco más, probablemente había podido aplicar lo que decía mi mamá, de que el dolor del marido es como el del codo, te duele muchísimo cuando te pegas, pero se te pasa muy rápido.

Del sujeto no hemos vuelto a saber nada, pero deseamos que nunca se aparezca por el grupo.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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