Los días lluviosos me ponen los ojos lluviosos, el frío y el gris de las nubes sólo deben existir cuando haya tiempo de refugiarme entre tus brazos y una cobija pachona con una taza de chocolate caliente entre las manos, porque sin arcoiris ¿cuál es el sentido de mojarnos la risa?, no hay otra opción sino abrigarnos los labios con besos, miles de besos chiquitos, grandotes, tiernos y apasionados. Y así lo hago, me olvido del trabajo y te quito los lentes para leer de cerca, te digo que no más y te muestro el disco duro lleno de películas de terror descargadas desde hace más de un año especialmente para este tipo de tardes, te digo que si no es ahora, ¿cuándo?, que el trabajo se espere porque de todas formas los pendientes se siguen acumulando en un montón que crece de manera directamente proporcional a la reducción del resto de nuestras vidas y, apenas oyes esto, caminas en silencio hacia el sofá y empiezas a acomodar tus piernas buscando la posición precisa y el respaldo para lograr la inclinación perfecta. Yo voy por la máquina maravillosa que hace palomitas sin aceite, tú tomas el control y yo conecto, tú eliges el programa de este maratón improvisado y yo me encargo del área de los chuchulucos.

Y, mientras los fotogramas avanzan en la penumbra a una velocidad de 24 por segundo, yo me siento inmensamente conmovida cuando Ash, que ya perdió a su hermana, pierde también a su novia Linda y tiemblo de pensar en la posibilidad de tener que destrozarte el cráneo si hay un apocalipsis zombie. Tú confundes mi temblor con frío y me aprietas entre tus brazos y comienzas a arroparme con tus besos que van in crescendo, haciendo que me deje de importar el Libro de los muertos. Pero afuera las gotas de lluvia golpean la ventana cada vez más fuerte y más rápido y yo te obligo a cerrar la cortina, con el pretexto de que te queda más cerca, para ver si eso aminora el toc toc que tan ansiosa me pone, porque me recuerda a cierto cuervo, pero luego me acuerdo que tuve la magnífica ocurrencia de poner cortinas color púrpura y los vellitos del cuello se me erizan, entonces pienso que estamos en pleno D.F. y aquí lo único que hay son zanates y, mientras trato de tranquilizarme con esa idea, tú evitas que escape un gritito de tu garganta y te lo tragas, para después sustituirlo con un “¡Carajo!” que sale desde el fondo de tu corazón.

Te quedas ahí mirando y yo me quedo esperando que digas algo más, que regreses, pero tú ni siquiera pestañeas. Me tengo que parar y caminar los siete pasos que me separan de la ventana con ese toc toc exasperante de fondo. Sólo puedo pensar: “que no sea un visitante nocturno, que no sea un grupo de visitantes”, “ojalá mis irresponsables vecinos hayan cerrado la puerta por lo menos esta vez”. Camino lentamente porque tú sólo dices palabrotas cuando pasa algo realmente extraordinario y sé que esta vez lo extraordinario no será bueno. Eso me espanta. Por fin llego y, cuando me asomo, descubro que la calle ya no existe. Los autos se han transformado en restos de un naufragio de bajeles urbanos. Los imagino llenos de tesoros inútiles que nunca podrán ser rescatados. “¡Carajo!”, digo yo desde el fondo de mi estómago comprimido.

El agua de la lluvia ya cubrió el primer piso del edificio donde vivimos, tú y yo estamos en un tercero. Quitamos el filme gore y buscamos las noticias gore, ni siquiera tenemos que esforzarnos porque todos los canales hablan de lo mismo: la lluvia que no para, las pérdidas incontables, las víctimas varadas en espera de ayuda y los muertos. ¿Cuánto tiempo lleva lloviendo?, ¿cuántos besos para olvidarnos de la hora? No sé. No hay nada qué hacer, porque nosotros mismos estamos ahora en una isla. Apagamos, desconectamos todo y vamos a cenar. Tiene que dejar de llover en algún momento. Pero no deja, el agua sigue subiendo, cada vez más rápido y debemos preparar lo indispensable y subir a la azotea del edificio esperando a ser evacuados entre niños que lloran, mujeres privadas por la histeria y viejas rezanderas que le dan vuelta una y otra vez a sus rosarios. La ayuda nunca llega, pero la ira de Dios se deja sentir en un temblor que hace que todos se abracen al de al lado; tú y yo ya estábamos abrazados, así que nos apretamos más hasta casi fundirnos en un solo cuerpo, cierro mis ojos y deseo, al abrirlos, estar en nuestra cama en medio de una de esas pesadillas que hicieron que te despertara tantas noches para que me cuidaras el sueño. Sin embargo, los abro y seguimos aquí.

El temblor ha pasado, todos se preguntan unos a otros si están bien, las rezanderas se persignan y luego continúan con sus oraciones hasta que una de ellas clama que Dios las ha escuchado y empieza a cantar un aleluya, seguida por todas las demás en una escena que me recuerda a los canales religiosos, sólo falta el pastor, me digo, pero en ese momento un niño canta feliz que sí, que el agua se va, entonces me doy cuenta que ha dejado de llover, pero él no se refiere a la lluvia. En efecto, el agua se va, todas las calles pueden verse de nuevo totalmente limpias, no hay nada ahí, ni siquiera los restos de naufragios citadinos. Todos están felices, pero nosotros no, sabemos lo que viene y tú me tomas de la mano y me la aprietas lo más fuerte que puedes y yo te doy un beso, el último, el más intenso, que dura hasta escuchar el primer grito de terror. Nos preparamos.

La ola rompió un poco antes de llegar a nosotros, pero nos alcanzó con toda su fuerza arrastrándolo todo frente a ella, yo sé que lo intentaste tanto como yo, mas no pudimos evitarlo y nos soltamos. No estoy segura si pasaron segundos, minutos, horas, si estoy hundida hasta el fondo o flotando, si vivo o si ya he muerto, ¿qué más da? De lo único que estoy segura es que la lluvia ha regresado, no importa si no hay nubes, viva o muerta, en mis ojos ya siempre estará nublado.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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