Esperas que pronto todos salgan de tu casa. Has pasado la noche explicando por qué tu esposa no está en la fiesta. Cada año la organiza puntualmente, el tercer sábado de mayo, pero hoy, sin dar aviso, no está. Dices que un compromiso laboral la hizo viajar a otro estado y que le robaron su celular. Claro, ella que no había salido de su delegación en un año, y ahora todos te creen sin mayor problema.

Además de sentir el sudor en las palmas de tu mano cada que decías la mentira inverosímil, tuviste que compartir tragos con gente que no invitaste, y que, por si fuera poco, no toleras mucho. Entre trago y trago piensas cómo es que no se dan cuenta que ella puso todo en su lugar, la decoración, los bocadillos, las bebidas. Te parece imposible que nadie sospeche nada. Con gran esfuerzo logras tener una sonrisa en la boca, pero no dejas de ver las escaleras y de aguzar el oído lo más que puedes. No debes permitir que nadie suba y corras el riesgo de que entren a tu cuarto.

Llega la hora en que la gente empieza a abandonar tu casa, los nervios suben, puedes sentir la sangre hirviendo recorrer tus venas, el corazón no lleva el mismo ritmo en cada latido. Intentas hacer que la gente restante empiece a sentirse incómoda y que por fin se larguen, pones música que a nadie se le antoja bailar o cantar, empiezas a recoger los vasos de los que ya abandonaron, bostezas sin sueño frente a los invitados.

Solo queda ella, has tratado de evitarla toda la noche, sabes que siempre estuvo esperando el momento en que tu mujer se alejara un poco para que la llevaras a la cama. El vestido se ajusta a la perfección a su torneada figura. Tienes una erección, pero no le das importancia porque la has tenido toda la noche. Se siente libre y ya no se te insinúa, se quita el vestido rojo, no trae más. La tomas de entre la cintura y los glúteos con las dos manos, te agachas y recoges el vestido. Le dices al oído: “Hoy no”. Puedes ver el enojo en su cara, pero trata de mantener la compostura. Con mucha sensualidad toma el vestido y sale aún desnuda de tu casa.

Tú misión es otra, sabes que encontrarás a tu esposa en la misma posición que la dejaste en la cama, hiciste bien los amarres a cada extremo de la cama, pero lo que te excita es tener el control de la situación, recorrer su cuerpo desnudo sin que te responda las caricias. Subes las escaleras lentamente, disfrutas cada escalón, mientras más cerca estás el aire se hace más pesado, tus piernas tienen que poner más empeño en no temblar.

Al fin abres la puerta. Ella está ahí, es una imagen que se quedará grabada en tu mente. Recorres su cuerpo con la mirada, esa misma figura que te gustó hace muchos años. Está tendida en la cama sin moverse. Te acercas para hacer un reconocimiento cercano a su cuerpo, lo besas, lo chupas, lo tocas. La respuesta llega en movimientos bruscos que dependen de la zona en la que te encuentras. Te quitas la ropa asegurándote que pueda verte mientras lo haces.

La tomas de las formas que se te ocurren, haces con ella lo que quieres y que te permite la posición, sabes que desatarla es una mala idea. Terminas, te vistes y con cuidado la desatas. Su cara tiene la misma satisfacción que la tuya, sobre todo, porque sin que tú lo sepas aún, un año después serás tú quien se perderá esa fiesta.

about Sergio Armenta

En algún momento todo se deformó en letras y notas. La música y los libros siempre me han acompañado en mi andar.

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