• 10 abril, 2011 •

La precisa necesidad de decir adiós. La insólita perfección de quedarse

Jezreel Salazar

Una de las noches a medias más espantosas de mi vida. Se me viene cayendo el mundo, o quizás lo traiga cargando encima de los hombros como un puñadito de los desencantos de mis últimos meses. Apenas me voy dando cuenta de que sigo en duelo… por mi abuelo querido, por la poesía barata, por los sueños de mi niñez, mis fuerzas perdidas, las confusiones, en fin… en duelo al fin y al cabo.

Apenas hace 24 horas buscaba una forma de consuelo en el corazón de una de las personas más significativas de mis 29. Un refugio, un puerto seguro, tierra firme pues. Buscaba en su voz un alivio, un abrazo de aire liviano, palabras reconfortantes… después de todo, estaba abriéndole la puerta a mis más íntimos temores y al absoluto dolor que existe en mí y que no había podido descargar, que no había encontrado una salida entre tantos vacíos.

Heme ahí, a través de la línea telefónica, finalmente abandonándome en su lejanía, su recuerdo, su imagen en mi memoria como único vestigio al cual asirme debido a la infame distancia. Heme ahí,  la objetiva, la fuerte de carácter, a la que todos acuden por consejo o palabras de temple (no sé de dónde rayos sacan semejante tontería…) derrumbándose por completo ante él, exponiendo sus mayores debilidades y miedos, cayendo totalmente rendida ante lo que había creído de él, buscando de más, esperando de más.

Un único golpe certero… bajito, pero certero, de esos que te dejan sin aliento y por los suelos, acurrucadita, tratando de recuperar lo que sabes que  ya no podrás recuperar. Yo solo iba en busca de un refugio y en vez de eso, me han lanzado contra un muro de concreto… yo solo quería su voz llena de paz… y solo encontré indiferencia. ¿Para qué? ¿Cómo hacer para no guardar éste coraje aquí adentro? ¿Qué hacer con esta decepción que ha acabado con lo que sentía por él?

Qué ironía más grande… al final, la que debió escuchar los consejos indirectos de su madre, era yo… salir corriendo lo más lejos posible… el problema es que yo vuelo… por todas partes, a todas horas, ando volando por su causa y consecuencia. El aterrizaje ha sido forzoso, de esos que dejan dañado algo en alguna parte, de esos de los que es muy poco probable reponerse. Y bueno… que también yo no tengo remedio, prefiero mil veces rasparme la cara contra la grava a dejar de volar.

Ahora me siento muy tonta… tonta porque si, porque a pesar de la decepción, en contra de cualquier pronóstico y de la razón, quiero salir a buscarlo, al menos para decirle de frente que su madre tenía tanta razón… que sí, que me lastimó, que me ha venido lastimando de a poquito y de repente… que a veces pienso que yo lo lastimo más pero que no, que me he dado cuenta que con ésta última, él gana.

Despertar temprano con los ojos hinchados hasta las lágrimas y el corazón del tamaño de un grano de mostaza. Quedarse en cama hasta más allá de mediodía con la firme intención de sentir toda mi tristeza, desarmarla, sacudírmela, dejarla entre los pliegues de las sábanas. No abrir las cortinas y pretender que sigue siendo de noche, finalmente bajar en pijama a la sala que está tan sola como yo. Trabajar simplemente porque hay que hacerlo, mientras subo la escalera de regreso al encierro, sacudirme otro poquito de tristeza en el pasillo, intentar quitármela con el agua de la regadera, aromas de frambuesa negra y sales de limón… nada, imposible, no se va.  La toalla como última esperanza, por aquí, por allá… todavía nada.

Dormir… breve siesta de 20 minutos en las que sueño con el abuelo, su sonrisa llena de luz, sus gafas obscuras, su serenidad, corro hacia él, como siempre, corro para abrazarlo, que me diga qué hacer, que me tome la cara entre sus dedos de luna y me absorba las lágrimas con sus finas palabras…

Pero no, nunca… corro lo más que puedo y nunca llego… se va, siempre se va… y yo despierto con la sensación de haber sido engañada, de haber sido traicionada en lo más profundo, se van despertando las sombras que me habitan, ese coraje parece ir forjándose en algo que empieza a sonar mucho a un odio inhabitable.

El reloj marca ya más allá de las seis… despabilarse, abusar del viento, repentina compañía amorosa que me parece espejismo porque yo sigo rota, regresar, el vestido negro… no, mejor el verde… ¿Dónde chingados quedó mi vestido verde? le busco, revolviendo los cajones, los clósets… dentro de mí crece la sensación de que no es el vestido lo que busco en mi cuarto. Nada, el maldito vestido verde no aparece jamás. Me consuela el hecho de usar el negro, le va mejor a mi estado de ánimo.

Y entonces una boda, recordatorio inequívoco de lo que quizás, ya no quiera…

De regreso a casa, una luna cruel en el cielo de primavera sofocante.

Y ahora, de madrugada, el piano de fondo y mis primeras letras en esta preparación del exilio voluntario que se acerca cada vez más, vigilando de cerca lo que soy… aunque ahora yo misma esté cayendo.

Dos treinta… y la tristeza decide mirar bien de cerca como pongo los pies sobre el quicio de la ventana y juego a perder el equilibrio… después de todo, soy una mujer que vuela.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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