Estaba tomando charanda cuando empecé a recordar a mis viejos amores, ojalá que mi Porfirio no me vaya a leer, porque se me pone locochón.

La cosa es que tuve un novio al que le decían Garufa, gracias a un maravilloso tango del mismo nombre.

En esos ayeres a mí me decían Marilyn Monroe, imagínense cómo estaba de sabritas. Nombre, me sentía como si anduviera con mi Joe Di Maggio. Hacíamos unos sanquintines en su cantón dignos del Apocalipsis. Preparábamos tripas en un caso de cobre, porque si no, no salían buenas, mientras unos jugaban baraja, otros dominó, otros burra tamalera, unos chupaban, otros se ponían pachecos y los menos se la pasaban beso y beso o picando.

Una hermandad, difícil de conseguir. Eso sí alguien siempre terminaba en el hospital por los excesos, como cuando mi Garufa se empinó una botella entera de aguardiente exclamando que era vikingo. Acto seguido, después de que cayó la última gota en sus papilas gustativas, se desvaneció cual Pacquiao contra Márquez del nocaut etílico, pero hasta eso que no se acabó la fiesta, era parte de la normalidad de la francachela.

Ahí luego les cuento más del hombre invencible, ídolo de las multitudes, the one and the only, que aún anda por este mundo igual que yo y que nos prometimos sobrevivir a la guerra nuclear para comer cucarachas.

Ahí nos bedollas.

about Pepa

Ruca libidinosa, de origen mixteco con aires de grandeza y debilidad por los jóvenes apuestos, actualmente muerta cuyo vínculo con el más acá es el infernet.

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