Y un día vuelve a llegar tu cumpleaños, pero en vez de las velas de un pastel, ahora te encuentras apagando las llamas de tus ruinas incendiadas. Si pudiera pedir un deseo, sería sentir la lluvia, respirar de nuevo el aire fresco, oler la tierra fértil de mi huerta, correr descalza, bailar desnuda a media noche, como lo hacía antes del bombardeo invisible, antes de que las ráfagas ocultaran para siempre las estrellas.

¿Un año más o un año menos?, ¿para quién? Quisiera ser optimista como antes, soplar con los ojos cerrados y guardar el secreto de mis peticiones esperando que se vuelvan realidad. Hoy no quiero tener nada que ver con lo real si lo real significa la guerra, la peor guerra que es la que libra el sentido común contra lo confortable. La única batalla que quisiera haber librado en mi vida era en mi cama contigo, pero hoy hace mucho que ya no tengo cama y estoy a punto de perderte a ti también, precisamente hoy que es tu aniversario y debería estar horneándote un pastel.

Sabes que no te queda mucho tiempo más. Sabes también que no hay pan ni merengue, ni hornos ni mermelada de zarzamoras, pero me pides que me acerque y me susurras al oído que deseas encender las velas y soplar por última vez. Sé lo que significa para ti y no puedo decir que no. Por eso accedo. Preparo todo y te llevo a la fábrica. “La fábrica”, ese lugar que no produjo más que muerte desde que comenzó a funcionar, muerte a cambio del progreso que prometía y en el que tú creíste tanto.

Sé que te culpas de lo ocurrido aunque he tratado mil veces de convencerte de lo contrario. Pero ya no hay remedio y, debo confesar, después de luchar con tanto, que a veces creo que tienes razón. No obstante, a pesar de todo, te amo. Por eso te doy el mechero rojo que tanto me gustaba, por eso te dejo hacer lo que sea necesario para cumplir tu último deseo, encender esas velas rojas por última vez y verlas arder.

Ellos están ahí dentro y no sospechan nada, los apoyaste tanto siempre, incluso cuando comenzó la huelga, que creen que aún te tienen comiendo de su puño, y yo sé que así sería si no hubieras enfermado. ¡Maldita enfermedad y a la vez bendita sea! Fue lo único capaz de hacerte ver claramente lo que le estabas haciendo a los demás con tu progreso, con tu evolución.

Me pides que me marche lo más lejos que pueda y lo más rápido posible. Dices que esperarás un tiempo razonable para que me encuentre fuera del radio… pero no puedo; quiero soplar las velas contigo y sólo te hago creer que me he marchado. Me alejo lo suficiente para que creas que me he ido, estaciono el auto donde no puedas verlo y luego camino lentamente de regreso hasta llegar al pie de la colina, la cual subo hasta la cima para tener una perfecta visión de todo.

“La fábrica” parece un gran pastel, no pudiste tener otro mejor en estas circunstancias. Miro el reloj y luego el cielo. El sol se ha puesto y sólo faltan unos minutos para celebrar tu cumpleaños. Tomo un poco de agua de mi cantimplora, me aclaro la garganta y empiezo a cantarte esa vieja melodía que tanto te gustaba escuchar mientras soplabas. Esta vez no te empujaré la cabeza al pastel, no estás de espaldas a mí como otras veces, pero sé que ya has encendido los cartuchos de dinamita, después de haberlos convencido de dejarte dar un paseo por las instalaciones “tan queridas” por última vez, antes de que el cáncer termine de consumirte, y lo sé, porque puedo ver el resplandor de las primeras explosiones.

No podría decir cuánto tiempo pasó, quizá segundos, quizá semanas, meses, décadas. Pero tenías razón. El verdadero cáncer éramos nosotros. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, puedo sonreír cuando sus patas pisotean el polvo de mis huesos. Los lobos han vuelto, y con ellos los zorros, los alces, los linces… la vida, la vida libre que estará a salvo mientras los humanos sigan teniendo miedo de tu obra. “Radiactivos” les llaman. Que les llamen como quieran mientras se mantengan muy lejos, mientras los sienta masajear mi esqueleto y a ti te sienta sonreír por fin en paz, reconciliado contigo mismo y con la tierra.

Feliz cumpleaños.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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