Era inevitable que un hada cruzara su camino con el alegre fauno de los bosques del reino de Conté y no pudiera pasar de largo. Su algarabía contagiosa era tan irresistible como los mundos mágicos que creaba con su flauta, al compás de tres grados, de tres tiempos que me llamaron como a un ratón hipnotizado. Mis alas me llevaron directo hasta sus ojos y me encontré perdida de repente, pero era un camino sin salida en el que yo quería seguirme adentrando sin importar si el bosque estaba oscuro, porque su música lo iluminaba todo y bastaba poder ver el sendero y cada paso para no tropezar.

Él estaba ahí con su sonrisa imborrable cuando yo pasaba con mis alas rotas, me llamó, me animó, devolvió a mi rostro la risa y a mi voz las carcajadas, y tuve que quedarme, lo quise, lo deseé, porque la curiosidad de ver hasta donde seríamos capaces de llegar no me dejaba irme ni dormir ni continuar con mis inexistentes planes. “¿Qué pasaría”, pensaba, “si intentara tocar su misma música y olvidarme del miedo de explorar más allá?, ¿qué pasaría si tan solo lo intentara?” Y un día me acerqué más de lo usual para pedirle que me enseñara su magia, pero no fue necesario ni siquiera hablar, pues él ya tenía preparado un instrumento para mí.

Todo fue muy sencillo, todo tan divertido… la sinfonía creada por los dos era un deleite para nuestros oídos, yo iba y venía de mi jardín a su bosque, haciendo lo posible por no extraviarme en los senderos que me servían de atajo. Sabía que nuestros mundos eran diferentes y ni siquiera compartíamos la misma mitología, que yo tendría que dejar de volver en algún punto, para poder mantener el equilibrio, pero no sospeché que había otras formas en que la fantasía de este mundo podría recuperarlo.

Una tarde de otoño, cansados de jugar, dormitamos un rato junto al río. Cuando me desperté fui a mojarme la cara y encontré que mi rostro había cambiado: mis ojos eran un poco más pequeños y los lóbulos de mis orejas menos alargados. Ya no era diminuta. Había perdido mis alas y en mi cabello, ahora totalmente alborotado, había pequeñas flores que parecían ser parte inherente a esa nueva melena. Me quedé ahí pasmada sin saber qué pasaba hasta que escuché el sonido alegre de su flauta alternándose con sus felices carcajadas. “No tienes que irte más, ya nunca más”, me dijo, “ahora perteneces a mi bosque, pequeña ninfa, traviesa alseide, ahora estaremos juntos sin que debas partir antes de que la luna nos sorprenda”.

Y esa fue nuestra primera noche, bailamos incansables alrededor de una fogata y compusimos nuevas melodías en honor de la luna, de la que desde ahora sería nuestra y nosotros de ella. Y ahora sé que era inevitable que un hada transgresora por la dulce sonrisa de ese fauno se convirtiera en ninfa y se quedara en esos bosques que circundan el reino de Conté.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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