Nos quedamos mirando, no queríamos perdernos de vista pero al mismo tiempo necesitábamos estar al pendiente de las paredes, temíamos sus cambios. Cada que notábamos algo me revisaba para verificar qué parte desaparecía. Después del brazo derecho siguió la parte baja del tórax. Percibió cómo las transiciones parecían acelerarse. La cama en que me encontraba tenía ruedas, me sacó de ese cuarto, regresamos al pasillo que ahora iluminaba una larga fila de lámparas que parecían moverse a gran velocidad. Un ruido insoportable penetró mis oídos. Dimos varias vueltas hasta llegar a la cocina, abrió la puerta misteriosa y entramos.

Marcas el número celular, intentas grabarlo en tu memoria para llamarla millones de veces más en la vida. Ella contesta con una voz emocionada, llena de ilusión. Ambos están listos para empezar esta nueva etapa, ya saben el lugar del encuentro, quedan de verse en 20 minutos.

Ella tiene tiempo. Arregla los últimos detalles. Pone sobre la mesa la comida que preparó, tapándola para que no se enfríe y las fresas con crema las acomoda en un buró junto a la cama. Se prueba varios atuendos, pero se decide por un vestido blanco, que deja por momentos ver sus piernas y un tiro largo y agradable que hace al viento jugar con las figuras del vestido. Camina despacio por la pequeña calle hasta llegar a la esquina con el monumento de frente y la ancha calle a un lado, y el recuerdo de la noche en que se conocieron pegada a ella.

Subes inmediatamente a tu auto, te sientes ligero a pesar de llevar tu vida en ese carro. Las pocas pertenencias que traes no te parecían tan importantes como el cúmulo de experiencias que te llevaron a ese fortuito encuentro y ahora a la resolución de una vida futura. Cantas a todo pulmón junto a Natalie Merchant come on now try and understand, the way I fell when I´m in your hands (Bendita sea Patti Smith). Disfrutas el camino, tratas de no manejar como lo hacías en la adolescencia, pero quieres llegar lo antes posible. Giras el auto en la última avenida, de ahí en adelante son tres calles rectas que te llevan al punto de encuentro.

Al entrar en ese lugar no pude entender lo que pasaba, las cosas flotaban y no existía la realidad, me encontraba en el lugar donde ella guardaba sus recuerdos más importantes, vi a sus padres, su juventud. En un momento ocultó lo demás, quería que me concentrara en un punto de sus recuerdos. Ahí frente a mí, estaban nuestros viajes, las noches de películas, las cenas, los vinos, los días llenos de felicidad.

Al fin llegas al punto de encuentro y la ves, tus ojos no pueden apartarse de ella, sin darte cuenta que no estás deteniendo el auto lo suficiente, sigues hipnotizado cuando sus miradas vuelven a cruzarse como un par de días antes, pero esta vez no se separan, se ven y sonríen juntos, hasta que el semblante de ella cambia, está asustada y grita algo que no entiendes.

Los recuerdos desaparecieron de mi vista, mi torso desapareció y un instante después mi brazo izquierdo. Quedaban la cabeza y mi mano izquierda, sin estar unida a mi cuerpo, pero ella no la soltaba, su mirada ya no reflejaba miedo, asombro ni coraje, una triste resignación acompañada por lágrimas que se perdían tan pronto como llegaban a la comisura de sus hermosos labios, que se acercaban a dar un beso a los míos antes de que desapareciera mi cabeza por completo.

Crujen metales, un ruido ensordecedor, el impacto genera una ráfaga de aire que mueve el vestido blanco que tan cuidadosamente había elegido para la ocasión especial. El auto da vueltas hasta quedar detenido contra un árbol, ella corre y toma tu mano izquierda que quedó fuera del auto junto con tu cabeza. Los testigos corren a ver el accidente. Pocos instantes después la ambulancia llega.

Mi mano en su mano, ya no estamos en el cuarto de los secretos, alcanzo a ver que las cortinas ahora dejan entrar un haz de luz, marcan un camino. La sonrisa en la pintura al fin está completa. Después de esto el entorno cambia, y la luz cálida del exterior se transforma en fría y blanca de hospital. Un doctor se acerca a informarle que no hay más que hacer, ni los intentos en la ambulancia ni en el hospital dieron resultados. Ella sigue aferrada a aquella mano que mantiene el calor corporal. El tímido pitido del aparato medidor de las pulsaciones es cada vez más pausado. Mis huesos fueron destrozados por el impacto, la cara es un amasijo de sangre, costras, cristales y metales. Aún así, mis labios dejaban ver una ligera sonrisa, y en los ojos, bajo mis párpados, conservo la imagen de la mujer del vestido blanco que parecía volar.

Tu mano en su mano, ya no están en el cuarto de los secretos, alcanzas a ver que las cortinas ahora dejan entrar un haz de luz, te marcan un camino. La sonrisa en la pintura al fin está completa. Después de esto el entorno cambia, y la luz cálida se transforma en fría y blanca de hospital. Un doctor se acerca a informarle que no hay más que hacer, ni los intentos en la ambulancia ni en el hospital dieron resultados. Ella sigue aferrada a aquella mano que mantiene el calor corporal. El tímido pitido del aparato medidor de las pulsaciones es cada vez más pausado. Tus huesos fueron destrozados por el impacto, tu cara es un amasijo de sangre, costras, cristales y metales. Aún así, en tus labios se ve una ligera sonrisa, y en los ojos, bajo los párpados, conservas la imagen de la mujer del vestido blanco que parecía volar.

about Sergio Armenta

En algún momento todo se deformó en letras y notas. La música y los libros siempre me han acompañado en mi andar.

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