Conforme se acercaba la noche se podía escuchar todo en Tayahua. Todo. Desde los grillos escondidos en los arbustos, hasta los burros rebuznando en el monte y si afinabas el oído hasta los camiones que frenaban con motor allá en la carretera, lejos; como a tres kilómetros.

Ese silencio era latente. Cuando mi Papá sabía que me regresaba a mi casa después de visitarlo enmudecía. Era como un fantasma paseándose por esa casa que él mismo oscurecía foco por foco, como si con esa penumbra se le disfrazara su tristeza. Se volvía a quedar solo en ese pueblo viejo, fantasmagórico, ese en el que él mismo se exilió y que yo usaba como centro de retiro del caos de la ciudad.

Llegaba la hora de irme a ese intento de ciudad de donde salía el autobús rumbo a la capital. La capital, el ostentoso nombre que los de provincia le dieron a la Ciudad de México como si se tratara de otro país, de otro planeta.

Nos echábamos a la carretera. Yo a veces prefería no voltear a ver esa puerta azul chiquita que escondía la casa que mis abuelos construyeron y que se preciaba de tener un huele de noche que me apretaba la garganta cuando lo olía en otro lugar que no fuera Tayahua.

Siempre viajaba yo adelante en el taxi; en el asiento del copiloto. Mi Papá seguía callado. Cuando la carretera era planita, esa que te permite escuchar cosas más a precisión, podía escuchar su respiración agitada. Mi Papá ya estaba enfermo. Los 29 años en esa fábrica acabaron con sus pulmones y éstos comenzaban a ceder. Seguía sin hablar.

Carretera. A veces quería que ese viaje durara horas enteras para poder disfrutar la compañía de ese hombre que años antes era robusto, enterito. Yo lo veía inmenso y ahora me partía el corazón admirarlo reducido a un cuerpo flaco, encorvado, cubierto de nieve en los cabellos. Ya no era el mismo.

Veía las milpas oscuras a la orilla de la carretera y las luces de los ranchitos como tintineando, como despidiéndose de mí, como si quisieran decirme algo.

Villanueva. El autobús con un letrero frio y azuloso decía “México DF”. 20 minutos para salir. Mi Papá calándose el sombrero. Sí, cedió a la costumbre pueblerina de usar sombrero para cubrirse de ese sol seco, inclemente que en la época de secas se dejaba caer con aplomo en Zacatecas, no decía nada. Sus ojos azules se perdían en un infinito que sólo él sabía a dónde miraban.

¿Cuándo regresas?, era la pregunta que en mi visión, reducía a mi Papá a un niño miedoso, esperanzado, listo para comenzar a contar los días para mi regreso. “No sé. Quizás en 4 meses. La chamba está cabrona allá”. ¿Qué escudo podía poner yo? No quería irme; algo me detenía. Me hacía desear que el autobús no arrancara y nos tuviéramos que quedar una noche más. Una maldita noche más.

“Nos vamos”, dijo el operador del 2721 del Ómnibus. Abracé a mi Papá, lo besé. No me importó nunca cuán viejos fuéramos él y yo. Lo besaba cada que nos despedíamos como lo hacía de niño y mi Mamá nos ordenaba que corriéramos a “darle su beso” a mi Papá porque se iba a trabajar.

“Vuelvo pronto” y con las lágrimas al borde de los ojos me subí al autobús sin querer voltear a verlo, aunque nunca pude evitarlo, giraba la cabeza para asegurarme que él no rompiera en llanto.

El autobús se hizo hacia la calle; corrí la cortina de la ventanilla para verlo. Mi Papá se echó a caminar rumbo a la calle buscando un taxi, ya sin voltear. Lo vi darme la espalda metiéndose las manos a la bolsa de la chamarra y se perdió en un pasillo oscuro y solitario caminando del mismo modo que yo. Nunca volví a verlo con vida…

about Gilberto Padilla

Gilberto Padilla, periodista especializado en autos, rockero, fan de The Doors, The Rolling Stones, Pink Floyd. No hay auto en el mundo más hermoso que el Porsche Panamera. Lee mis desvaríos en mi Twitter

1 comment
  1. Abril A.F. says:

    Afortunadamente aún tengo a mi papá conmigo y a pesar de la distancia, y no hablo de la física necesariamente, lo extraño, lo admiro y lo amo mucho, más no sé si el lo sabe. Me sentí identificada con tu relato de alguna forma, se me desgarró el corazón… Muy bonito, muy triste, pero muy bonito. ¡Saludos!

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