Recuerdo con claridad el lodo en mi cara, los gritos, el olor amargo a sudor.

“¿No vas a ir?”, le pregunté en cuanto lo vi sentado, listo para desayunar. No respondió. Para mi padre el fútbol había sido algo importante, nunca fue bueno para jugarlo “tengo una pierna más corta”, decía para justificar su torpeza con el balón; sin embargo, veía los partidos con buen ojo. Encontraba las debilidades del contrario y, como porrista, era el mejor. Cada quince días, muy temprano, se iba a la terminal de autobuses de Toluca y emprendía su viaje al Distrito Federal. No creo que haya habido aficionado más fiel al Atlético Español que él. ¿Por qué su afición a ese equipo? Sencillo. Mi papá nunca se identificó con la escuadra de su ciudad, iba a los partidos pero la forma tan defensiva y medrosa de jugar (aunque muchas veces efectiva) lo hacía sentirse lejos de los Diablos. Pensar en apoyar al América, al Cruz Azul o las Chivas era poco probable: siempre sintió aversión por los grandes, por los poderosos… por los que aplastan. La Universidad era un equipo que le gustaba; la juventud y el dinamismo de sus jugadores llamaban su atención. Así que un día fue a C.U. a ver un partido entre los Pumas y los Toros (un equipo nuevo que ocupaba el lugar del Necaxa). El ambiente le resultó indescriptible: jóvenes, cientos de jóvenes apoyaban a los universitarios. El equipo atacaba una y otra vez, un europeo melenudo se movía por la media cancha; una cabellera crespa encaraba, un bigotón en la central despejaba todo. La UNAM enamoraba con su juego. Al medio tiempo mi padre se dirigió al baño. Al salir miró la majestuosidad del Olímpico 68 y allí los encontró. Agrupados, como los pobladores de una aldea que acaba de ser conquistada por una tribu ágil y vigorosa. Serían no más de cincuenta personas las que alentaban a los Toros, dignos pese a saberse derrotados. Sin pensarlo mi padre caminó al grupo y desde entonces vivió un idilio con el Atlético Español.

Todo amor que no es tortuoso se olvida fácilmente. Quizá los romances breves e intensos sean los mejores. Sería en el 74 cuando rasguñó la gloria; en aquél entonces la Máquina sabía ganar y dejó a los Toros con el odiado subcampeonato de liga. Y después, un día, con la facilidad de quien tira al cesto de la basura el chicle que perdió sabor, los dueños dieron por terminada la historia del Atlético Español. A nadie importó tipos como mi padre que, partido a partido, dejaba su voz durante noventa minutos; que la única fuga a la rutina, al tedio, a la monotonía diaria, era poder escapar a ver a su equipo luchar con el arma que hoy debería ser fundamental al menos: el pundonor. Mi padre no se levantó de ese golpe, no siguió al resucitado Necaxa; no le entusiasmó la aparición deslumbrante y evocadora del Atlético Celaya, pese a ser la casa de retiro de la Quinta del Buitre. No, nada hizo volver al fútbol a mi padre.

Solo, porque siempre fue así desde que empecé a jugar, me puse la camiseta número once del Atlético Español, nombre del equipo de mi barrio –me costó dos cartones de cerveza que los demás aceptaran llamarnos así–. La final del torneo había convocado a prácticamente todo el pueblo. La noche anterior no había parado de llover, habría que jugar en un potrero pero, mi equipo y los rivales, lo habíamos hecho más de una vez. El partido transcurrió como era habitual. Muchos balonazos, muchos resbalones, muchas faltas, muchos golpes. Un gol para cada equipo en el tiempo regular y una actuación, para ayudarme un poco, “discreta” de mi parte. Si hubiéramos tenido más de un elemento en la banca (un defensa central con una cruda monumental), seguramente habría sido relevado. Pero el destino, y más en el fútbol, es caprichoso. El primer tiempo extra terminó sin goles, nuestro portero, el más grande y gordo del equipo, nos alentaba a llegar a los penales. No es que no confiáramos en él, pero sabíamos de sobra que lo suyo era la colocación y no la agilidad, sería difícil que detuviera algún penal.

Un par de minutos para el final, en una de las muchísimas diagonales que corrí sin que nadie me diera un pase, mi compañero disparó a portería, el balón lo desvió oportunamente la nariz del central que cayó asemejando a un puerco feliz en su chiquero; la pelota corrió a modo para encarar al portero. Lo vi salir y apresuré el paso para alcanzar el esférico. Presentí que estaba dispuesto a atacar mis piernas más que a la pelota así que, en un arranque de locura (o de temor quizá) abrí las piernas y dejé correr el balón como en aquella jugada magistral de Pelé que no terminó en gol. La pelota corrió, yo brinqué al arquero y disparé pero, como le pasó al Rey, vi que saldría rozando el poste. La inercia me obligó a correr hacia ella pese a que sabía que no había forma de alcanzarla. Fue entonces cuando el destino, la suerte, Dios, o como se llame, jugó su papel. El balón se detuvo antes de salir en un charco de lodo. Dos segundos después y pese a resbalarme, logré empujarla dentro.

Traté de levantarme pero el peso de uno de mis compañeros sobre mí me obligó a caer con la cara en el fango, luego otro, uno más… todo el equipo.

Recuerdo con claridad el lodo en mi cara, los gritos, el olor amargo a sudor. Luego la falta de respiración, les pedía que se levantaran y ellos gritaban eufóricos; poco a poco se fueron quitando y el aire regresó pero no pude pararme. De pronto su mano tomó la mía, “levántate, campeón” me dijo mi padre sonriendo.

No jugué los minutos restantes, tenía dos costillas rotas pero no importaba, mi papá al fin pudo ver a su equipo coronarse, aunque fuera en un potrero.

about Daniel Bernal

Mitómano de profesión y vocación. Escribe porque no sabe hacer otra cosa –a veces duda también que sepa escribir–. Siempre ha tenido problemas con la autoridad; por eso renunció a su primer empleo a los once años, como cerillo de supermercado. Fracasó como músico y como emigrante. Ahora vive feliz entre libros, libretas y su mujer. De vez en cuando publica sus historias donde puede. Pero claro, todo lo anterior podría ser una más de sus mentiras.

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