La producción se suspendió cuatro meses después del incidente del soldado y Amelia. Se escuchaban rumores de que habían perdido la guerra, el pelotón no había regresado por las armas y por lo tanto no había comida. Los padres de Amelia seguían ahí, aunque se habían aislado en el pozo del recinto de muerte de la pequeña.

Antes de que llegaran los enemigos al búnker los padres de Amelia se habían vuelto locos, se negaban a salir del pozo. Tampoco probaban la comida que les quedaba. Sobrevivieron a la hambruna y al canibalismo.

Cuando llegó el pelotón americano a ejecutar a los nazis, los padres de Amelia habían desaparecido, en las paredes del pozo encontraron los nombres de los padres y mensajes que indicaban locura de quienes habían habitado ahí. Los americanos pensaron que se trataba de esclavos de guerra.

Un par de ellos se habían adelantado y bajaron al pozo para comprobar lo que había. La sorpresa terminó con sus vidas cuando alguien bajó la escotilla y activó el sistema de llenado. El resto del grupo se acercó e intentó abrirla pero el esfuerzo fue en vano.

Dentro del pozo escucharon los gritos de los soldados y unos lamentos de lo que parecía una mujer. Cuando los alaridos de los suyos hubieron cesado escucharon los sollozos de la mujer y unas cuantas palabras que alcanzaron a escuchar: Hier wohnt der Teufel.

Abandonaron el lugar sin rescatar a sus compañeros, nadie supo del todo si lograron salir con vida. Los gritos de Amelia se escuchaban por todos los pasillos pidiendo ayuda. Luego una voz endemoniada hacia retumbar las paredes de los pasillos haciendo que el techo amenazara con derrumbarse.

Después de los soldados nadie volvió a traspasar aquella puerta de seguridad que se dirigía a la central de producción de armas. Los nombres de los caídos quedaron grabados en las paredes del pozo. Justo como un registro de las muertes que vengaba el demonio que habitaba.

about Diego Hernandez

Amante de las letras, compongo historias que resuenan entre murmullos, desde el lugar más recóndito de mi mente. Mis ojos conectan lo que el puño escribe.

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