Paseo por Tokio

El despertador sonó un lunes a las 6:45, los números que daban la hora eran de color rojo y tenía un extraño recuerdo de que alguna vez habían sido verdes. Leo bajó, tomó su torta y salió a la calle en espera del autobús, el jardín de la entrada lucía diferente, aunque nunca le prestó demasiada atención parecía estar más colorido, se distrajo un momento observando con detalle una raflessia que jamás había visto en su vida y que le producía una exuberante tripofobia, volvió en sí hasta que el operador del colosal amarillo con franjas blancas estuvo apunto de cerrar sus puertas.

Mientras Leo recorría el autobús notó que todos sus compañeros tenían un extraño parecido, a excepción de los asientos del fondo que ocupaban Moisés, Raúl y Ascencio.

Por primera vez en lo que llevaba de conocerlos, no le lanzaron bolas de papel ni avioncitos, Leo encontró un lugar vacío y se sentó, las ventanas del autobús estaban empañadas y no podía ver hacia el exterior, de repente se empezó a dibujar sobre la humedad una frase: DANTE VIVE.

De repente todos los niños comenzaron a gritar, el autobús patinó y se desequilibró apuntando hacia un muro. Leodegario despertó, todo había sido un sueño.

Los números verdes parpadeaban y el aparato producía un estridente sonido de campana, se hacía tarde y Leo aun no se levantaba. Cuando abrió la puerta del refrigerador agarró su torta y contó las restantes; solo quedaban tres, para confirmar sus pensamientos volteó hacia el calendario y vio que era martes ¿Acaso se había dormido todo el Lunes? Era absurdo basar sus días en tortas, tal vez Mary había hecho una menos, o quizá solo había comprado cuatro bolillos en el supermercado, ¿ A quién carajo le importaba eso? Su jardín retornaba a la normalidad, subió al autobús y lo primero que vio fue un asiento vacío al fondo. Moisés estaba ausente.

Leo jamás había visto derramar una sola lágrima a Carmela, su maestra de historia. No podía ni hablar cuando intentó explicar la dolorosa muerte de Moisés, lo encontraron en un terreno baldío con la cara inmersa en un charco de agua, se había hinchado tanto que sus ojos no se veían, igual que los japoneses.

Esa noche, Leo sentía un terrible e inexplicable remordimiento, se colocó óleo en las sienes y buscó un escenario tranquilo en dream on. Eligió Jardín pacífico.

about Diego Hernandez

Amante de las letras, compongo historias que resuenan entre murmullos, desde el lugar más recóndito de mi mente. Mis ojos conectan lo que el puño escribe.

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