Por Rita G. Cerezo y Sabina Guzmán

Mariana se encontraba aquella tarde, como muchas otras, tratando de estudiar, porque soñaba con tener una vida mejor cuando fuera mayor, una vida en la que fuera independiente y pudiera vivir en su propio departamento, escuchar su música al volumen que se le diera la gana y…

– ¡¿Qué hacen esos platos sucios en el fregadero?!

– No lo sé, yo lavé los míos, ésos deben ser de Adolfo.– Respondió Mariana al escuchar el grito de su abuelo, que nunca fallaba para interrumpirla cada vez que intentaba concentrarse en algo.

– ¡Tu hermano está haciendo la tarea! ¡Lávalos tú!

– Siempre me toca a mí lavarlos, ya habíamos quedado que un día y un día y Adolfo se hace el tonto. ¿Por qué no mejor me toca pasear al perro?

– Porque esas son cosas de viejas y tú eres la única vieja aquí. Y si tantas ganas tienes de salir, después de lavar los trastes te me vas por un elote y unos esquites, que se me antojaron. Con mucho chile del que pica.

El abuelo de Mariana había crecido en el campo, con ideas muy marcadas sobre lo que debían ser y hacer los hombres y las mujeres, era un tipo rudo y había quedado a cargo de sus nietos al morir su hijo y su nuera en un accidente, desde entonces las cosas para Mariana habían sido difíciles, pues era la única mujer en la casa y, hasta la muerte de sus padres, había crecido en un entorno completamente diferente, soñando con ser como su mamá, actriz en una compañía de teatro independiente que creía firmemente en la igualdad de géneros.

– Si mi mamá estuviera aquí, iríamos todos por los esquites y seguro hasta al cine. A veces creo que sólo me ven cuando quieren un favor, ni a la Cenicienta la trataban así. Un día me voy a ir de aquí, pero antes me la van a pagar todos.

– ¿YA TERMINASTEEEEE? ¡APÚRATE O SE VA A IR LA DE LOS ESQUITES!

Mariana se enjuagó las manos y tragándose el coraje, salió de la casa azotando la puerta. Y así, la niña emprendió su camino hacia el mercado, sintiéndose un poquito más libre a cada paso que daba, después de todo cualquier pretexto era bueno para salir de la casa, lejos del abuelo macho y el paria de su hermano. Pero aún no había terminado la segunda calle cuando se empezaron a oir voces cada vez más fuertes de un gentío:

– ¡Se ve! ¡Se siente! ¡El pueblo está presente!

Al llegar a la esquina, una turba cruzó frente a la niña, que no vió cómo pasar del otro lado, cuando lo intenta, quedó atrapada entre la gente que la atropellaba y la llevaba entre sus piernas, mientras Mariana intentaba escapar inútilmente.

– Me da permiso por fa…. Disculpe…, me estoy alejando mucho… Por favor déjeme pa…

Su voz, apagada por los gritos de la turba, no era escuchada por nadie, y quién sabe hasta dónde habría llegado la niña entre esas piernas anónimas si, unas cuadras más adelante no se hubiese escuchado una sirena, la de una “julia” cargada de granaderos que habían sido enviados a calmar la situación y, con lujo de violencia, comenzaron a despejar a la gente a macanazos, subiendo a los que no alcazaban a escapar a sus camiones enrejados. Mariana asombrada, pues antes de llegar con el abuelo a la ciudad había vivido en un pequeño pueblo, sólo atinó a decir:

– ¡Guauuuuu, Robocop sí existe!

– ¿Cuál Robocop, chamaca rebelde? Tan chiquita y ya alborotando el orden público, sólo por eso vas a ir a los separos, órale trépese.

Y ahí adentro, entre apretujones y empujones, su celular comenzó a sonar, con trabajos pudo sacarlo y por primera vez le dio gusto ver el número del abuelo en el identificador, pues pensó que seguramente él sabría de qué se trataba todo esto e iría a rescatarla de situación tan confusa.

– ¿Bueno? ¿Abuelo?

–¿Dónde chingaos estás? Ya tengo hambre.

– Estoy en un camión, los rob….

– ¿Cómo que en un camión? ¡El mercado está a unas cuantas cuadras! No voy a fomentar tu flojera, regresando quiero mi cambio completito.

Y sin que la pobre y aturdida Mariana tuviera siquiera tiempo de explicar nada, el abuelo le colgó.

–Mi abuelo es peor que los bancos, no perdona ni un peso ese viejo tacaño.

En esos pensamientos andaba la muchachita cuando por fin el camión se detuvo, habían llegado a la Delegación, ahí los bajaron a todos para pasarlos a los separos, pero antes los formaron para ficharlos y fue entonces cuando un estudiante de leyes notó la presencia de la niña.

– ¿A dónde llevan a esa menor? ¡Ella no puede estar aquí sola! ¿Por qué te trajeron?– Dijo esto último dirigiéndose a Mariana.

– Yo sólo iba al mercado por un esquite para mi abuelo, cuando los robocops me metieron a un camión.

–¡Eso es secuestro! ¡Privación ilegal de la libertad! ¡Voy a levantarles una demanda y a hacerles un periodicazo si no la dejan salir ahora mismo! ¡Tengo contactos muy buenos en La Jornada!

–Ya ya, joven, no se altere, tranquilo. Fue un error ¿a poco usted no es humano? Errare humanum est, usted debería saberlo. Llévesela y ahí murió.– Dijo uno de los jueces que estaban ahí cerca y escuchó el alboroto armado por el joven.

Dura lex sed lex, acuérdese usted también, con ella no valen los errores.

El estudiante entonces, después de preguntarle dónde vivía, acompañó a la niña al metro y le dió 3 pesos para su pasaje, pero entonces recordó:

–Chin, ya subió a 5 y no tengo más, apenas voy en 3er semestre de la UNAM, nomás me alcanza para un boleto. ‘Orita le pedimos a alguien pa’ completar.

Pero al entrar a la estación se encontraron con un contingente de #Posmesalto y los dos pudieron entrar sin tener que botear. Después de un rato se separaron, cuando ella por fin, después de 3 horas, pudo regresar a casa. Pero, al salir del metro, descubrió que afuera estaba cayendo un verdadero diluvio con granizo y toda la cosa; aún así la casa estaba cerca y Mariana prefirió arriesgarse antes que morir de frío ahí, pues, con eso del cambio climático y la prisa, había salido sin suéter. Sin embargo no logró avanzar mucho, pues antes de llegar a la esquina, cayó estrepitosamente al resbalar en una de esas rampas mal hechas que parecen construidas para bajarse a rapel.

Nadie vio a la chica caer, ya que al parecer todos estaban resguardados bajo algún techo cercano, por eso pasó algunos minutos sin conocimiento sobre el suelo mojado, hasta que el vibrador de su celular la hizo reaccionar.

–¿Dónde estás? ¡Te he estado llamando y me mandas a buzón! ¡Niña ingrata! ¿Y mi esquite? ¿Eh?

  • ¿Qué? ¿Dónde estoy?
  • ¡Eso lo pregunto yo! ¡Más te vale que te apures y traigas el cambio completo!

Otra vez se quedó con las palabras en la boca a medio abrir, cuando escuchó al abuelo colgarle el teléfono, con la cabeza doliéndole como si estuviera a punto de explotar y el cuerpo congelado y maltrecho, porque el granizo la cubría. Apenas podía moverse por lo atontada que estaba y asomó la cabeza, lo primero que vió fue un perro que, luego de olfatearla, comenzó a escarbar.

–Solobino, Solobino… Fi fi fi fi ¿qué hacesssss, Solobino?– dijo una voz balbuceante tras el perro, quien respondió con dos fuertes ladridos.

El hombre se acercó tambaleando y al ver a la niña la terminó de sacar del montón de granizo. Ella temblaba de frío y el temblor le impedía hablar, pero reconoció al teporochito que todos los días veía sentado en la banqueta, afuera de alguna de las tienditas que había camino a casa al regresar de la escuela. Todos se alejaban de él al pasar y su hermano, junto con otros mocosos del barrio, se divertían burlándose a sus costillas.

–¡Pero si estás congelada! A ver Solobino, ven y acuéstate junto a ella. Mira toma un traguito de este ron, te devolverá el calor, abre la boca– Del susto hasta la borrachera se le había bajado a don Pedro, que así se llamaba.

–GLU GLU GLU GLU.– Dio otro trago Mariana al sentir el calor en el estómago que se fue esparciendo por todo su cuerpo.

–¡Ay mira, saliste muy vivita, casi te acabas el Nacardi! Nomás era pa’ entrar en calor, tú estás muy chiquita para estos vicios que no te llevan a nada bueno, mira que te lo digo yo.

–¡Mushassssss graaaaaaziasssss, sñor! ¡graziassshhh Sholovinito! Estássss re’ bonitoooo, te pareces a mi abuelo, pero tú sí eres buenooooo.

–Bueno, ya estás bien, borrachita, pero bien y creo que vives aquí cerca ¿no, mija? Vete derechito a tu casa, yo mejor me pinto de colores porque si no me van a echar bronca y van a decir que te emborraché a propósito. Cuídese, chamaca.

Y despidiéndose de don Pedro, Mariana se fue zig zagueando, ya había oscurecido y todo lo veía doble, así que no pudo leer los nombres de las calles y dio una vuelta equivocada que la llevó justo a las puertas de una carpa de feria, dentro de la cual se escuchaba a un grupo de gente abucheando.

–¡Son ustedes unos nacos! ¡No saben contemplar la poesía y el arte! ¡Yo he cantando en los mejores escenarios! ¡Soy una artista!– gritaba indignada una mujer de vestido brillante y rostro colorido. A lo que un miembro del respetable respondió con un

–¡De tu arte a mi arte, prefiero mearte! – causando las carcajadas del público.

–¿Qué les pasa? ¡Yo no tengo por qué aguantarlos! ¡Soy una artista! Estuve en la Academia y Cantando por un sueño. ¡Merezco un trabajo con prestaciones, ISSSTE o ya de perdis Seguro Social! ¡Me voy!

Y la mujer desapareció tras las sucias cortinas de terciopelo, dejando sólo el zumbido del micrófono al caer al suelo. La niña entonces, guiada por ese zumbido, entró al escenario y recogió el aparato, levantó la vista y descubrió el relajo que se traía el público, lo que la hizo reir.

–¿Es la hora del karaoke? ¡Éshenme una de la Da’recio!

Y la música, que parecía venir de todos lados, comenzó a sonar, no era la Da’recio, pero al escucharse los primeros compases del Pepe Pepe, el público rugió enardecido y Mariana comenzó a cantar a todo pulmón:

Ya lo pasado, pasado,

no me interesa.

ya me perdí y regresé,

y todo el ron me acabé.

Ya llegué

ya llegué

–SIIIIIIÍ ¡Bravo!

Por un esquite él me mandó hasta el mercado

y a la tira me encontré, y torniquetes salté.

Porque en el metro grité:

“¡Pos me salto yo, pos me salto yo!”

–¡POS ME SALTO YO, POS ME SALTO YO!– Coreaba la gente divertida de ver a Mariana, pensando que la niña hacía una excelente imitación de la Chupitos, pero cuando la escuincla volvió a abrir la boca para cantar sintió cómo los frijoles con queso que se había comido a media tarde comenzaban a revolverse en su interior y tuvo que salir corriendo para no salpicar a la multitud que la aclamaba.

– Ay, no vuelvo a tomar, juro que no vuelvo a tomar. Yo sólo quiero acostarme en mi cama ¿Pa’ dónde está mi casa?

– ¿Qué haces aquí, chamaca? Ya es muy tarde, ¿dónde están tus papás? ¿dónde vives?– Le preguntó un policía al verla parada en la esquina.

– Voy a la calle Delicias, oficial, ¿sabe dónde es?

– Ah pos andas un poco perdidita, está 2 calles a la derecha, luego 1 a la izquierda, 3 más a la derecha, das media vuelta a la izquierda y 3 pasos hacia el Este. No hay pierde. Te me vas derechita y ya ahorita porque este barrio no es muy recomendable. Aváncele, aváncele.

Y ya un poco más repuestita después de tremenda guacareada, Mariana reinició su camino, pensando todavía en que ojalá encontrara los esquites, porque temía que el viejo fuera capaz de no dejarla pasar si llegaba sin ellos.

Afortunadamente, a sólo una calle del mercado, alcanzó a ver el puesto de elotes y estaba por atravesar cuando su hermano le salió al paso.

–¿Dónde estabas? ¡Apestas! ¡Nomás de olerte ya me estoy embriagando! ¡Eres una zorra!

–Espérate baboso, ya ahorita compro los esquites, me pasaron muchas cosas, pero a eso voy, mira.– Mariana sacó el dinero y le señaló el puesto, pero el hermano sólo miró el billete y de inmediato se lo arrebató.

– ¡Pos ibas! ¡Yo necesito esto pa’ acabar el Street fighter!– dijo y salió corriendo hacia las maquinitas de la tienda de Don Melchor.

–¡Hijo de la…! Ay no, mi mamá sí era bien chida. ¿Y ahora qué voy a hacer?

Desde el puesto, otra niña miraba a Mariana, era Guadalupe, la vendedora de elotes y esquites, quien, al verla llorar, caminó hacia ella con todo y su carrito.

–¡Llévelo! ¡Llévelo! ¡Calientito y llenador! ¡Con limoncito, chilito y quesito pa’l dolor! ¿Esquite pa’l desquite? ¿pa’l dolor?

–Si tuviera dinero… pero mi propio hermano acaba de llevárselo. ¿Cómo quieren que no haya violencia en el país si en tu propia familia te bulean? Asssssh.

–¡Sí yo debería estar estudiando por mi futuro! ¡Pero ‘hora tengo que trabajar hasta tarde para pagar los impuestos de las droga colas de mi papá!

–¡Ya basta!– dijo Mariana – ¡Tenemos que hacer algo!

–¡No más esquites! ¡Mejor nuestro desquite!– Le respondió Lupita entusiasmada y le ofreció un esquite a Mariana como para sellar un pacto.

Y rato después la niña llegaba a casa con una gran sonrisa.

– ¡Ya llegué, abuelito!

– Un mes tarde, nutria inmunda, ¿dónde están mis esquites, mi elote y mi cambio?

–Aquí están, abuelito, me tardé porque tuve que botear para juntar el dinero que me robó mi hermano.

–Ya vas a echarle la culpa a los demás de tus tonterías, típico de las viejas. Me dijo tu hermano que te fuiste de perdida, tan chiquita y tan… ¡Trae acá! ¡Voy a empezar con este elotito que se ve tan tiernito! MMMMMM

Y el abuelo cerró los ojos y abrió la boca lo más que pudo para darle tremenda mordida al elotazo, pero no pasaron ni 5 segundos cuando de nuevo abrió los ojos grandotes como platos y su cara palideció.

– Mmmmmmmmmmmd, mmmjmmm

Jaló con fuerzas el elote que parecía no poder separase de su boca y se oyó un sonido como el que produce una botella al ser descorchada en las grandes celebraciones. Entonces el abuelo, ya sin dientes, comenzó a maldecir.

–¿Qué shingaos hijiste, nutria inmunda? ¡Esto no es mayonesa, es resistol! ¡Mis dientes de resina! ¡Salieron caríjimossss! ¡Los aruinastesssss!

Y Mariana, riéndose a carcajadas, salió corriendo de la casa. Esa fue la última vez que su abuelo y su hermano la vieron.

Mientras tanto, en la casa de Guadalupe, su mamá encontró el carro vacío y una carta donde la pequeña se despedía de ella.

Mamá:

Aquí te dejo tu carro de elotes y el dinero de hoy ni lo busques. Ya me cansé de ser explotada, yo quiero estudiar y ser actriz de radioteatro, por eso me voy lejos de ti. Adiós.

Lupita.

 

Y así, Mariana y Lupita dejaron una mala vida y se volvieron artistas callejeras, porque a Mariana le había gustado la cantada y a Lupita no se le daba mal el teatro. Cuidándose la una a la otra crecieron y se unieron a la carpa de feria donde triunfaron y pronto formaron parte del elenco de un teatro importante, y eso fue posible porque esto es un cuento y en los cuentos no hay gente tan mala como en la realidad y sólo basta soñar y luchar con constancia para cumplir lo que deseamos, y eso basta para vencer la maldad, la corrupción, el desempleo, la falta de equidad, porque si Mariana y Lupita hubiesen vivido aquí, otra hubiera sido la historia.

“Este texto fue publicado originalmente por la UNAM en el libro No empiecen sin mí de la colección Naveluz”.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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