¡Cuánto anhelaba ese momento! Había contado la eternidad de diez horas con cuarenta minutos para llegar de nuevo ante el imán de sus pasiones. Al salir por la mañana suspiró con fuerza, inhalando el vital gas que lo preparaba para soportar una jornada lejos de la razón por la que todos los días salía a enfrentar esa hidra de mil cabezas. Y habría lidiado con más de ser necesario, ningún afán era excesivo como pago por la dosis de cielo que recibía todos los días.

La sola conquista había requerido la superación de diversas pruebas que tenían como propósito la corroboración de un amor sin equivalente, equiparable sólo a la veneración exclusiva que exige una deidad monoteísta. Desde que alcanzó el milagro del matrimonio con ella, el mundo se había aproximado a la perfección. Alguna vez escuchó que la ciencia había establecido la duración del enamoramiento en la ominosa cantidad de siete años. Probablemente el estudio no debió ser exhaustivo porque a él no se le había pasado después de ocho de novios y seis de casados. La expresión de felicidad injustificada en su rostro no había desaparecido. El deseo por su cuerpo seguía inerme ante el paso del tiempo y las complicaciones generadas al compartir la vida. La vista de sus senos aún lo transformaba en animal del monte. Una representación puramente carnal del amor. Sangre inflamada que busca salida. Corazón que busca trascender sus fronteras, arrojar parte de sí a la comunión con el complemento, a la totalidad. Pronto descubre el secuestro de sus sentidos. La fuerza de los instintos los arrastra maniatados. Controla sus manos. Dirige los ojos. Gobierna los labios. Monopoliza los oídos. Mientras la memoria mantiene cautivo al olfato después de haberlo capturado 14 años atrás.

Ahí, frente al espejo, decide deshacer las amarras que contuvieron a las fuerzas silvestres a lo largo del día. Estimula ese pedazo de vida que responde a la llamada de una imagen. Descubre la invisible conexión del cuerpo con el alma, se pregunta cómo fluyen sus sentimientos a lo largo de su cuerpo para concentrarse exactamente en ese lugar; cómo esa figura femenina tan conocida aún se vuelve líquida para viajar a través de su interior y volver a tomar solidez. Esas preguntas insolubles pasan pronto, se desvanecen al llamado de la piel, esa que no cuestiona ni responde, sólo siente. Traduce los ideales sentimentales en sensoriales. Deja constancia de que existe él, existe ella, existe un vínculo que los une. El mismo que perdura transformándose, que pasa de una entidad incorpórea a una mano que se sacude, una espalda que se arquea, unos ojos cerrados que continúan contemplando su desnudez. Esa forma que comprueba una existencia más allá de lo físico pero que es en la carne donde mejor se manifiesta, donde realiza la mejor de sus realidades; al menos la de él.

La intensidad aumenta hasta un nivel audible, ya no es sólo una visión. Es una voz que grita su nombre: Gerardo, ¡¡¡ya termina!!! ¡¡¡Ya termina!!! ¡¡¡No aguanto, no puedo más!!!

Todo termina de manera abrupta con un estallido de su esposa liberado en un grito al abrir la puerta: Otra vez con tus marranadas, tú pensando en una de tus putas y yo ¡¡¡cagándome aquí afuera!!!

about Abraham Garcia

Nació con ancianidad prematura en los inicios de los ochenta. Renegado del IMSS, principalmente de los médicos, desde que vio la luz de este mundo por haberlo extraído de su madre por la fuerza. Pambolero apasionado; odiador de árbitros, jugadores vedettes, comentaristas y aficionados estúpidos. Pornógrafo declarado. Bailarín excelso cuando nadie lo ve. Poseedor de diversos traumas, depresivo desde que tiene memoria, aspirante a chamán; vive divirtiéndose a costa de los demás, haciendo preguntas que a nadie le interesa responder. Casado (aunque pierda seguidoras), propiedad de dos hijas, mal hijo y peor hermano; resiste en este plano por pura necedad. Los verá en el infierno.

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