No quería ir. En realidad a nadie le gustaría ir pero por los hijos uno hace cualquier cosa. La simple idea de levantarse a las tres de la mañana lo ponía mal. No había de otra, él lo sabía.

Apenas sonó el despertador lo apagó de un manotazo. Cruzó los antebrazos sobre su frente y exhaló. Cuando por fin logró abrir los ojos la descubrió a los pies de su cama, ya vestida con la playera del grupo de adolescentes que tanto admiraba; con una mochila sobre los hombros de los mismos chicos. Sonreía. Eso hizo que él se pusiera de pie, abrazó a su hija con ternura y le prometió que en unos minutos estaría listo para salir.

Bajaron del autobús temblorosos por el frío, todo estaba oscuro. Caminaron tomados de la mano. Ella se entusiasmó al ver las luces del lugar al final del largo camellón por el que andaban. El gesto de él fue el contrario al notar que ya había una fila de padres adormilados con sus hijos formados. Algunas casas de campaña improvisadas de los que incluso, habían pasado la noche anterior allí para poder ser los primeros en entrar. Tomaron su lugar. “¿Quieres que te cargue?”, le preguntó y ella con su índice le dijo que no. Conforme el sol subía, el número de gente que llegaba aumentaba también. Algunos guardias hicieron rondas para evitar que alguien tratara de colarse en la fila. Tras ellos, una señora con dos niños se formó. El más pequeño gritaba cada tanto. Con cierto fastidio él se acercó a su hija para abrazarla. “Ya casi entramos, ¿verdad, papi?”, interrogó la niña impaciente. Él respondió que faltaba poco.

Una hora después la señora le seguía pidiendo al niño de junto que se portara bien, con demasiada delicadeza y sin ningún resultado. Los gritos de la voz agudísima se infiltraban en los oídos de los que esperaban a que, por fin, la reja se abriera y pudieran entrar.

–¿Me compras un tamal, papi? –dijo la niña cuando los vendedores ambulantes invadieron la explanada.

–No, mi amor. Mejor adentro te compro algo.

–Tengo hambre.

–Yo también, pero ya casi entramos. Ahí te compro algo, ¿esta bien?

–Esta bien. Ahora sí ya falta poco, ¿verdad?

Él no pudo responder, el olor del café caliente lo hizo aspirar profundo con los ojos cerrados. Deseó estar lejos de allí, en su tibia cama, con su hija dormida en la habitación de junto envuelta en un sueño feliz, como deberían ser los de todos los niños. No había más remedio, por su hija bien valía la pena no dormir. Junto a la caseta de vigilancia al fin se abrió la reja. Ella lo miró con una sonrisa exagerada, mostró el hueco que dejó el diente que apenas hace unos días se le había caído.

En cuanto cruzaron la cerca, la niña corrió emocionada.

–¡Apúrate, papi! ¡Córrele!

Un par de horas más tarde salieron. Él la cargaba, afuera mucha gente seguía intentando entrar aunque sabían que no lo lograrían. Los rostros descompuestos de los que rogaban ser admitidos lo deprimieron aún más.

–¿Viste, papi? No lloré.

–No, mi amor, eres muy valiente –respondió con ganas de ser tan fuerte como ella.

–¿Ya no estoy enferma, verdad?, ¿ya estoy bien?

–Ya casi, mi amor, ya casi.

–Si me curo antes del concierto, ¿me llevas?

–Sí, te lo juro.

Por ese día se alejaron del hospital.

about Daniel Bernal

Mitómano de profesión y vocación. Escribe porque no sabe hacer otra cosa –a veces duda también que sepa escribir–. Siempre ha tenido problemas con la autoridad; por eso renunció a su primer empleo a los once años, como cerillo de supermercado. Fracasó como músico y como emigrante. Ahora vive feliz entre libros, libretas y su mujer. De vez en cuando publica sus historias donde puede. Pero claro, todo lo anterior podría ser una más de sus mentiras.

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