En ese año la empresa familiar había crecido de una buena manera. Los contratos con grandes empresas eran muy importantes. Y lo mejor, nos recomendaban a otros clientes.
Para nosotros fue muy satisfactorio que la Comisión Federal de Electricidad nos invitara a concursar en una licitación para dar servicio de mantenimiento a las computadoras de varias de sus oficinas en distintos puntos del centro de la república.
Para cumplir con los requisitos era necesario visitar los sitios en donde se daría el servicio, labor que se repartió entre varios de los ingenieros que laboraban con nosotros. Con cierta ventaja, pudimos escoger los lugares que nos parecían más bonitos y a donde podíamos llevar a los niños. Nos tocó Puebla, Querétaro y Guerrero. Es pertinente comentar que era el mes de agosto.
Cuando vimos el mapa de los lugares de Guerrero uno estaba en Tierra Caliente y el siguiente era Acapulco. El de Tierra Caliente era una hidroeléctrica llamada El Caracol.
Un sábado temprano emprendimos el camino para allá, llevando a los dos hijos más pequeños, ya que mi hija mayor aún estaba en la escuela. Muy emocionados todos, porque además era la primera vez que conocerían Acapulco. Yo había ido cuando era niña y después volví unas dos o tres veces más. Cuando llegamos a Iguala, en la caseta había un soldado muy serio y nos preguntó a dónde nos dirigíamos y le indicamos el lugar. Nos hicieron muchas recomendaciones y nos dijeron que era un sitio peligroso. Que guardáramos nuestras cosas de valor y el dinero. Con cierto temor, mi esposo buscó un lugar en algún lado del auto en donde no se les ocurriera buscar.
El camino era fatigoso por el calor tan intenso que hacía a medio día. El sol caía a plomo y la sed pronto nos obligaba a tomar mucha agua. Por lo demás el paisaje era hermoso, muy desolado, sólo se veían las vacas echadas en la carretera; nos teníamos que armar de paciencia y esperar que ellas se levantaran voluntariamente. No queríamos provocar ningún incidente.
Había muchas piedras encimadas y la sierra nos quedaba justo enfrente. Era realmente impresionante el lugar. Nunca vimos a ninguna persona cerca ni lejos.
Finalmente llegamos a la Hidroeléctrica y nos recibieron con mucho gusto. Nos mostraron las instalaciones, nos ofrecieron agua y después de hacer nuestro trabajo de ver el sitio en donde se darían los servicios, nos dieron un recorrido por la presa.
Mis hijos estaban fascinados con los correcaminos que iban de un lado para otro con una prisa que daba a entender que lo que hacían era de suma importancia para ellos. También había muchos camaleones y el ruido de los pájaros era una sinfonía en donde no distinguías de quien era cual trino, pero a cual más de hermoso.
Cuando vimos la cortina de la presa nos quedamos sin palabras, personalmente me daba miedo que mis hijos estuvieran tan cerca de la orilla, pero los ingenieros decían que no corríamos peligro. Es impresionante admirar una obra de ingeniería tan precisa y tan grande.
Todo el tiempo nos mantuvimos empapados porque el calor húmedo es sofocante, pero íbamos de maravilla en maravilla. En lo más alto de las instalaciones se veía la sierra. Un cerro sobre otro, los más cercanos se veían verdes, los más alejados tenían un tono azul profundo. Y nosotros disfrutando de esa vista desde arriba, como si todo estuviera bajo nuestros pies, todo para nosotros.
Si hubiera sido posible nos hubiéramos quedado más tiempo admirando esas bellezas, tanto las naturales como las creadas por el hombre, pero el personal de la C.F.E. nos alertó de la hora y de que teníamos que pasar temprano ese camino para llegar a la carretera de Acapulco.
El regreso fue muy similar, sólo que el sol ya nos daba desde atrás y era un gran disco rojo que hacía que las piedras encimadas se vieran de un color totalmente diferente, como sacado de un paisaje de otro planeta. Algunas vacas aún estaban echadas en la carretera pero la mayoría ya se habían ido quién sabe a dónde, pero nuevamente nos quedamos sin ver a ninguna persona por ahí.
Comimos cualquier cosa y mis hijos ya estaban cansados, así que mi esposo y yo continuamos el camino ya sobre la autopista a Acapulco. Poco les duró el gusto a los niños de ir ricamente dormidos porque el estruendo de la tormenta los despertó. Nunca habíamos visto una lluvia de esa magnitud.
Y es que aún estábamos en plena sierra y el agua caía con mucha fuerza y gran estrépito. Siempre he admirado la forma de manejar de mi esposo, y en ese momento lo admiré aún más. Su pericia hizo que siguiéramos avanzando a pesar de que casi no veíamos nada. Pero nos habían advertido que no paráramos hasta llegar a Acapulco.
Todos teníamos miedo, pero nadie lo decía. Como hipnotizados veíamos cómo el auto avanzaba a poca velocidad; para esa hora de la noche y con el calor que se acumulaba dentro empezamos a tener sueño. Llegó un momento en que yo ya no hablaba sólo pensaba en lo difícil del camino.
De pronto, ya no supe si seguíamos en este mundo o habíamos muerto, porque lo único que vi fueron unas luces muy fuertes y un túnel largo, muy largo. Pero yo veía a mis hijos atrás con sus caritas de sorpresa, de no saber en dónde estábamos y por qué la lluvia había cesado de esa forma tan repentina.
Fue un alivio escuchar la voz de mi esposo decir “qué chingones están estos túneles nuevos”.
Después de ese sobresalto, el sueño se nos espantó y peor porque estábamos casi a la entrada de Acapulco y estaba inundado totalmente. Nos tuvimos que resguardar junto con muchos otros automovilistas en una gasolinera. Ahí mismo nos recomendaron un hotel, a donde nos dirigimos a muy poca velocidad y en donde dormimos a pierna suelta.
Al amanecer, el cielo estaba increíblemente despejado y el mar con esa belleza radiante que nunca ha perdido, lo que dejó a mi familia fascinada y enamorada del lugar.
El trabajo siguió durante unos quince días más en que tuvimos que preparar las carpetas y los documentos necesarios para la reunión de evaluación. Cuando salió mi esposo de la junta, con un cansancio de aquellos, nos dio la noticia de que el concurso se había declarado desierto porque fuimos los únicos que cumplimos con todos los requisitos.
La noticia fue tomada con molestia por todos, perder un concurso no es cosa fácil. Sin embargo y después de haber tomado nuestro merecido descanso, llegamos a la conclusión de que esas vacaciones obligadas habían sido algo de lo mejor que nos había pasado.
Como todos quedaron enamorados de Acapulco, al mes siguiente regresamos con la familia en pleno y ahora sí a gozar de la playa y de la vida en el paraíso terrenal.
Desgraciadamente, en la actualidad no podríamos volver a hacer un viaje así en Guerrero porque no saldríamos vivos.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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