“Estábamos juntos. Olvidé el resto.”
Walt Whitman

Caminaba con pasos firmes, tratando de ocultar lo extraña que se sentía, lo extranjera que le era a ese país… sus pasos crujían sobre la acera mojada por la lluvia del día anterior que ya desaparecía bajo el infame calor de aquella tarde de verano. No tenía más certezas. Había estado esperando toda la semana, había buscado entre las personas unos ojos que miraran los suyos o que al menos notaran su fina desesperación por encontrarlo. Pero nada. El tiempo avanzaba con lentitud y ella todavía estaba sola.
La mañana le había servido para contener la derrota y beber una taza de su té preferido, decidir que el día sería suyo, escribirse a sí misma una historia que pudiera contar a su regreso, una de esas historias que la gente a su alrededor le pediría decir un millón de veces y que sin duda diría, con cierta culpa por no hacerlo con toda la verdad.
Seguía manteniendo la firme creencia, sin embargo, de que la gente llegaría a la hora adecuada y que lo que vivía entonces, generaba un movimiento perpetuo y cadencioso dentro de ella, un movimiento sutil y dulce al que acudía puntualmente para saber su lugar en el mundo… un movimiento semejante al de los peces en el mar, la espera en la estación de trenes, el primer baile con alguien amado o los latidos del corazón al correr. Mientras caminaba, algo ardía en su interior… sabía que en otra parte del mundo alguien caminaba también, el viento movía una hoja, alguien nacía y alguien moría. Y también ese preciso instante en que se daba por vencida era un nuevo inicio, un nuevo descubrimiento que podría encontrar al dar la vuelta a la esquina.
Sus pensamientos se detuvieron cuando estaba a punto de llegar a la entrada… ¿Traería suficiente efectivo para pagar el boleto? Abrió la pequeña bolsa que la acompañaba, dejando caer las monedas que por breves instantes, adornaron el piso en una melodía estruendosa de alegría y campaneos. Tardó en recuperar todas, se desesperó un poco por no entender del todo su denominación y como utilizarlas, se levantó del piso comenzando a sentir un enojo que provenía de sentirse inútil o incapaz de hacerlo sola en un país que no hablaba su idioma, en un país que la obligaba a hablar su lengua, a pensar en su lengua y que estaba muy lejos de mirarla, de siquiera acercarse a contemplar su piel apiñonada, sus labios marcados, sus pecas, su cabello chocolate, sus ojos morenos. Un país que la condenaba irremediablemente por verse como se veía, por tener un acento que molestaba al aire de esos rumbos.
Se apresuró a guardar las últimas monedas, pues ya la fila detrás de ella empezaba a alargarse. Un par de mujeres altas le pasaron casi por encima, sin fijarse ni prestarle ayuda, lo que volvió a despertar el enojo temporalmente, pues fue distraída por sus pensamientos anteriores y su preocupación por contar el dinero para tomar la decisión de seguir en la fila o abandonarla. Avanzó y pronto llegó a las puertas, un par que podían abrirse al mismo tiempo. Un muchacho flacucho y un tanto desaliñado, les abría la puerta de lado derecho a las chicas altas que minutos antes la habían atropellado con sus tacones y su presunción. Ella decidió apresurarse y abrir la puerta del lado izquierdo, incluso cuando el muchacho mantenía abierta la de su lado, como esperando a que ella pasara. “No, ni creas” pensó en su orgullo. “No voy a darte el gusto de ser caballeroso en tu país de mierda”. Sí. Realmente se sentía herida e insegura, pues a pesar de llevar casi dos meses viviendo ahí, todas las experiencias que había tenido al relacionarse con otras personas, habían sido de rechazo.
Pasó como un relámpago y ni siquiera se fijó en si le cerraba la puerta en la nariz a quien venía detrás, no iba a ser condescendiente y amable con una cultura que no lo había sido con ella.
No transcurrió mucho tiempo para que se arrepintiera de su acción, casi escuchaba la voz de su madre diciéndole que no había sido educada de ese modo. Su madre… ¿qué estaría haciendo ahora? Era probable que estuviera haciendo reír a alguien con sus ocurrencias o dándole lo último de su sueldo a la indígena del mercado Revolución que le pedía cada domingo para darle de comer a sus niños. Su madre siempre había tenido un espíritu generoso y un corazón hecho pedazos que iba repartiendo a diestra y siniestra, ya fuera con alguno de sus hermanos en tiempos de crisis o con alguna persona en situación de calle. Su madre hablaba mucho y hacía muchos amigos. Era muy querida por su alegría interior y su belleza. Así que se prometió a sí misma que, a pesar de recibir malos tratos y desplantes, ella seguiría el ejemplo de su madre y no olvidaría su humildad.
Su turno llegó. Vio en una enorme pizarra detrás del encargado lo que costaba la entrada. 10 dólares, más el IVA, claro. Sintió desconfianza y se avergonzó de pagar únicamente con monedas, así que subió la mirada para indicarle que se retiraría, después de todo, tenía suficiente para pagar la entrada pero no para pagar los impuestos y se entristeció un poco, porque realmente tenía muchas ganas de ver esa exposición y era el último día que la exhibirían. Inhaló profundamente, y cuando estaba a punto de decirle que no, que siempre no, dio un paso hacia atrás y sintió una mano en su brazo. Volteó bastante sorprendida, pues no conocía a nadie aun y la gente, le quedaba claro, en esos dos meses, había sido poco amigable. A un lado de ella, el muchacho flacucho y desaliñado le dirigía ya unas palabras en inglés que al principio no entendió del todo, y no porque no supiera el idioma, sino porque estaba tardando demasiado en recuperarse del asombro. El chico la hizo a un lado tiernamente, le comentó al encargado que tenía un pase doble y que ella venía con él. Después entregó el pase y un boleto de estacionamiento que le selló, haciéndoles la seña de que podían seguir avanzando. El muchacho le sonreía y permanecía en silencio, esperando a que ella regresara de sí misma.
Caminaron dos, tres pasos. Se detuvieron y al notar su timidez, él le hizo una reverencia y le dio la espalda para alejarse de ahí, lo que provocó que ella sólo alcanzara a murmurar su agradecimiento entre dientes, temiendo que él no la hubiese escuchado. De inmediato se sintió muy tonta, no quería quedar como una malagradecida y la imagen de su madre volvió a cruzar su cabeza, atolondrando su corazón. Lo buscó con la mirada por la primera sala del recorrido. Lo encontró en la zona de grabados en madera, había sacado una libretita y con un lápiz hacía anotaciones de una de las piezas. Lo pensó mucho y cuando, finalmente se decidió a ir hacia él, una de las chicas altas llegó a su lado. Ella decidió buscar refugio detrás de una escultura del neoclásico y ver todo desde lejos. Se reían y parloteaban, ella le tomaba del brazo y coqueteaba, hasta que finalmente, se despidieron. Un suspiro se escapó de su pecho. Era posible, sí. Unos minutos habían bastado para poder ver en aquel muchacho una bondad llena de dulzura y misterio. Le siguió observando. Traía revuelto el cabello color cobrizo, la barba indicaba que había estado creciendo por lo menos un par de semanas, era muy blanco y de sus ojos destellaban tonalidades de verde y azul apenas nítidos. Llevaba puesta una playera azul con la figura de un caballo y unas letras que no distinguía. Sintió de pronto que necesitaba más tiempo con él, pero que no lo intentaría, pues dentro de ella se despertó una desilusión inexplicable, como si fuese él a quien había estado esperando encontrar, sin éxito.

Le dirigió una última mirada de despedida y resignada, caminó por un pasillo oscuro que la llevó a la exhibición de pintura de la China del siglo XVIII. Frente a ella apareció un dibujo hermoso, de un pez Koi, en tonos naranjas y rojos, dentro de un fondo azul transparente. Debajo estaba escrito un fragmento de un poema de Bei Dao: “Los amantes sostienen el abismo en sus bocas…” le gustó tanto, que ella misma sacó su diario y empezó a copiarlo. Estaba tan inmersa en la belleza de ese instante que no notó cuando el muchacho se le acercaba por detrás.
Se detuvo a escasos centímetros de donde estaba ella, detenida por el tiempo, suspendida como por el aire. Había estado observándola desde que la descubrió mirando al suelo detrás de una escultura masculina neoclásica y le causó gracia como ella ni siquiera notó que la escultura estaba desnuda. Siguió observándola hasta que desapareció en las penumbras de ese pasillo y sin pensarlo dos veces, decidió seguirla. Dentro de él nació la necesidad de hacerlo para siempre. Desde esa distancia pudo oler su cabello perfumado y tuvo que resistirse a acariciarlo. Ella seguía inmersa en ese cuadro cuando de pronto sintió una leve respiración por encima de su hombro. Con el temor de ser descubierto, casi en un murmullo, le preguntó si había encontrado algo interesante.
Ella respondió, sin girarse, que estaba fascinada con la forma del pez y con la relación metafórica del poema. Él no dijo nada, solamente se quedó a su lado, contemplando el dibujo. No quería interrumpir un momento tan íntimo, profanar ese pequeño espacio de exclusiva comunión con el arte que ella había creado. Por fin, ella lo miró y recargando su cansancio en una silla del lugar, le dijo que era como si el artista no hubiera podido resistir el encanto de la belleza, esa clase de belleza que no puede poseerse y hubiera estado casi obligado a plasmarla, a dejarla en la historia, para que otros pudiesen tener el instante de admirarla, que se sentía afortunada de poder tener ese momento y le agradeció, esta vez dirigiéndose al mar de sus ojos, la oportunidad que acababa de obsequiarle. Él sacó su libreta y empezó a hacer el bosquejo de un dibujo, cuidadosamente. Al finalizar, arrancó la hoja, la dobló con cuidado y la puso entre sus manos, haciéndole prometer que no la vería sino hasta que estuviera de regreso ahí, de donde fuera que se hubiese marchado.
Agradeció el gesto con un abrazo, del cual emprendió retirada casi al instante, pues había recordado que en ese país invadir el espacio personal era casi un delito, así que retrocedió un tanto avergonzada, pero a él no pareció importarle. En un altavoz sonó una voz ronca que indicaba que el museo cerraría en cinco minutos. Salieron tomados de la mano, sin notarlo, la familiaridad entre los dos había florecido naturalmente. Se despidieron sin ningún intercambio de números ni direcciones, sin ninguna promesa de volver a verse, únicamente con la certeza en el corazón por haberse encontrado.
Los meses pasaron y diciembre la llevó de regreso a su hogar. El encuentro fortuito en el museo con el muchacho flachucho y desaliñado había quedado documentad en alguna página de su diario, en soledad. La mañana de Nochebuena, revolvía su habitación buscando un labial cuando de pronto recordó su bolsa de mano, la de aquella vez, y la vació en la cama.
Como si fuese un deseo a una estrella fugaz, el papelito arrugado apareció ante sus ojos morenos… las manos le temblaron y su corazón se aceleró. Sabía perfectamente de qué se trataba, los recuerdos la habían golpeado de súbito. Desdobló el papel lentamente, como queriendo alargar la emoción del momento. En él aparecía un boceto de ella, hecho torpemente con un bolígrafo. Su tristeza perfilada en su boca, sus ojos llenos de nostalgia, su poesía a cielo abierto.
Más abajo, el artista había dejado por escrito el encuentro en una sola línea:
“A veces, la alegría o la inocencia pura, nos hacen tomar ciertos riesgos…”
Y entre paréntesis, una dirección, una fecha y una hora para el próximo encuentro.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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