Un beso puede ser la clave para descifrar el universo o puede no significar nada y resultar menos estimulante que una clase de redacción con el profesor que te hace copiar textos interminables y memorizar reglas como si del catecismo se tratara. Los tuyos fueron lo primero y lo segundo.

Un martes por la tarde con tu vestido rosa pastel de olanes, tus cabellos azules y las sombras blancas en tus ojos de caricatura de manga japonesa, dibujados bajo las precisas instrucciones de un tutorial de YouTube, me miraste con desprecio desde lo alto de tus plataformas negras. -Pinche reggetonero, deja pasar-, me dijiste, pero a mí lo que me latía era el rock y por eso levanté el brazo y lo incliné hacia atrás de mi cabeza para responderte, sin palabras, porque eras mujer y porque no tenía nada malo que decir de tu aspecto de muñequita de porcelana que tanto me gustó, porque nunca había visto a nadie igual. Tú te alejaste airada. -Para eso me gustabas, pinche naco.

Una semana después ya sabía yo que ni eras única ni eras original, sino que pertenecías a una especie de entes denominados “Lolitas”, de reciente aparición y carísimo mantenimiento, será por eso que el día que nos volvimos a encontrar llevabas el mismo vestido (después supe que tan sólo tenías tres, después, cuando te los quité una y otra vez hasta el cansancio).

Coincidimos tres o cuatro veces más y me seguiste odiando hasta que nos topamos en el pasillo de la escuela mientras cantábamos la misma canción. Me miraste ahora con curiosidad y por primera vez me dirigiste la palabra para iniciar una conversación que se volvió una cita, dos, tres, hasta que terminamos fundidos en un beso debajo de un árbol, mientras una tormenta caía y todos corrían a resguardarse, un beso totalmente irresponsable, porque pudimos haber muerto electrocutados por un rayo como los dos vaguitos del año anterior.

Ojalá hubiera quedado todo en el beso más imprudente y explosivo que había dado jamás, ojalá hubieses seguido siendo perfecta, feliz, apasionada, juguetona e inmadura. Pero no, tuviste que contagiarte de normalidad y empezar a pedir realidades concretas en vez de construir sueños; tuviste que dejar de pedir y comenzar a exigir, como si la muñeca de porcelana de pronto estuviera poseída.

Todo se fue al demonio, perdiste el encanto y un día los besos perdieron el sabor, la emoción, porque sabía que inmediatamente después vendría la lista interminable de preguntas y sólo podía pensar en que esos besos estaban costando demasiado caros y que, si el precio me parecía mucho, era porque no valía la pena; entonces me di cuenta de que ya no disfrutaba ni siquiera un poco esos momentos, era como leer un libro sólo para pasar un examen. Entonces dije adiós una tarde en la estación del metro Balderas, para tener un soundtrack de nuestro adiós, te dije que lo sentía, y tú me diste una patada muy certera en los huevos que me dejó doblado sobre la acera, porque tus plataformas eran de madera y tus piernas se habían hecho muy fuertes de tanto caminar con ellas, y me quedé ahí, adolorido, pero aliviado al mismo tiempo de recuperarme a mí mismo y de pensar que ese precio había valido la pena: el dolor de mis testículos amados en vez de un beso que no me hacía sentir ya nada más que aprehensión.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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