(Antes de leerse, favor de pasearse por “Cartas desde un jardín olvidado: La Última Carta”)

Parece ser que proclamé victoria demasiado pronto… una victoria que (me queda claro) no ha sido mía… mis demonios son más fuertes de lo que yo pensaba, no me sueltan. No me dejan. Me quieren completa. El filo penetra mejor mi piel y aunque cada vez es más difícil encontrar los medios para hacerlo, estos demonios son bien listos y siempre terminan consiguiendo algo. Al final, cualquier cosa puede convertirse en un arma y eso la gente de acá lo sabe muy bien, porque hoy me han arrastrado hasta la enfermería y mientras estaba ahí, han volteado de cabeza mi habitación tratando de quitar absolutamente todo con lo que pueda dañarme.

Apenas hace treinta minutos que dejé de sangrar, me han soltado y he venido corriendo a refugiarme en la biblioteca sucia de este sitio, en el rincón más sagrado que tengo después del jardín, con este diario que me han permitido tener como terapia. Pero yo hago trampa, porque en realidad tengo dos diarios, uno que me obligan a mostrar a mi doctor y otro que escondo como mi más valioso tesoro entre un par de novelas viejas de las hermanas Brönte o Jane Austen. Así es, los estantes de hasta el fondo están llenos de novelas románticas victorianas. La gente de acá piensa que leerlas no nos puede volver más locos de lo que ya estamos… parece que no las leyeron jamás.

Aquí también estoy fuera de la vista de Ana, al menos por un rato. Sé que Ana no es uno de mis demonios, pero a veces se le parece tanto y es demasiado, demasiado cruel.

Cuando más fuerte parezco estar, me sorprenden con golpes bajos que me dejan sin aliento. Mis ojeras ya son más evidentes y aunque sigo sin comer demasiado, tengo todavía vestigios de la mujer regordeta que fui. Me siento a ciertas horas de la tarde en el filo de la ventana de mi diminuto cuarto. A veces la abro para dejar entrar el aire de la tarde, pero la vista da al jardín y me duele todavía demasiado enfrentarme a sus mirlos y sus jacarandas, sobretodo porque la banca sigue vacía. Vacía ahora, a decir verdad, de ambos lados. Así es, desde hace meses que no me paro por ese jardín.

Deambulo como un fantasma solitario por los pasillos de este edificio, tratando de no ser notada, siendo apenas una partícula de polvo que se deja llevar, como una barca que va meciéndose suavemente, abandonada a mitad del océano.

Hasta ayer, seguía tomando puntualmente los medicamentos, después caí en cuenta de que tal vez si dejaba de tomarlos, él regresaría. Así que no dudé un instante cuando me dieron el vasito con las tres pastillas: dos azules, una rosa… la conserve en los recovecos de mi boca hasta que fuese seguro escupirlas y esperé y esperé… pero él nunca llegó.

Por eso no he vuelto por el jardín, porque ese es el espacio al que acudía a encontrar redención, a pedir misericordia por la realidad que eché a perder más allá de estas rejas. Ya no me interesa si tomo los medicamentos. Lo hago, en automático, como el fantasma en el que me estoy convirtiendo.

La luna sale momentáneamente y asomo un poco por los grandes ventanales del lado este y miro un pequeño tornadito formándose cerca del columpio roto…

Pienso que… pero no, no puede ser… ¿los medicamentos hoy están surtiendo el efecto contrario? No, es mejor que mantenga la vista pegada en estas hojas y siga escribiendo y…

Salgo corriendo sin detenerme, mis pies de brújula saben hacia dónde dirigirse. Miro hacia ambos lados vigilando que nadie observe, antes de empujar la puerta pesada de madera y bajar las escaleras de piedra… un escalofrío desnuda mi columna…

“Te extrañé loca. ¿No vas a darme el mejor de tus abrazos?”

Y mis ojos se llenan de lágrimas porque al final, muy en el fondo, mi mente sabe que él es solamente esto que ahora escribo…

Y mientras lloro, él vuelve a abrazarme en silencio, porque los dos sabemos que estoy curándome…

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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