“Es difícil saber en qué momento exacto comienza el amor; menos difícil es saber que ha comenzado.”

Henry Longfellow Wadsworth

 

Con esto de los cambios de estación, de horarios,  pasar las mañanas entre Shakespeare, los bloques económicos, las grandes migraciones y la anorexia, mis alumnos, los pendientes… todo esto me ha dejado más invisible que un fantasma y más ausente que el frío en plena primavera.

Desde ése tiempo de inventarse historias a éste, he pasado por infinidad de situaciones extrañas y dolorosas, encuentros inesperados, risas y enfermedades que han requerido algunas inyecciones sin previo aviso. En fin, que a veces me canso de ser y como dice Páez “me voy de vez en cuando a algún lugar” porque me hace falta, porque el aire que respiro no es suficiente o simplemente porque soy una cobarde de las más grandes, y regresar a este espacio implica enfrentarme a mí misma, implica enfrentar demonios que me muestran quien soy, algo que a veces me gusta nadita, pero que siempre acabo mostrando porque en el fondo sé perfectamente bien que no quiero olvidarme como soy… no quiero olvidar lo que miro en el espejo, lo que mis dedos hacen, lo que mi espíritu grita.

Amo las palabras. Quizás por eso algún día escriba un libro. Se me ha metido en la cabeza la literatura infantil. Mucho, a decir verdad, los últimos cuatro años… pero no creo ser lo suficientemente buena con estructurar letras para niños… ¡Cielos!  ¿Qué culpa tendrían los pobres de mis desencantos? es eso, más bien creo que soy nada buena en literatura ni para los pobrecitos niños ni para los adultos arrebolados. Pienso constantemente, por ejemplo como en esta noche de luna nueva, que escribo por el simple afán de demostrar que puedo hacerlo y no por pasión o desenfreno, como supuestamente debería uno escribir, si a esto quisiera dedicarse… ¡Carajo! y luego viene el maldito amor a recordármelo… como siempre, el muy cínico viene y hace su numerito, yo me quedo atontada y ahí voy de nuevo a escribir tonterías… ¡Qué trampa más grande! saber mis reacciones secundarias completas.

En estos meses, me llegó el descarado repentinamente, como indica la ley universal que debe llegar el amor y me hizo creer que ningún fracaso amoroso es tan grande como para morirme en él… finalmente estoy sucumbiendo de nuevo a las absurdas ideas de mi adolescencia. De pronto ahí anda revoloteando sobre mi cabeza y mi hombro, susurrándome quedito que no voy a librarme fácilmente de él… “Con que a esas vamos, ¿eh? bueno, entonces escribámosle” me dije, mi mejor arma es combatirlo con la peor de mis debilidades.

¿El será el que espero? ¿El amor único del que me habló la gitana aquella vez en que me leyó el destino en las estrellas? Él, que de pronto me invita a entrar en el mundo que busco constantemente en las grietas y entre las líneas de las manos, al que aún no pertenezco, pero que me gustaría tener… me ha enseñado con su ausencia y su voz diaria, que el único límite existente es el cuerpo… a veces el cuerpo nos estorba.

A mí a veces me estorba el alma… ahora mismo lucho con ella para no dejar salir, batallo contra el amor como si fuera el enemigo más ruin y perverso… pero mi debilidad, en lugar de arma, termina siendo mi derrota, y entonces viene la calma, una calma incesante y peligrosa que me hace perder el control y desear quererle… desear compartirle demasiadas cosas… en ocasiones son tantas que no sabría por dónde empezar. Me reencontré con él hace casi cuatro meses y no lo he vuelto a ver. Solamente tengo su voz y sus mensajes, la incertidumbre, lo que me conmueve.

Lo echo tanto de menos…

Así que pensé que sería buena idea enviarle flores, pero se marchitarían. Después opté por chocolates o golosinas, pero al final, la caja quedaría vacía. Un poema, una carta serían buena opción, pero con el tiempo podrían perderse, romperse o quemarse, según las circunstancias.

Pensé también en hacerle pan de cardamomo, pasta de cuatro quesos, setas de jamón serrano… pero tal vez no querría cenar conmigo. Pararme frente a su ventana y cantarle una canción sonaba atrevido, pero soy todo, menos valiente.

Por eso, le mando en besos mi boca, en caricias mis manos y en la luna, mi insomnio. Nada de eso tiene fecha de caducidad, no podrías despojarse de ninguno, aunque quisiera.

Desgraciadamente se me ha olvidado un poco sentir… si hay lluvia o sol me da lo mismo, si voy o me quedo, no importa. Nada es suficientemente bueno para llenar los huequitos. Cuando creo que estoy mejor, que estoy bien, que puedo volver a sonreír, algo pasa: una cosa, una persona, un comentario y todo se viene abajo de nuevo, las aguas crecen y me tumban…

Esa noche aquello pasó, en esos momentos solo un nombre y un número se me vinieron a la cabeza, y por ello sin pensar marqué, pero colgué pronto… mientras esperaba a que el agua de la tetera se calentara, mis impulsos no resistieron la escasa coherencia que puedo tener a las 12 de la madrugada, así que marqué de nuevo… no esperaba que respondiera, era solo tener la esperanza en medio de ese tugurio infinito. Que sorpresa escuchar su voz y al otro día, que irreal verle parado en esa puerta de madera carcomida… que abrazo tan necesario después de la tormenta, que esfuerzo el hacerse presente, venir con el viento y parecer descender del cielo… un brevísimo instante y después el silencio de una calle…

El mismo silencio que, perdonen, me hace irme de vez en cuando a algún lugar.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

1 comment
  1. Carmen León Ramírez says:

    Ele, qué te puedo decir! Me conmueve mucho la forma tuya de expresarte. ¡Felicidades!

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