En el principio, la primera palabra, el primer puñado de sueños, un suspiro, el silencio,  el primer desamor, la primera vez sola en la ciudad, el primer vestigio de mi pasión desquebrajada con el tiempo… tres lunas a mi lado y en el cielo:

“La Blanca, la Negra, la Roja… La Luna.” 

-Efraín Bartolomé-

Ella está ahí, sentada en el rincón de un café, a punto de beber una taza de su té favorito. El vapor indica que aún no está lo suficientemente tibio como para poder tomarse… el aroma de frutas silvestres le produce una sensación extraña, pero a ella no parece importarle. Se encuentra perdida en sus recuerdos, tiene la mirada fija en la nada o en el todo.

Cierra nuevamente los ojos mientras sigue esperando por él. Una lluvia triste comienza a golpear suavemente las ventanas, mientras el pianista toca una vieja canción de blues que hace que se pierda más en su pasado.

Va cayendo con suavidad la tarde y en el firmamento una luna pasa desapercibida, recobrando poco a poco su brillo… ella sigue sin entender por qué no puede olvidarse de aquél  tiempo en el  que  sus ojos llegaron a ser  un inmenso alivio.

Hace algunos años que lleva libros para leer mientras lo espera. Cuando los lee le imagina llegando, con los pasos cansados hasta ésa mesa, donde se detiene un instante para leer sobre su hombro.

Entonces toma el primer sorbo de té. De pronto, su mano izquierda juega al destino y escribe… quizá la historia que tantas veces ha evitado recordar y que sueña, sin embargo, cada noche, que la ha mantenido en los límites de su querido jardín desde que escuchó su voz de sol, la misma que le hablaba de nombres, letargos y siglos enteros de poesía, que ha colgado de uno de los rincones de su cuarto, como siempre, para no olvidar, aunque no sea necesario.

No sabe en qué momento se volvió tan indispensable en su vida, ni como le permitió estar dentro de su mundo. Poco a poco y en secreto comenzó a amarlo, a descubrir que sus manos estaban hechas de hojas de maple y que sus palabras iban llenando el vacío de aquel viejo baúl que su abuelo le había dado cuando cumplió 16 años.

 

Ahora, con sus casi 34 encima, está en el café de siempre, sola, recordando cómo fue que llegó ahí, como pudo sobrevivir la pérdida, el hastío, el quebranto… como es posible que su corazón siga el ritmo, si ha estado roto en mil pedazos de una espera absurda que nadie ha notado.

Un dolor la estremece hasta que, por un momento, deja de vivir y sus fuerzas le abandonan…  quiere romper con los instantes de tinta y memoria invencible, después de todo, él no llega nunca.

El segundo sorbo de té…ahora todo le parece más confuso que antes.

Un sabor salado llega a sus labios y no se detiene hasta caer en el papel. Siente desvanecerse y fundirse con las tenues notas del piano al que cada vez escucha más lejano.

Se sorprende al sentir una mano firme posarse sobre la suya. Alcanza a distinguir borrosamente una sombra que acaricia con ternura su cabello al mismo tiempo que ocupa un lugar a su lado.  Unos dedos fríos rozan su hombro izquierdo y sus párpados húmedos encuentran donde refugiarse.

Escucha susurrar en su oído palabras ancestrales que la consuelan, al mismo tiempo que sus sueños se le escapan y cabalgan sobre hilos de luz  que acarician con dulzura sus mejillas, que rozan sus labios, que besan sus pestañas.

Sus ojos se abren y el té esta caliente…

Las notas del piano inundan el lugar…

La soledad ha terminado.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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