A mi amigo Dieter, por devolverme la inocencia y el encanto, hace tantos años.

En una pequeña ciudad de los alrededores de Dublín, Irlanda; vivía Erin, una joven de 16 años. A ella le gustaba mucho la fantasía, la imaginación y todo el tiempo se la pasaba soñando, pero lo que más le gustaba era la noche, pues pensaba que tenía dones especiales, algo llamado magia, y  creía firmemente que todos los sueños se cumplirían al caer la tarde con el sol.

Así que cada noche cada vez que podía, se dedicaba solo a contemplar la Luna y las Estrellas, y pensar sobre las cosas que le habían sucedido durante el día. Una tarde fría de invierno conoció a Sebastián, un joven poeta español igual de soñador que ella, aunque a sus 20 años, mostraba una fascinación contraria a la suya… le atraía el día, la luz,  a pesar de considerar el crepúsculo como un momento ideal para su inspiración.   Desde el primer momento en que se vieron en aquélla pequeña librería de la Calle Meath, se enamoraron uno del otro.

Jugaban a encontrarse, y esos encuentros eran cada vez más frecuentes, a veces ella lo encontraba platicando con algún vagabundo sobre el Puente Saint Flynn, otras tantas veces, él la encontraba fotografiando sueños  afuera del café O´Rourke. Jamás se soltaban de la mano al entrar a aquel parque en el que pasarían la tarde montando a caballo y observando al sol dormir para dar paso a la silenciosa luna alumbrando la danza de las estrellas.  Una noche se encontraban los dos observando el cielo casi nocturno cuando Erin comentó que si formulabas un deseo a la pálida luz de la Luna y debajo de la Primera Estrella del firmamento, se cumpliría para siempre. Sebastián tomó sus manos y murmuró con el fuerte viento –Conjuro en ésta noche a la luna, pido que los 4 elementos del Universo estén presentes, que la magia venga hacia nosotros y que la estrella nos escuche… conjuro a las fuerzas naturales para estar con Erin  hasta siempre… hasta que mi voz de poeta se funda con el día y la noche y mis palabras se conviertan en cenizas, no tengo más nada que ofrecer- y entonces ella pudo ver en sus ojos azules la inmensidad de su deseo y sintió que no era posible amarlo más de lo que ya lo amaba.

Pasaron los días, los meses, las estaciones y todas las tardes seguían la misma tradición, maravillarse uno al otro, vivir el mundo con una intensidad mayor a sus expectativas… pero la magia nunca dura lo que los deseos y un día no muy especial,  los celos, los atavismos, el odio, las culpas,  lograron hacer su parte, distanciándolos y pisoteando los dulces sueños extendidos sobre la firmeza de su amor.  Hablaron verdades dolorosas, astillando cada parte de sus espíritus, devorando sus almas…

Él tomó  el camino hacia el parque mientras Erin lo miraba alejarse… sus lágrimas tenían un significado nuevo. Sebastián empezó a dolerle, pero su orgullo era demasiado para correr detrás suyo… la única imagen que le quedaba era él, desapareciendo entre las primeras sombras de la noche.

El parque estaba casi vacío,  tomó de las riendas a aquél caballo cobrizo y se lanzó entre los árboles descargando sus miedos, su tristeza y su enojo en contra de ellos… recorrió gran parte del bosque, hasta que la oscuridad los envolvió por completo… el vacío que se extendía delante de él le dio la bienvenida… después, solo había silencio.

Erin mira por la ventana la lluvia que golpea fuertemente los cristales. Está sola y sus sollozos parecen estremecer  a la ciudad entera.  No puede quitar de sus recuerdos la mirada azul de Sebastián, sus manos de arte, sus palabras hechas de azúcar y cuerdas estelares. Todo va muriendo con él, el canto de las aves, la sonrisa de los tulipanes, las formas fantásticas de las nubes… y ella también muere dentro de su culpa.  El sombrío velo de la locura cubre sus ojos castaños al mirar su reflejo. Ya no es la misma. Ya no. Desde hoy, ni la luna ni las estrellas podrían regresarla a su forma de origen. No más sueños ni magia ni tonterías.

No más nada, hay que seguir moviéndose, hay que continuar… pero, ¿cómo continuar sin él? Entonces la lluvia de esa tarde gris y sus lágrimas se entremezclan hasta volverse una.

Sebastián despierta. Los primeros parpadeos le indican que hay demasiada luz para que sus ojos la soporten. Finalmente logra abrirlos y descubrir que ha encontrado un lugar extraño que no recordaba, que ni siquiera conocía, con demasiada claridad y un hálito de paz.  Da unos cuantos pasos y frente a él aparece una mujer  ataviada de blanco con un mechón de plumas grises adornando su cabello plateado y llevando una lechuza en el hombro derecho. Sebastián siente un poco de miedo pero piensa que ésa mujer es su única seguridad en ése sitio tan extraño.

Habló con ella durante mucho tiempo, y supo que había llegado a un lugar intermedio entre el Cielo y la Tierra habitado por sidhes, espíritus creados con la magia de los elementos del Universo para vigilar cada uno de sus suspiros y crear sus sueños de instantes. Entendió entonces que había muerto y el recuerdo de Erin llegó de súbito a su memoria, lo que provocó que lanzara una maldición inmediata sobre todo, sobre el día y la luna, sobre la primer estrella en el firmamento, sobre el conjuro de ésa noche, sobre su hasta siempre, su fe y la soledad que lo controlaba.

Su sidhe se acercó a consolarlo y él cayó rendido, envuelto en un llanto que le resultaba tan real como cuando escribía allá abajo en  las plazas de  Barcelona. Si podía sentir eso, quería decir que su vida no había terminado del todo. La mujer se levantó y extendió una de sus manos hacia el joven poeta. Un trozo de luna era suficiente para advertirle que depositaba entre sus manos de arte, la vida de Erin. La luz volvió a cegarlo y la oscuridad lo envolvió de nuevo.

Aquél viernes era lento. Erin salió de clases un poco cansada, pero sobretodo triste. Extrañaba tanto a Sebastián y aun no dejaba de culparse. Se sentó bajo su viejo amigo el roble y entonces el viento sopló con fuerza estremeciéndola. Frente a ella la naturaleza mostraba un maravilloso atardecer de verano. Una hoja se desprendió hasta rozar su nariz y sintió su presencia.  Sebastián había llegado hasta su lado ahora como parte de la magia en la que tanto habían creído, como parte del mundo que podía ver en sus labios.  El tenía los instantes de Erin en un trozo de luna y se aferraría a ellos como un sidhe se aferra al destino de aquel a quien vigila.

Una vez más, los grillos anunciaron la llegada de la noche.  Erin se había sentido extraña toda la tarde, otros días habían sido difíciles para ella desde la pérdida de Sebastián, pero ahora más que nunca la nostalgia no la dejaba tranquila. Abrió el balcón de su cuarto, se sentó a observar las copas de los árboles repletas de aves y en unos instantes, se quedó dormida. El observaba sus sueños en algún lugar, muy cerca de su frente… solo en las noches en que la luna se lo permitía.

El tiempo volvió a pasar  sobre la vida de Erin y la ausencia presente de Sebastián. Abril llegó un poco tarde,  ella volvió a sonreír poco a poco con la ayuda de los mirlos que la visitaban y de las semillas que el viento traía desde lejanos horizontes.  La luna nueva iba formándose en el cielo lleno de estrellas, dejando ver entrelíneas  que el tiempo que le había sido concedido por los sidhes a Sebastián, estaba agotándose.

Una tarde de sol, Erin se dirigió al café de siempre, llevando bajo el brazo siglos enteros llenos de poesía,  algunas cartas del amor epistolar que mantenía en secreto con Sebastián y varios instantes pintados por los mejores impresionistas.  Al llegar a los  arcos del Green Valley River, se distrajo con una pequeña mariposa que parecía haber descubierto su diminuta silueta en las aguas del río. Su destino había estado escrito desde el inicio de su existencia, pero ella ni siquiera lo sospechaba, ya que no creía en él.  Siguió sus propios pasos guiada por  un instinto equivocado.

El golpe fue inmediato y con demasiada fuerza.  Lo que antes guardaba con tanto recelo debajo de su brazo ahora se encontraba esparcido por la calle, entre los pálidos rostros de las personas que se acercaron a observarla.

Sebastián la esperaba, sosteniendo el trozo de luna entre sus dedos fríos.  Erin se dirigió hacia él y las lágrimas que habían cobrado un sentido nuevo aquella tarde en que lo había visto partir, volvían a recorrer las líneas de sus pestañas.  Entonces la noche convirtió las palabras de Sebastián en cenizas, entregándole a ella  la vida como la promesa donde cabían todos los todavías.

Los meses caen sobre Irlanda. Es casi la hora de la siesta  y  Erin está sentada al borde del río. Trae en su sonrisa, la mirada azul de Sebastián, sus manos de arte, sus palabras de  azúcar y cuerdas estelares. Una luna menguante ilumina el destino que está por venir.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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