“Existe desde tiempo inmemorial un clan sin nombre y sin organización cuyos miembros se refieren a sí mismos simplemente como “Nosotros” y no tienen ningún origen ni historia conocida. Sus miembros, de todas las razas, religiones y ocupaciones, están limitados tradicionalmente al número sagrado de 4000, una cifra que al parecer no se alterará con el aumento o la disminución de la población mundial.”

-Robert Graves-

La sala es grande. Él aún no sale por esa puerta… yo he estado comiendo un pan con nata mientras viene. El té esta ya medio frío porque Monterroso me ha hecho una excelente compañía mientras espero… pero también me traigo conmigo la angustia de tener que explicarle por tercera vez su inclusión dentro de mis cuatro mil. Es casi imposible para él, ilógico hasta cierto punto tratar de entenderlo, vive en un mundo en donde, si las cosas no suceden es porque jamás las has pensado. ¡En fin! que de pronto me canso de encontrar una manera de decírselo y acudo a la ironía de Monterroso que me suelta un par de carcajadas nada sutiles… las miradas de incomodidad encima de mí… y de pronto, él.

Me levanta del sillón de un movimiento y habla mucho… muchísimo diría yo. Me marea… me arrebata el último pedazo de pan y se lo lleva a la boca dejando moronitas en su labio inferior como evidencia de tan acometido crimen. Yo sonrío misteriosamente a propósito, pues sé que a él eso le produce una curiosidad infinita. Parece un niño, insiste en que le diga la razón por la que sonrío de esa manera.

Las palabras viajan de mi mente a mi boca y justo en el momento le veo inmóvil, la respiración lenta, las moronitas en su labio inferior… -¿Qué sucede?- al mismo tiempo que me manda callar y mirar su hombro izquierdo… una catarina… y él la mira, quieto, como si ese segundo ella representara todo el universo.

Y es en ese preciso momento que lo detengo en el tiempo para admirarlo un poco más de cerca… Sus manos imperfectas, la derecha con la que acaricia cuando se enamora, la izquierda que escribe poemas exquisitos que no son míos jamás, una boca llena de sabiduría (y uno que otro beso), sus ojos que inmortalizan paisajes, ríos de sangre, pies de brújula, partículas de luz en las pupilas…
Es este hombre al que amo y que me va a dejar sola antes de tiempo, este hombre que ha perdido la totalidad de su cabello y a quien arrebatan su fuerza en cada quimioterapia, el que me hace temblar de emoción, de tristeza o de rabia… este hombre que me hace rendirme ante su imagen, que pierde cada minuto la vida pero no el alma… que me conoce tan bien que sabe cualquier cosa mía con tan solo caminar a mi lado tomando mi mano o viendo mis ojos mientras comparte conmigo el té de la tarde, este hombre con el que he bailado hasta el amanecer, que amo desde quien sabe cuánto y que ahora morirá irremediablemente sin saberlo.

La catarina emprende el vuelo, el tiempo sigue su marcha y él regresa a molestar con que le diga porque la misteriosa sonrisa de mi rostro…

Yo lo miro, recargando un brazo en ese hombro donde ha quedado plasmada la magia con la que ha de partir, le quito las moronitas del labio, le doy una beso en la mejilla y continuamos caminando hacia donde pueda suplicar un segundo más, un minuto más, un día…

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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