“Si no me encuentras al principio no te descorazones. Si no estoy en un lugar, me hallarás en otro. En alguna parte, te espero.”

-Walt Whitman-

 

Usted no necesita suerte…

La plenitud corporal es relativa, siempre se puede recibir un abrazo o un beso de alguien que espera o no.

Usted, que me lanzó a empujones hacia mis sueños, que conoció mis letras somnolientas de adolescente retraída y reveló mi pasión, que me ayudó a dar el paso que me hacía falta e hizo magia con nosotros y entre nosotros, no necesita artilugios para que la felicidad le dé en la cara o le llene el corazón de mirlos.

Seguramente no recuerda que usted nos enseñó que la soledad viene muy bien cuando se le requiere, una vez lejos, atrás en el tiempo, en un café que bebimos no tan a prisa mientras llovía y siendo para los demás algo muy distinto de lo que éramos entre nosotros.

Nosotros, los Cuatro Mil de Grave, los Nadies de Galeano, los insufribles de los que escribía Paz, los que como mórbidos adolescentes nos atrevimos a pensar en otras cosas que los adultos nunca nos aplaudieron, fuimos los únicos testigos de su diáfana labor día tras día, entre las cuatro paredes de un aula prevista de esperanzas y sueños.

Y en cambio usted, con su ráfaga de palabras, sus libros y sus encantos, llegó un día a hacernos la vida, a reconstruirnos las ganas, a darnos palmadas en la espalda y gritos altisonantes cuando en ocasiones no prestábamos atención a sus silencios.

Y entonces como si no estuviera buscando, me encontró, ahí, en mitad del patio escolar lleno de bullicio, con mi caos de niña y con mi invierno eterno, usted salió a mi paso y con sólo cuatro palabras me detuvo el tiempo y me lo obsequió (¿Recuerda?) resguardado entre las páginas de Rayuela, aquél otoño en que cumplí los diecisiete.

Desde entonces es la mitad de algunos de mis aciertos utópicos que agradezco… La primera palabra de un poema, el atardecer cayendo sobre los cerros azules, el frío de noviembre, la niebla de agosto, una nube favorita en el cielo que nos manda esta misma lluvia que al menos yo necesito tanto.

Déjese de cuentos y piense en cuántos ha movido nada más porque un día despertó queriendo escribir.

Por favor, salga de su abismo, camine las millas que faltan para empezar de nueva cuenta el vuelo, renazca de sus cenizas, le suplico, luche, hágale guerra a la muerte, escóndase de ella, escriba de nuevo maestro de sol, piedra ancestral, amate del pasado… viva, por Nosotros, por quienes le tenemos como ancla o faro, por quienes no nos hemos soltado de su mano.

Y cuando todo termine, venga de vuelta al patio escolar, al aula vacía, al escenario con olor a naftalina, regrese en el tiempo y busque entre la multitud, ahí le esperamos de brazos abiertos quienes hoy volvemos a tener el corazón joven repleto de sus enseñanzas.

Ahí estoy yo también, una niña, un ave, un diente de león, una canasta de mimbre, un amor imposible esperando por usted para acabar de escribir la historia, esta vez, sin hasta siempres.

No tarde demasiado maestro, después de todo, ya casi es primavera.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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