Desde que mi pie derecho tocó el concreto sentí que había regresado al hogar. A pesar de que no estoy siquiera cerca de la casa familiar, mi memoria ya capta los aromas de la inocencia. Días en que despertaba ansioso de cumplir con deberes que poco tenían que ver con un niño de nueve años pero que ejecutaba al pie de la letra por el puro gozo de contemplar el resultado final. Salía a las 9:30 cada mañana con una bolsa de mandado, una larga lista y un billete de cincuenta mil pesos. Aquel que traía al Águila que cae como figura principal durante los años noventa, cuando el dinero valía, decían los viejos.

En una plazuela, que apenas contaba con algunos locales, conseguía todo lo necesario. No eran ingredientes exóticos ni especiales. Verduras, algunas hierbas, carne, pollo, chicharrón, chiles secos, de los que pican los otros no sabían a nada; arroz, frijoles y otras semillas, pastas, queso, crema, vinagre una que otra vez. Por los 5 kilos de tortillas iba más tarde para que no se enfriaran pero no tan tarde para que me diera tiempo de asearme e ir a la escuela. Para mi regreso, todo aquello se había transformado en una increíble variedad de guisados que le despertaba el apetito a cualquiera. A una cuadra de distancia los olores anunciaban el menú sobre la lumbre. Tortas de carne, bistec en pasilla con queso, cuete mechado, picadillo, albóndigas en chipotle, costillas de cerdo en chile verde y nopales que bien podían intercambiarse por verdolagas o quintoniles para los días lluviosos. Platillos que se comían sin prisa, combinando el sabor con la memoria, con la paz del que saca provecho a la espera. Huauzontle con queso, caldo de pescado, peneques, chiles rellenos, huevos ahogados, rajas con queso, chilacas con huevo, ceviche, que en Semana Santa permitían omitir la carne pero no el placer. Siendo estrictos, me imagino que igual se pecaba de gula.

La tinga, el mole de olla, el entomatado de res, la barbacoa en salsa roja, el chicharrón rojo o verde, la longaniza con papas en chile verde, todos condimentados con la intención de separar a los niños de los hombres. Aunque en realidad no importaba que sintieras que se te reventaban los ojos de tanto picante, dejabas el plato limpio. Para gustos más sofisticados había pipían con chilacayote, mole verde con pollo o cerdo, adobo, lentejas con chorizo y plátano macho, arroz de todos los colores. Los más hambrientos encontraban alberjones, sopa de garbanzos con tocino y sopa azteca como entradas. Cuando terminabas, la sensación era la de haber comido sopa y guisado en un sólo plato. Un doble engaño, al estómago y al paladar, ambos convencidos de que habían comido medio kilo de carne. Los días más fríos antojaban los caldos: el tlalpeño, el de gallina, el de carnero, el puchero. Esos no necesitaban entrada, nada más una torre de tortillas recalentadas en el comal y limoncito. Ahí aprendí que nadie se come la yerbabuena o el epazote pero los comensales más exquisitos chupan están hierbas recién se los sirven, cuando todavía están muy calientes. Son los vampiros del caldo, le chupan el esencial líquido y también el alma. En la época de calor un jugoso salpicón refrescaba el día. Otra opción era la ensalada de lechuga, jitomate y aguacate servida con limón y aceite de oliva como aderezo la cual acompañaba una milanesa gruesa como un dedo pero suave como bombón, con poco aceite para saborear la carne. También podría ser una pechuga en bistec. Asada, con un poco de piel y hueso para que soltaran el juguito al calor del fuego. Si se le pone mayonesa, su aguacatito, es uno de los platillos que podría pedir como última cena. Otro de mis favoritos era el pollo en achiote. De este no podría explicar la preparación, sólo sé que una parte de mí sonríe al recordar la primera mordida a una pierna de pollo.

En domingo no faltaban los chilaquiles cubiertos con dos huevos estrellados o un bistec asado. Los infalibles: el queso, la crema, la cebolla en rodajas y un bolillo para hacer torta. Había algunos guisados que sólo se preparaban los jueves porque era el día que llegaba el tianguis con ingredientes frescos. La pancita, picosita, puro libro y cayo para que tenga consistencia y un sabor sólido. La lengua y el hígado encebollado que mis hermanos odiaban, aún ignoro su valor nutricional pero los habría disfrutado igual incluso si fueran nocivos. En cambio, los miércoles sabían a vacaciones gracias a las propiedades cuánticas de unos tacos de longaniza con nopales y rellena. Lo obligado era rematarlos con limón y chile verde, este último se podía poner a freír entero o en rajas. Así picaba más, incluso podía sentirse su presencia desde antes de morderlo. A pesar de la enchilada, al final prevalecía la sensación de haber saciado el hambre para siempre. Después de eso, se come por puro gusto. Ya para el que quería cenar, las quesadillas. Había de carne deshebrada en jitomate, de queso Oaxaca, de tinga de pollo, de picadillo, de papas con longaniza, de chicharrón prensado…     Ese chicharrón prensado, guisado con chile de árbol y jitomate, soltaba la grasita sobre la tortilla cuando se calentaba. Así, cuando la servían con lechuga, queso rallado y salsa verde; ya se había transformado en un gatillo que ametrallaba las papilas con una variedad de sensaciones. Podían distinguirse 16 sabores y 5 emociones diferentes nomás en la tortilla con chicharrón, ya con los complementos no me molestaría siquiera en contarlos. En las quesadillas aprendí que el dogma es enemigo del conocimiento y que la gente puede seguir conductas de manera automática sin ningún fundamento más que la costumbre, ya que no existen razones válidas para privarse de una quesadilla de pata. Ignoro si nadie las pide porque nadie las ofrece o viceversa, el caso es que más de 20 años después la gente me sigue devolviendo una cara de estupefacción cuando pido una quesadilla de pata. Supongo que la diferencia no era la comprensión sino el cariño. Se sentía, se comía.

Aunque toda esa comida era para vender, se preparaba exactamente igual que si fuera para la familia.

Hoy que entro a la casa recordando los olores, los sabores que nutrían mi cuerpo y mi alma cuando era niño, no alcanzo a percibir ninguno de ellos. Sólo huele a flores y al humo de las velas que rodean un ataúd.

about Abraham Garcia

Nació con ancianidad prematura en los inicios de los ochenta. Renegado del IMSS, principalmente de los médicos, desde que vio la luz de este mundo por haberlo extraído de su madre por la fuerza. Pambolero apasionado; odiador de árbitros, jugadores vedettes, comentaristas y aficionados estúpidos. Pornógrafo declarado. Bailarín excelso cuando nadie lo ve. Poseedor de diversos traumas, depresivo desde que tiene memoria, aspirante a chamán; vive divirtiéndose a costa de los demás, haciendo preguntas que a nadie le interesa responder. Casado (aunque pierda seguidoras), propiedad de dos hijas, mal hijo y peor hermano; resiste en este plano por pura necedad. Los verá en el infierno.

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