Mira que estoy a la puerta y llamo.
Si alguno oye mi voz y abre la puerta,
Entraré, y cenaré con él,
Y él conmigo.

 Apocalipsis 3:20.

Nadie supo con exactitud lo que pasó. Simplemente una mañana despertamos con la sensación de haber perdido algo. No sabíamos con certeza lo que íbamos a encontrar detrás de las puertas cuando se abrieran. Teníamos miedo de abrir las cortinas. Únicamente contábamos con el bombardeo de información con el que días antes los medios de comunicación nos atacaron constantemente. Varios derrames tóxicos en los principales suministros de agua potable, lluvia de aves muertas a causa de los gases exhalados por los complejos industriales, desde las esquinas de la ciudad hacia el centro, las calles pudriéndose por la basura que todos ignoramos, un hedor espantoso cubría como un hálito el sitio donde antes hubo un cielo azul, podredumbre, caos, todo a causa y consecuencia de nuestras acciones. Corrijo. Todos sabíamos exactamente que estaba sucediendo, pero habíamos preferido ignorarlo porque pensamos que la naturaleza podría sanarse sola, porque confiamos en que teníamos las capacidades y los cuidados necesarios, porque nos creímos invencibles, porque al final, el final era lo de menos. Que desesperación y qué desesperanza, que decepción darnos cuenta de que los ciegos permanentes habíamos sido nosotros mismos. El daño era irreparable.
Las personas que vivíamos en ése sitio éramos comunes y corrientes, pero nuestro error había sido creer que no lo éramos. Entre nosotros no había nada extraordinario, seres humanos únicos, irrepetibles, sangrando, llorando, anhelando, riendo, jugando con fuego, jugando con nuestro entorno sin tener conciencia, pretendiendo un mundo perfecto, un lugar perfecto, evadiendo los problemas, pasándonos el conflicto uno al otro y así hasta que a alguien se le fuera de las manos y quedara en el olvido.
Éramos tan ordinarios y tan poco sencillos. Nuestra soberbia nos llevó a crear convencionalismos sociales que nos creímos completos, que nos hicieron olvidar lo que era realmente importante, la vida, la vida que lentamente sin saberlo fue escapándose poco a poco entre descuidos y modas, entre el tiempo que nunca tuvimos para hacer lo que debíamos hacer, entre los rostros en revistas de élite y ganas de comerse al mundo. Nosotros nos creímos personas, al final solamente fuimos máquinas destructoras que efectivamente, se comieron al mundo pedazo por pedazo, hasta que ya no quedara más que el caos que ahora somos. Nuestro afán de ser perfectos terminó en imperfección, el castigo a nuestra raza, a nuestro pueblo, a nuestra historia es ésta pesadilla de la que no sabemos si despertaremos pronto.
Rompimos nuestras propias reglas. Nos creímos invencibles, eruditos, dejamos todo para después, pensamos que podríamos controlar nuestros errores y desaciertos, pensamos que tendríamos tiempo de enmendar los daños, de coser la tierra rota con hilo y aguja, de sembrar lo cortado de tajo, de absorber el humo y respirar tranquilos, de esclarecer aguas y vientos, pensamos que podríamos.
Poco a poco cada uno de nosotros fue aportando su propia catástrofe personal hasta crear la de mayor potencia, la que ahora nos mantiene al borde del abismo y que tanto lamentamos (aunque eso sirva de absolutamente nada).
Comenzó una mañana de Septiembre, la detonación de la catástrofe, es decir… porque era un hecho que las causas habían nacido mucho tiempo atrás, incluso muchísimo antes de que nuestros propios padres y los padres de ellos pudieran razonar acerca de lo que estaban ocasionando con sus malas decisiones y su completísima indiferencia. Primero solamente eran rumores, hasta que el cielo se cubrió de un gris intenso y el paso de aire se hizo complejo. Aun así, lo ignoramos. “Son nubes, es lluvia, pasa nada, ninguna preocupación”, eran los comentarios del inicio. La tierra comenzó a moverse, fragmentando primero pequeños espacios y después sacudiéndolo todo, como queriendo despertarnos… pero no fue suficiente, hasta ahora pienso que seguimos dormidos, que no podemos salir de nuestro letargo. Y asusta.
Lo peor es que lo sabemos desde casi siempre. Digo desde casi porque también hemos ignorado al tiempo. Para mí, para quien escribe esto, para quien vive esto, solamente existe un presente inmundo a causa de un pasado que viene arrastrando consigo sus infortunios. Vayan a saber cuándo ha comenzado, porque la certeza, irónicamente, contradictoriamente, es incierta. Nosotros lo notamos a principios del nuevo siglo, aunque en realidad suena tan absurdo, porque este caos viene sucediéndonos desde muy atrás, cuando los seres humanos comenzamos a sentirnos omnisapientes, cuando empezamos a conquistar el mundo a la mala, instaurando el temor, sembrando abismos y apatías. Los abuelos contaban acerca de verdes valles y enormes colinas repletas de flora y fauna, de océanos transparentes y zargazos que podían verse al fondo desde cualquier distancia aunque nosotros jamás hayamos tenido mar, animales exóticos que eran buena compañía nocturna. Lo cuentan como mitos, como leyendas que ya nadie cree. Esos tiempos que parecen fantásticos porque sus maravillas son tan increíbles que ni siquiera podríamos pensar que existieron. La línea del tiempo se ha borrado y solamente quedan historias masacradas por los recuerdos. Y dentro de mí se despierta un enojo, porque ahora sé que nací en la época equivocada, porque los míos están pagando consecuencias de tiempos remotos y ya es demasiado tarde para detenerse.
Muchos se preguntan de sitios y espacios geográficos. Muchos mantienen la esperanza de que esta muerte lenta y dolorosa solamente esté sucediendo aquí, en estos remedos de ciudad que ahora ni siquiera se acercan a ser una. ¿Y si solamente el caos se ha perpetrado en este sitio? ¿Si hay algún lugar al que no haya llegado todavía la amenaza, el desastre, el hastío? ¿Habrá espacio alguno en el que la luz alcance a verse aun? Hay rumores de que a las afueras de las grandes ciudades hay esperanza de encontrar un rincón en el que todavía se florezca, en el que todavía se mire la transparencia, pero como siempre, las historias fantásticas están a la orden del día y cambian según la mentalidad, las ganas y la fuerza de quien las cuente.
En lo que a mí respecta, no sé si creer. Miro el horizonte y me lastima los ojos. En mi interior pienso que no importa ya dónde haya ocurrido, en que sitio se haya originado, a éstas alturas, eso ya no importa. Tanto que quisimos terminar con las fronteras que nos dividían y miren de qué forma lo hemos hecho. Lo que daría por convertir los mitos en realidades, lo lindo que sería que esos sitios hermosos existieran todavía. Pero no se puede dar lo que ya no se tiene. Este espacio es nada. Nos convertimos poco a poco en nada.
Ayer en la tarde, mientras dábamos pasos en desconcierto intentando reconocer el camino de regreso, uno de los más pequeños ha preguntado las razones de ésta devastación. Un solo “porque” bastó para rompernos en pedazos a todos los que nos consideramos adultos, una sola pregunta nacida de la inocencia de alguien que no pidió nacer en este mundo, que no pidió vivir tan pronto el final, que no tuvo que ver nada en la destrucción y la pérdida. ¿Cómo responder? Con qué cara enfrentar los ojos de un niño que no entiende lo que vive, que mira alrededor y sabe lo que está sucediendo pero que simplemente no lo entiende. ¿Cómo empezar a vivir apenas si todo lo que existe te grita que estás muriendo? ¿Qué palabras serían las adecuadas para colgarse como cuentas de plomo en el cuello para responsabilizarse por la crisis, por el fin?
Fue tremendo. Por supuesto, se nos vino una culpa encima junto con los ventarrones de dióxido de carbono que nos hacían toser de vez en cuando, cosa que agradecimos, porque la tos nos impedía hablar. Al final, no teníamos que decir, que decirle, lo mejor que podíamos darle a ese pequeño era nuestro devastador silencio y solamente esperar que entendiera que los culpables éramos todos.
Esperar.
Razones sobran.
Creo que lo único que nos queda ya, es esperar, un milagro o la muerte.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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