“Estamos condenados a abandonar el jardín, delante nuestro está el mundo.”

Octavio Paz

“Hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerla debajo del cielo”… pero no existe mejor tiempo que éste, el presente… el aquí, un ahora de una noche. Hay momentos en los cuales pienso y presiento que no podré dejar de hacer esto, dejar de escribir para ti, por ti, por el exquisito delirio de los recuerdos y la magnífica locura de la soledad. Todos duermen y yo tengo frío y miedo, mis deseos de dormir son nulos, hay algo que acosa mis pensamientos, mi corazón, se me nubla el rostro, la sangre me hierve. Los días son demasiado confusos, ya no puedo cargar con el peso de la indiferencia y el rencor… sucede que estoy a punto de perder el equilibrio…

Hace poco Rodrigo me llamó, ya sabes, demasiado que contar, silencios que decir y todo aquél hermoso procedimiento de los reencuentros. En lo que a nosotros respecta, logramos llevarlo a cabo en el café de siempre, que conserva el mismo aspecto, las mismas sillas pioneras, los mismos ladrillos que albergan algún verso, alguna magia. Al momento de bajar del auto comienza la odisea de socializar (cosas como “qué tal ¿te conozco?, ah si la escuela, ¿vienen juntos?), y la sola y absurda idea de hablar con personas a las cuales no he ido a ver ni me interesan, me hace sentir náuseas, sentir un hueco aquí adentro, un pequeñísimo hastío que se me escapa en la voz, pero sé que tendré un éxito seguro si manifiesto la mejor de las sonrisas…

Una voz conocida detrás de mi saluda, contesto automáticamente… Rodrigo empieza a hablar de situaciones que, francamente, no comprendo, que no me interesan, pero es sorprendente el brillo que irradian sus ojos mientras las palabras fluyen, es evidente que ama lo que hace, me explica con gran detalle un prometedor proyecto de negocios e intento escucharlo en lo posible, pero aunque logro mantener una mirada directa, finalmente me distraigo…

Mis oídos prestan atención al acento extranjero de una mesa cercana… ese sonidito de los españoles me agrada, tiene una especie de humor negro y no puedo contenerme, una risa se me escapa… es evidente que ya no escucho a Rodrigo y a pesar de haberse dado cuenta minutos antes, se une a mi pequeño entretenimiento. Nos causa gracia el notar sus movimientos toscos mientras libran una tremenda discusión acerca de alguna poesía de Salinas o quizás de ésa Rayuela solitaria de Cortázar que descansa sobre el centro de la mesa, entre tazas de café negro y ceniceros ocupados.

El humo es denso y comienza a molestarme un poco… Rodrigo cambia el tema (esa voz… suena familiar… ¿el saludo sería para mí?) en mis planes no estaba el preguntar por ti y sin embargo lo deseaba… debía saber si estabas bien, si seguías dispuesto a bien vivir (después de todo, tu decidiste que siempre no) entonces tomaba un sorbo de té para no hablar, aunque el impulso de mis pensamientos se encontrara demasiado cerca.  No recuerdo el momento exacto en que se pronunció tu nombre, mi distracción con los españoles y su charla acerca de mirar lo invisible (definitivamente se trata de Salinas) y el horrible sonido de los autos en la avenida no me lo permitieron…

Pienso… un sorbo más de té… (Era de esperarse ¿por qué es entonces tan sorpresivo?) Lo siento, tienen que repetirme el destino… España, seguro… dicen que hay lugares hermosos en ese país… (San Sebastián, Barcelona, Santiago de Compostela… ¿Recuerdas?) Te conozco, no elegirías cualquier sitio, eso fue claro desde el momento en que llegaste a este.

Irónicamente, la discusión de los españoles ya no me parece fascinante. Sus voces se han tornado sombrías y el ambiente que me rodea, desconocido. Te vas… dejas este sitio, ya todos se han enterado, muchas personas han oído dicho acontecimiento de tus propios labios… y probablemente sea la última en saberlo, mira de qué manera, desde luego, cualquier otro sentido que se dirija hacia mi sin ser de ti… muy lejos de ti, es mejor que lo demás, que yo misma.  Me siento demasiado desconcertada como para querer ocultarlo, Rodrigo lo nota, pero sabe que en situaciones como esta, nunca ha podido decirme algo… cuando me pongo de ese modo soy imposible y creo que tú lo sabes mejor que nadie, o quisiera creer que aún lo sabes, me conocías tan bien (¿escribí conocías?)

Después de un infinito silencio, Rodrigo decide que encender un cigarrillo es lo más aceptable, así no tendrá que hablar, al menos no en los siguientes minutos… me hace entender con la mirada que se siente un poco culpable de haber sido él quien me notificara tu presente y tus planes futuros. Me pregunta con los ojos si ha sido un error, si era el momento correcto… ahora ni siquiera yo lo sé. De pronto reconozco aquella voz y la recuerdo, con un hábil movimiento abandono la silla y busco de donde proviene… recibo un abrazo genuino, algo que necesito tanto justo en ese preciso momento. Vuelvo a la mesa sobre mis pasos que parecen estudiados.

Me siento más tranquila… hay más silencio. La mesa al lado nuestro está vacía,  el Monsiváis ha desaparecido y únicamente queda el caos de la conversación… un pequeño derrame de café, una servilleta doblada a la mitad con signos extraños escritos en ella, cenizas. Y es tarde, es tiempo de regresar. Nos detenemos y la luz roja me recuerda lo que debo darle y las inmensas ganas que tengo de llanto y soledad. Le pido que acelere, pues en cualquier instante puedo ceder. Le entrego entonces lo que encontré cerca del mar, sin dejar de pensar en lo que me ha dicho. Un te quiero y no me olvides es suficiente para despedirnos.

Ahora estoy aquí nuevamente, sola con la madrugada, tratando de entender tu posición y la mía, intentando ordenar mis ideas, analizando cada etapa de mi vida en compañía tuya, buscando una respuesta para cada interrogante, por cada carta, por cada sentimiento y palabra pronunciada.

Estoy exhausta, escribirte jamás ha sido fácil. Será mejor que te deje ahora mismo e intente dormir, porque ese es el único camino que tengo para olvidar, aunque sea por poco tiempo, lo que significas para mí.

Olvidar que me has dicho que, efectivamente, vas a ser feliz sin mí.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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