Úrsula dormía plácidamente, cuando unos pequeños ruidos en la cocina la despertaron. Se asombró mucho y tardó un poco en reaccionar. No era posible que nadie entrara a su fortaleza sin llave o sin que ella abriera la puerta.

Vivía desde hacía muchos años sola en esa enorme casa heredada de sus padres, que habían muerto muy pronto. Era hija única y como tal había aprendido a ser independiente. Los padres le dejaron muchas responsabilidades desde muy joven. Llegaba de la escuela sola, comía sola, hacía la tarea sola y a veces hasta lidiaba con sus enfermedades sola, ya que sus padres trabajaban mucho para darle las comodidades que creían le hacían falta; ella lo agradecía enormemente pero siempre extrañó la compañía de ellos.

Por lo tanto, la soledad nunca la espantó, era su gran amiga. Tenía buenos amigos, aunque pocos, pero sabía que podía contar con ellos en cualquier momento.

Los ruidos que escuchó fueron muy claros, alguien estaba hurgando en su ordenada cocina. Con precaución se acercó y lo que vio la dejó pasmada. ¡Era un niño de unos tres o cuatro años! El intruso buscaba comida y cuando la miró, sólo le dijo ¡ya tengo hambre!

La miraba con unos enormes ojos oscurísimos, casi negros, bordeados de enormes pestañas rizadas. Lo que más llamó la atención de Úrsula fue la profundidad de esa mirada y casi sin pensarlo, preparó el desayuno para los dos. Ella lo miraba con atención y el pequeño sólo comía. Al final su sonrisa le dijo todo y desde ese momento le llenó su mundo.

Con toda naturalidad, el pequeño se instaló en esa casa, en donde poco a poco fue teniendo su recámara y sus propias cosas. Nunca se le vio la menor duda de quedarse ahí. Como que era su lugar.

Ella estaba llena de dudas, se preguntaba miles de cosas, pero al mismo tiempo se preocupó de darle lo necesario para que estuviera cómodo. Su trabajo de cosmetóloga y maquillista le permitía estar bastante tiempo con su pequeño y platicar con él. Aunque nunca se tocaba el tema de su origen.

Pensaba que la vida se lo había enviado, porque no se explicaba cómo pudo entrar a su casa. Hizo investigaciones de niños perdidos y nunca apareció él entre los buscados. Así que un día se armó de valor y se fue a registrarlo como su hijo. La trató siempre con una ternura especial, también para él, ella era su madre. Eligió el nombre de Betel, que es un ángel, porque le pareció el más apropiado para alguien que llega de la nada.

Al principio la gente se extrañó de verla con un niño, pero con el tiempo y miles de conjeturas, la aceptaron como madre soltera.

Desde que llegó Betel a su vida, esta cambió de una manera suave. El trabajo aumentó, lo mismo que sus ingresos. Aprendió a platicar y hablar. Aprendió a escuchar y a dejarse embelesar por las charlas del niño que parecía saberlo todo.

La acompañaba a su trabajo y las clientas adoraban al niño. Encantaba desde el principio por su especial mirada. No es que fuera un niño hermoso. Su pelo negro era ensortijado; sus rasgos no eran perfectos y tenía los dientes un poco chuecos, pero cuando hablaba tenía el don de robar la atención.

Tampoco Úrsula volvió a enfermarse, su vida fue tan feliz que ella estaba agradecida de contar con ese hijo de regalo. Jamás volvió a sentirse sola, su mirada se asemejó a la de Betel y nadie dudaba de que fueran madre e hijo.

Muchos años después cuando Betel era ya un adulto profesionista y trabajador y la vida les sonreía, murió Úrsula de una forma tranquila y en paz. Betel no se asombró, fue como si ya lo supiera y con un beso de amor despidió a su madre.

Mucha gente los acompañó a los funerales y después de estos, nadie jamás volvió a ver al extraño y amoroso hijo de Úrsula.

Así como llegó desapareció el dulce Betel.

about Carmen Leon

Hippie de corazón, pero fresa por naturaleza. Adoradora de los Beatles y los Doors. Cuentera y platicadora desde siempre. Poseedora de muchos datos inútiles. Recientemente amiga muy cercana de Franco Deterioro.

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