“Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, 
pasar el aire de una orilla a nado y estar en todas partes en secreto.”

Jaime Sabines

A Octavio, por no rendirse hasta cumplir su sueño de ser mi abuelo

(Te extraño, siempre)

Hay tantos sentidos, tantos nombres, tantas calles, escaleras, jardines, cafés… y entre ellos no encuentro un solo sitio que pueda pertenecerme (éso, el sentido de pertenencia últimamente hace falta) me siento sola y quisiera llamar a algo mío, por primera vez realmente mío, que sea parte de quien soy y de lo que he sido… no sé qué sucede, de pronto hay mil demonios que vencer y hallar fuerzas me parece una osadía. Hoy el frío es distinto, hay algo extraño en el aire, me cuesta respirar… creo que por eso desaparezco de éstas páginas así de pronto, porque estoy consciente de compartirlas, aunque no haya certeza alguna de que alguien las lea… y por lo visto tampoco esperanza. De cualquier forma las sigo tomando como único refugio, un alimento a las libélulas que siguen alterando mi interior, muy débilmente.

El hecho de comenzar una nueva especie de diario es la única emoción que me traigo conmigo a todos lados… en servilletas, sobres de cuentas por pagar, tickets de estacionamiento y a veces hasta en hojas de árboles. Empezar desde ahí puede no ser del todo inteligente, pero me llena un poco… es una forma de ir en contra de lo trivial o una clase de rebelión contra las cosas que considero normales, aquellas situaciones que ocurren y nadie nota porque todos estamos tremendamente apegados a la costumbre. Me encantaría ser original por una vez en la vida, dejar una huella indeleble en ése aspecto, aunque lo que escriba tenga ningún sentido, aunque tal vez no trascienda o jamás sea leído.

El movimiento del corazón es perpetuo, muy similar al de una rueda girando. Las estrellas siguen quemándose a millones de kilómetros, la lluvia no deja de caer, las personas que crees que estarán ahí siempre desaparecen, porque las personas mueren, se marchan o se separan… mi movimiento, por mientras, no existe. Siento que estoy eligiendo batallas que no me siento con ánimos de luchar…

Ahora mismo, tu recuerdo, tus palabras, tu ausencia, tus anteojos abandonados en el cajón, tu silueta en el jardín tomando el sol de la mañana, tu olor a café recién hecho, tus manos de luna provocan latidos pronunciados en alguna parte de mi cuerpo… y el dolor no se va…

¿Algún día dejaré de extrañarte, de necesitarte tanto?

¿Algún día terminará, es cierto que en alguna parte, me esperas?

Ahora mismo, tu nombre resuena entre los rincones de esta casa que construiste con tus sueños, se queda tu voz en las paredes que reclaman tu presencia, la única forma de mirarte es recordándote, caminando con tu juventud a cuestas en unas botas pesadas, con la frente curtida a pico y pala, con los ojos azules sobre mí, regalándome un cielo estrellado desde donde estás.

Cierro los ojos y entro a tu mundo, me acerco a tu piel mate y tus dedos de luna, a tus manos, que dejaron rastros de tus ganas, de tus sueños en un malacate y una lámpara.

Sí, algo duele…

Hace nueve años, un día diez, un mes siete, estaba rodeada de seres amorosos (divinos y terrenales) que me reconfortaban con su abrazo, su luz y su fuerza por haberte perdido.

Ahora me doy cuenta que jamás te perdí.

Es solamente la ausencia física, porque en todo este tiempo ha habido mil formas distintas en las que sigues conmigo… cosas inexplicables y hermosas, como la lluvia en verano, la tetera lista con agua caliente, tu sillón preferido, los recuerdos de madrugadas en las que esperabas despierto para verme llegar, la fruta dulcemente picada para el almuerzo de media mañana, las navidades mágicas, las notas sorpresa en el comedor, el chiflido característico antes de tocar la puerta de mi cuarto para saber que eras tú, los muebles hechos por tus manos, el olor característico de tu taller, tu nombre que aparece de repente, nuestro secreto sagrado que guardaste contigo hasta el final, tu fe en mí que hasta el día de hoy me acompaña como prueba inequívoca de que el amor incondicional existe, más allá de la muerte…

Y aquí estoy, esperando verte aparecer entre alguno de mis parpadeos…

Aquí estás tú también, Octavio, abuelo de arcilla, corazón de roble, amante del universo…

Aquí estás tú también con tus manos de naranja y tu andar de marejada…

Aquí estás tú también, entre mis letras y mis días…

Estás conmigo, siempre.

Aquí seguimos, aquí estamos…

Juntos, de algún modo.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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