Mi anacrónica vida me llevó desde muy temprana edad a estar en contacto con géneros musicales con los que no mis padres, sino más bien mis abuelos habían movido el esqueleto mucho antes de ser alcanzados por las polillas. Todo empezó por mi manía de desvelarme en las noches hasta que en la televisión tocaban el himno nacional, el último programa solía ser una vieja película mexicana donde alguna mujer hermosa se enamoraba del hombre equivocado y terminaba bailando en algún gran cabaret –porque afortunadamente invariablemente la protagonista sabía bailar–. Siempre me llamaron la atención los vestuarios que se adivinaban multicolores detrás de los tonos grises de la pantalla: las grandes colas, plumas, flores y enormes holanes; los tambores, las maracas y los bailarines que acompañaban a la chica que ahí se veía tan feliz, pero que, en cuanto terminaba el espectáculo, volvía a padecer sus incontables penas. Era realmente placentero ver esas historias enmarcadas en balazos que se propinaban las bandas rivales, ya fuera de gángsters ambas, o de gángsters contra charros, con balas especiales, capaces de matar a cristianos y ateos, pero también de rebotar en los vidrios de las ventanas para mantenerlos intactos.

Un domingo por la tarde, mi madre me llevó a un teatro que resultó ser una máquina del tiempo, pude ver por primera vez, en vivo y a todo color a Tongolele, nacida en Washington, sobreviviente de ese grupo de bailarinas al que también pertenecieron Meche Barba, neoyorquina, y las cubanas Ninón Sevilla, Rosa Carmina, María Antonieta Pons y Amalia Aguilar. El viaje al pasado se hizo una costumbre y también pude escuchar a algunas de esas grandes orquestas que habían engalanado los enormes cabarets de antaño: Dámaso Pérez Prado, “la foca”, con su “Qué rico mambo” (Cuba), Daniel Santos y su “Tibiri Tabara” (Puerto Rico), la Sonora Matancera (Cuba), o más bien lo que quedaba de ella, por sus filas habían pasado músicos importantísimos como Bienvenido Granda, Celio González, Celia Cruz o los mismos Pérez Prado y Daniel Santos; de este conjunto nos quedaron canciones tan entrañables como “Piel canela”, “Tu voz”, “¿Quién será?”, “Burundanga” y “Sólo contigo”, entre otras.

Llegábamos al teatro siempre mucho antes de la función y esperábamos una o dos horas, pero nunca me aburrí, porque me resultaba fascinante ver cómo los artistas llegaban vestidos en ropa de calle, tan normales como cualquiera, y trataba de imaginar qué ocurría en cuanto cruzaban la puerta del teatro, cómo ocurría esa metamorfosis que los llenaba de lentejuelas, de brillo en la piel, de una potente voz, cuerpos gráciles y veloces y de una presencia poderosa que llenaba todo el escenario. Por eso siempre quería sentarme en primera fila, para no perderme ningún detalle de lo que ahí ocurría.

Así eran mis viajes al pasado los domingos por la tarde, a esa época de mujeres engañadas que luego se desquitaban con todos los hombres seduciéndolos, utilizándolos y haciéndolos sufrir, pero nunca faltaba el enamorado fiel que le cantaba a esa desdichada “callejera”, a esa “perdida”, “hipócrita” que se había convertido en un “amor de la calle”, y ese enamorado estaba representado en Fernando Fernández, que aunque ya tenía sus años cuando yo lo veía cantar en el escenario, todavía hacía suspirar a las maduras mujeres que se derretían con cada acorde de guitarra y llegaban al éxtasis al sonar el requinto de Los Panchos, Los Tres Ases o el trío que se presentara en ese momento.

Pasó el tiempo y mi adolescencia me hizo cambiar esos gustos musicales por otros y el teatro Blanquita, uno de los más populares de la capital, cerró y volvió a abrir, pero ya no volvieron aquellos artistas, porque poco a poco fueron arrebatados de este mundo por la muerte; sin embargo, ahí quedaron esas viejas películas que afortunadamente también son una, aunque más pequeña, máquina del tiempo.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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