Es el último año del resto de nuestras vidas, una vez que llegue el Año Nuevo no quedará más que el vacío de lo que fuimos, el “nosotros” volverá a ser un “tú” y un “yo” que se disuelve en el susurro del viento mientras da vueltas en la espiral de un caracol roto, ése que te trajiste escondido en la maleta cuando terminó el viaje de bodas.

Lo hemos hablado mil veces y, aún así, todo parecía demasiado irreal, hasta que las palabras quedaron atrapadas en cajas de cartón etiquetadas con distintos nombres y distintas direcciones, direcciones que me hacen sentir completamente perdido, porque alguna vez creí que había encontrado mi lugar, creí firmemente que era éste y hoy no es más de nadie, ni tuyo ni mío ni del agente inmobiliario de sonrisa tan grande como falsa.

Tus cosas y mis cosas, lo demás de los clientes de una desangelada venta de garage. Mi vaso, mi plato y mis cubiertos; tu vaso, tu plato y tus cubiertos y lo único que compartimos ahora es el silencio cada vez que estamos juntos, porque hasta el nudo en la garganta y en la boca del estómago es distinto: para uno es de odio, de coraje; para el otro, de amor hecho pedazos. ¿Quién es quién? No hay manera de saberlo, supongo que los dos somos ambos, pero nunca al mismo tiempo.

Te escucho caminar de un lado a otro cada noche por las habitaciones, por los pasillos; lo haría yo también si no tuviera tanto miedo de toparme contigo y no tendría tanto miedo si no fuera por las ganas que a veces me dan de recaer en tus brazos o matarte, o matarme, o matar por lo menos esas ganas. Pero al llegar el sol la locura se duerme, tú dejas de ser esa bestia enjaulada y yo dejo de ser ese psicópata al acecho; con un saludo frío y un ofrecimiento hipócrita de la última taza de café que ninguno quiere ceder, nos convertimos de nuevo en seres civilizados.

Y así, esperando al camión de mudanzas que se ha quedado atrapado en medio de la nieve, como tú y yo estamos en el hielo, hemos llegado a la víspera del Año Nuevo, sin cena especial ni vino espumoso, sin chimenea ni adornos cursis, sin nada. El teléfono suena y uno de los dos enciende la radio sólo para confirmar nuestro mayor temor: tendremos que pasar juntos la última noche del resto de nuestras vidas, justo cuando pensábamos que habíamos logrado sobrevivir el último día.

Afuera cae la nieve, dentro tratamos de averiguar en las cajas de quién quedó el encendedor y el líquido para prender la chimenea. Si no hubiese dejado de fumar, no sería un problema, pero lo odiabas tanto. Después de abrir apenas la segunda de mis cajas lo primero que asoma es tu caracol roto, “lo había tirado”, dices y yo respondo un “lo sé” molesto por haber sido descubierto, preparado para la serie de recriminaciones por las que hace tanto preferimos dejar de hablar. Cierro los ojos, intento cerrar también los oídos, pero no es necesario, porque no dices nada, entonces te miro, te miro de verdad por primera vez en mucho tiempo y tú también me miras de la misma manera.

¿Qué nos pasó? Pasó mucho, pero esta es la última noche y quiero recaer entre tus brazos, aunque mañana sea el primer día del resto de tu vida y de la mía.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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