Dice un viejo mito que entre los que escuchaban a Jesucristo ninguno sabía escribir, sin embargo diligente y amorosamente, guardaron sus enseñanzas como tradición oral, para transmitirlas y así cumplir el deseo del Dador de Vida, del Creador y la Creadora, del Gran Misterio.

Poco antes de que el primer escriba perpetuara aquellas viejas voces celosamente resguardadas por valientes generaciones en la nueva forma de comunicación pictográfica, un ladino comerciante con aires de grandeza inventó un garabato que tenía el poder de modificar el significado de casi cualquier palabra en la que se escabullera. Haciéndose pasar por sabio, la sembró por un sinfín de textos, entre ellos, los que a la postre se denominaron “evangelios”.

Dicen que la mayor enseñanza -mejor dicho, el ejemplo- de aquel antiguo carpintero iluminado se infectó de este poderoso símbolo, capaz de convertir lo oscuro en claro, lo abierto en cerrado, lo visible en invisible… y la vieja enseñanza se transformó y los nuevos discípulos la recibieron y compartieron con amor, confiando que las antiguas voces sonaban igual que como lucían, incluso al paso de cientos, miles de lunas.

Según este viejo mito, la palabra escrita llegó a ser tan poderosa que dirigió la civilización hacia un camino en lugar de otro: los nuevos discípulos, como sus valientes antecesores, defendieron la sagrada palabra, incluso con su vida, derramando la sangre de aquellos que intentaban tergiversarla: “infieles” les llamaron, “herejes” de la divina enseñanza.

Ríos y ríos de sangre se derramaron por un antiguo signo que casualmente, como todo en el universo, se instaló en una cierta palabra que terminó utilizándose como piedra angular de la nueva Era.

Una larga y oscura noche cayó sobre los hijos de los hijos de aquellos antiguos testigos; ríos escarlata fluían sin cesar y el hedor y la muerte se apoderaron del agua bendita: todo se marchitaba, todo palidecía.

Hasta que un insolente niño con problemas de conducta -TDAH dijeron los expertos- se rehusó a tragar la pastilla mañanera y las reglas gramaticales que tanto le enfadaban, y comenzó a repetir las palabras a su antojo, como le parecía que mejor sonaban, como él las comprendía, como él las digería.

Casualmente, como todo en el universo, repitió también la vieja y sagrada palabra, pero sin el signo que los demás consideraban inamovible. La repitió y la repitió como el loco que todos aseguraban era. La repitió tan fuerte y tan claro, que quienes lo escucharon comenzaron a recordar, en sus genes y en su memoria, la antigua palabra.

Y abrieron los ojos.

Y despertaron del letargo.

Las aves cantaron

Y amaneció otra vez.

La voz del antiguo carpintero, se escuchó de nuevo.

Y la larga noche llegó a su fin.

about Miguel Lara

Mexicano treintañero, macehual y orgulloso indígena. Me dedico a acomodar piezas en el rompecabezas de mi alma. Curioso de todo, experto en poco; me gusta servir los tragos. Soy padre adoptivo, hijo desobediente, hermano molestón y un desconocido interesante la primera media hora. Adicto a los abrazos prolongados y a las conversaciones casuales. Le doy vueltas al Sol. Escribo por salud.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

You may use these HTML tags and attributes:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>