“Mi corazón está a mil por hora últimamente y no sé cómo pararlo. Luché conmigo misma por no quererlo o por no enamorarme… (Al menos no tan pronto) además, me había hecho una promesa a mí misma y ¡Paf!…. que me doy cuenta que soy increíblemente buena rompiendo promesas, sobretodo estos últimos días de verano,  que él ha estado más presente.

Pienso en vertical con él. ¿Sabes? me rindo sutilmente ante su imagen, me encantaría compartirle mil cosas, de pronto hay momentos en los que hay tanto que decirle que lleno páginas enteras sin terminar y las noches… ay, las noches… mil vueltas en la cama antes de que venga el sueño y mi corazón saliéndose tan solo de pensarlo. Después una sonrisa eterna desde los recovecos de mi imaginación en blanco y negro, un aleteo aquí adentro que me hace gritar en silencio y me encantaría hablar de él… todo el tiempo en todo momento, de cierta forma lo hago: con mis alumnos en alguna clase de Literatura, con mis padres a la hora de la comida, con mi mejor amiga mientras me cuenta algo y yo invento su nombre en la servilleta junto a la taza de té.

Él me hace feliz… muy feliz, más de lo que pude haber imaginado, pero también me vacía completita, me roba a todas horas, extiendo mis manos y solo obtengo puñados de aire, no a él… el asiento del coche o la silla de al lado se quedan vacíos, me duermo abrazando una almohada y sintiendo parte de su corazón que no termino de conocer… a veces necesito saber que es real y no un invento mío, eso es precisamente lo que estoy intentando descifrar, ese relativo odio por no tener el coraje de quererme.

Suspiro. Casi puedo ver la sorpresa y la interrogante en tu rostro, intentando analizar las letras para saber si has entendido bien, si tus instintos (y tu instante de alumbramiento) no están errados… preguntándote si se trata de ti.

¿Crees que sería tan tonta como para escribir públicamente todo esto y atreverme a callar que eres tú? sabía que la próxima vez no podría evitar dejarlo por escrito para que lo encontraras… por muy absurdo que sea, por el hecho de no habernos conocido y por las palabras que se lleva el viento…. lo sabía, tanto como sabía que sería la última (y ahora si definitiva) vez que lo escondería de ti.

Por eso y solo por eso, es que lo dejo por escrito…

Pero tampoco quiero que me digas algo, sería más difícil dejar de abarcar lo que ahora me cuesta trabajo, estoy a tiempo y tengo la suficiente fuerza de voluntad para dejarte y dejarme,  prefiero convencerme a mí misma de que eres un invento mío, de que te imaginé y nada más, dejar de creer que soy especial, es más fácil así, siempre es más fácil y menos penoso y no por eso quiere decir que me arrepiento de lo que esta noche he confesado.

Una de las cosas que más me asombran de ti, son tus silencios.

Tú, quédate con mis palabras…

¿Recuerdas? lo escrito permanece,

Hasta entonces…

Leonora”

Cuando terminó de leer el mensaje en aquella servilleta manchada de café, levantó la vista, buscándola. Había encontrado la misiva doblada debajo de la manteleta de esa mesa que precisamente él había elegido al azar para su encuentro imaginario. Había ido ahí a desahogar su frustración y extrañarla, pero no a ella, no a la chica que minutos u horas antes, había ocupado ese sitio y había dejado un mensaje escondido que tampoco (lo sabía) era para él.

Desde ese momento, se obsesionó con la idea de encontrarla, y cada tarde acudía al mismo café y se sentaba en la misma mesa, movido por una esperanza absurda que lo hacía quedarse ahí hasta que la gente alrededor desaparecía y lo único que quedaba eran sillas vacías y ceniceros llenos de ansiedad.

Llegó el invierno y, como pasa con toda esperanza que ha sido alimentada sin razón, la suya apenas era un atisbo de lo que antes había sido. Escribió con dificultad unas palabras en una servilleta, la dobló y la escondió debajo de la manteleta. Luego tomó  del pequeño florero una petunia y colocó encima. Pagó y arrastrando entre los pasos su tristeza, se dirigió a la puerta.

Cinco minutos y tres segundos después, una mano se acercaba a la mesa, acariciando la manteleta. Dudosa de tomar el mensaje oculto, tomó primero la flor y la llevó al rostro de su dueña, para que pudiera aspirarla. Ella había estado esperando ese instante meses atrás. Se había sentado pacientemente en una mesa del rincón y había observado, todas las tardes. Una gitana le había dicho que para encontrar a su verdadero amor, debía acudir a ese sitio, a determinada hora, dejarle una nota en la mesa y esperar. Que él entraría instantes después y descubriría su mensaje.

Así lo hizo.

Espero y espero y una tarde, no mucho tiempo después, un muchacho triste entró  en el café, se sentó en esa misma mesa y leyó sus palabras. Debía estar segura que era él, no pudo hablarle, tenía miedo de que su corazón se le saliera por la boca y arruinara todo. Así que mejor decidió que se sentaría a observarlo. Sabía que el tiempo era relativo, que todo ese tiempo acompañándolo de lejos había sido suficiente para que se enamorase de ella, aun cuando lo único que conocía de su alma, eran sus letras.

Tomó la servilleta temblando, tardó en desdoblarla. Sus pupilas se dilataron casi al instante…

“Me encantan tus palabras.

Tus letras ya no son tan invisibles después de mi silencio, ni después de mi ausencia…

Y es que mi ausencia solo llegó tarde, más nunca eterna.

Tu hechizo es diferente… en el tuyo, tu mundo no desaparece ni se vuelve decepcionante a la media noche.

Créeme, no te encontré para perderte, no te conocí para olvidarte,

así que voy a estarte buscando por todos los sitios donde se haya pronunciado tu nombre, sin esperanza alguna, pero estaré buscándote, voy a ir dejando mis silencios, paupérrimas señales que te indiquen que estoy muy cerca.”

Cuando terminó de leerla, alzó la mirada hacia la puerta por la que antes lo había visto arrastrar la tristeza.

Ahí, de pie, una sombra acercándose a la mesa, se hacía cada vez más nítida. Y entonces, una bufanda rojo sangre, unas manos llenas de promesas, una boca a punto de besar.

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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