A PM, por amarme y herirme a la vez, como nadie nunca lo hizo.

El mes de diciembre es enteramente tuyo.

(Leer escuchando la canción “1000 Oceans” de Tori Amos).

Ese año mi corazón estaba contigo y mi cuerpo se rebelaba en contra mía por seguirte, no había un sólo recoveco en mi alma que no tuviera inscrito tu nombre.

El otoño fue amable con nosotros porque nos obsequió la maravilla de sus colores y la promesa del verano próximo traía consigo nuestro inminente “para siempre”. No había niebla que venciera nuestros sitios compartidos y podíamos andar por las calles tomados de la mano, sin temor a que el pasado guardara silencio para herirnos, porque el pasado para nosotros era el lugar seguro donde colocar la tristeza y la sabiduría, para poder mirarlas cuando hiciera falta.

En el preámbulo del invierno venían bendiciones en forma de poemas, los cuáles colgábamos de las ventanas donde las palomas entregaban sus penitencias al caer la tarde, donde asomábamos la cabeza y dejábamos ir la risa mientras compartíamos la copa de vino, el cigarrillo, las promesas, la vida y ese momento de madrugada… la luna llena iluminando los cerros invadidos de tejados en donde las ventanas se apagaban y detrás de ellas, había personas soñando con un mundo mejor.

En la mesa un Morandé, el no sé qué número de beso, la mecedora de la abuela danzando silenciosa a la luz de la noche, las bancas de mi abuelo rodeándonos con sus años a cuestas, la calle vacía, el aire colándose por las rendijas abiertas a nuestra historia, los libros como espectros mirándonos desde sus estantes, tus manos hundiéndose en mi pelo, las mías sobre tu pecho, los muros derrumbándose junto con nuestros miedos y nuestras ropas, el fuego que temblaba en las velas, las migajas de pan reposando en el traste preferido de tu madre, lo que no seremos nunca…

Después me fui (y me fui amándote) y olvidaste regresarme el corazón entero, o al menos eso parece, porque no puedo, porque no quiero, jamás, nunca, mientras viva y no, en esta vida y en otras, en mi muerte de no sé cuándo y en las que siguen, dejarte atrás, como había pensado que lo hice, ahí en ese estacionamiento que parecía más un cementerio, con la línea de lluvia sobre nosotros, al lado del auto azul, con el último beso que me diste y que iba cargado de frenético amor, de locura, de desesperación, un beso en el que me decías que no me fuera, que me quedara contigo, que nosotros éramos mucho más que lo que me deparaba el futuro… ahora que estoy sola en el futuro de ese entonces… lo sé, mi vida, éramos mucho, muchísimo más.

Y te dejé ahí, en donde creí que estarías cuando volviera, con la mirada perdida detrás de tus gafas, con tus pasos lentos, mordisqueándote los dedos de las manos como hacías cada vez que algo te dolía, en tu camisa a cuadros grises y rojos, deseando que yo fuese, como siempre, la de la última mirada y sin saberlo, también resguardando lo mejor de mí (porque te quedaste con lo mejor de mí).

Volví y supe que habías muerto, o al menos así se sentía, así se siente… dolías, dueles como si hubieras muerto y yo tuve que llorarte como quien llora a quien se le escapa la vida y los recuerdos, tuve que resignarme a una vida sin ti, a un presente en donde los huecos siguen llenándose con lo que llega y se va.

Y entonces hoy fui dejando flores en los sitios donde ya no estás.

De camino a casa el viento las deshizo, las trajo de vuelta hasta mi puerta, esta vez pétalos volando en el patio abandonado. Pétalos en remolinos danzantes que encontraron su inmaculado refugio en mi cabello donde antes estuvieron tus manos…

Cierro los ojos y canto en voz baja la canción que me dedicaste al oído, cuando empezamos algo que, irremediablemente (¿lo sabíamos?) tendría un final…

about Lillian Hosking

Treinta y tres años haciéndole al cuento. Zurda por herencia. Loca medicada de manicomio, favor de fijar desde ahí cualquier expectativa.

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