Te vi corriendo, como a todos los demás, en este mundo subterráneo donde nunca hay sol. Apurabas tus zancadas para llegar a un lugar muerto, para seguir acelerando la marcha de la vida y conseguir aquello que siempre has querido, lo que más necesitas, eso que apenas conociste un par de meses atrás.

Te volví a ver a la luz del día, parecía no importarte que los rayos solares iluminaran tu cara, tus ojos. Tu mirada fija en un futuro completamente incierto, vago… irreal.

Por fin conseguiste eso que buscabas, por lo que tanto corrías, pero no te ves feliz, sigues corriendo. Pasas del mundo subterráneo a tu celda adornada con laureles de libertad. Tienes una nueva meta, una nueva irrealidad.

Ya es habitual verte en este camino sin fin. No te has dado cuenta de mi existencia, ni de la de muchos otros con los que diariamente compartimos un pequeño tramo de vida. Tu rostro se ilumina artificialmente, una luz pálida que no da brillo a tus ojos y que a veces te saca una sonrisa apagada, sin complicidad.

Hoy no te vi en el lugar habitual. Te imaginé en un campo verde, recostada sobre tu espalda disfrutando del calor del sol en tus mejillas, no había más luz artificial. Me jacté de mi propia libertad, de cómo yo te podía observar tranquilo mientras tú corrías, pero al levantar la cara, no hay cielo ni sol, el césped gris no se siente bien en la planta de mis pies. Y yo estoy atrapado entre dos pantallas que emiten imágenes que poco me importan. Tal vez, poco a poco empiece a correr.

about Sergio Armenta

En algún momento todo se deformó en letras y notas. La música y los libros siempre me han acompañado en mi andar.

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