No podía probar ni un bocado. Yo, ajeno a la religión, estaba a punto de emprender mi propia penitencia. No se trataba de un ayuno voluntario ni nada parecido, sólo que no podía probar alimento ese viernes santo. La carretera sería la primera estación de mi Vía Crudis. Casi sin dormir y con la resaca tapando cada poro de mi cuerpo inicié el camino hacia Pilcaya, Guerrero.

La segunda estación fue la parada obligada en Ixtapan de la Sal. Cargar gasolina para mi auto y, para mí, una cerveza fría que recibí como un bálsamo. No fueron necesarios cuarenta días en el desierto para saber lo que es la sed. El camino descendente y lleno de baches me conduce a mi destino. Poco antes de llegar, los primeros soldados hacen su aparición. No se trata de romanos morenos y panzones; es una pequeña barricada donde el ejercito nacional obliga a todos a detenerse para una revisión, con armas largas en manos de chicos demasiado jóvenes para ser carne de cañón.  Después de pasar el punto de revisión que consiste en un: ¿A dónde va?, pude seguir mi camino. A cada lado, pequeñas casas con grandes bugambilias. Al llegar a la calle principal el tránsito se detuvo. La procesión pasaba por allí.

El sudor de mi frente escurrió y las nauseas se hicieron presentes cuando casi derribo un puesto improvisado de pescado frito. El olor se impregnó en mi ropa, un paso incierto y tras pisar algo o a alguien, recobré el equilibrio y seguí mi camino con una mentada como música de fondo para llegar a la plaza principal. El recibimiento fue el mismo. Hileras de puestos de comida y cientos de personas apretujadas, como en el metro Pantitlán, buscando la sombra bajo una lona improvisada. Quizá lo mejor, para mi resaca y para mi comodidad, sería apartarme un poco. Era imposible: del cielo Dios enviaba  rayos de sol que ardían en la piel, como los látigos de los romanos ardieron en la de su hijo. Al menos eso pensé ante el fervor católico que inundaba el lugar. “¿Falta mucho para que llegue la procesión?” le pregunté a una señora que lacónicamente respondió “como media hora”.

Con el tiempo suficiente para beber una cerveza, me dirigí a la primera tienda. El termómetro marcaba más de 30 grados, yo sentía algo así como 60. Tras el cristal, como una aparición celestial, una cerveza sudaba tanto como yo, dentro del refrigerador. Apenas toqué la manija para abrirlo, un hombre de sombrero y bigote espeso me dijo que no podía vender cerveza: es día de luto, agregó. “¿Te cae?” pensé, en vacaciones, con un calor de los mil demonios y siendo el único día en que el pueblo se llena de gente, ¿no venden cerveza? Estuve seguro de que se debía a la cercanía con la iglesia que es donde se desarrolla la crucifixión (¿cruciFicción?). Caminé varias cuadras, entré a muchas tiendas de pueblo, donde aún cubren el pan con plástico sobre el que las moscas danzan a la espera de saborear el azúcar morena con sus patas. Nada. Nadie vendía cerveza en Viernes Santo. Agua mineral en mano regresé a la plaza central, mucha más gente se apretuja bajo la lona.

Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar acercarse un agudísimo audio, proveniente de una pickup. Recordé entonces a la pipa de gas que, entre un mix reguetonero, anuncia su servicio a las seis de la mañana. En esa ocasión se trataba de un acto solemne. La voz de un hombre, parecida a la del animador de un baile, anunciaba la estación siguiente del Viacrucis. De fondo, decenas de mujeres cubiertas con velos negros y a voz chillona pero potente entonaban una canción. Bueno, había que tomar un buen lugar para ver quien era el valiente que, con el inclemente sol, se aventuró a representar a Jesús, caminando descalzo por tierra, piedras y, finalmente, pavimento ardiente.

Paleta verde limón de hielo a medio derretir en la boca, vi pasar la camioneta cargada con bocinas a las que sólo los agudos les funcionaban. Niños trepados en ellas saludando emocionados, antes claro, de ser reprendidos mediante un zape preciso y discreto para comportarse como era apropiado. Había escuchado sobre representaciones así, pero nunca había visto una en persona. Al frente, como primera línea: niñas vestidas con ropa y alas de angelitos, puramente blancas, cubriendo del sol su morenita piel. El siguiente grupo era de mujeres: rostros tapados con velos, cargando piedras, encorvadas. Casi al final de ellas, se podía adivinar a la de mayor edad, su paso lento y constante, sus manos arrugadas y acartonadas sostenían devotamente un par de piedras, pequeñísimas pero, tras horas de caminar, seguramente la mujer las sentía tan enormes como su fe. En el último pelotón, jóvenes con las plantas de los pies laceradas; con ámpulas provocadas por el terreno y por la temperatura, cubiertos de la cintura para abajo con telas negras, holgadas. Sus espaldas, de piel dura, maltratada y quemada, soportaban las gruesas varas de zarza. Atados, con los brazos extendidos. Con el rostro cubierto por una capucha negra, parecían verdugos vueltos víctimas. Más de uno trastabilló, apunto de desfallecer, se sostenían apenas con el hilo invisible de la tradición de sus antepasados. Todos se detuvieron, como lo hicieron en cada estación, para dar paso a Jesús.

Sofocados, diez o quince hombres (todos de la misma familia), cargaban una base de madera. Sobre ella, una adolescente vestida como una Virgen miró a la multitud. A su lado, un hombre ataviado como soldado romano, látigo en mano se aferró al barandal de la base ante el paso irregular. Entre ambos: el Padre Jesús. Una escultura articulada del siglo XVII, un Cristo que carga una burda cruz color verde, que más bien parecía un poste de luz. Se cuentan, me informaría después, muchas historias milagrosas de él. Lo más preciado de ese pueblo guerrerense viajaba, literalmente, sobre los hombros de una sola familia. La única que conoce, o al menos, que puede mover el mecanismo con el que el Padre Jesús representa cada caída. Frente a mí, uno de los pocos espectadores resignados a soportar el sol sin más escudo que la propia mano en forma de visera, la tercera caída estaba por ocurrir. El párroco del lugar, con porte de santo pontífice y elocuencia de agitador de Antorcha Campesina, narró la estación. En una escena lenta, más que con cualquier cámara phantom, Jesús comenzó su descenso, con movimientos torpes y poco naturales. Una escena que, en otro contexto habría resultado chusca pero que, al mirar los rostros de los presentes, cobraba un halo de solemnidad.

La religión católica que tanto daño ha hecho en el mundo, que ha cometido los crímenes más despiadados en nombre de Dios; que ha mancillado la dignidad de pueblos; que ha robado toneladas de dinero y que, de muchas formas, ha gobernado valiéndose de la ignorancia de la gente, tiene rincones sagrados. Gente que cree en sus tradiciones, en sus penitencias. En dejar la piel en las calles de un pueblo olvidado por todos. Que no estaría en el mapa de no ser por la facilidad para tramitar placas y licencias de conducir de forma rápida y barata. Un pueblo que, desde siempre, ha sido abandonado. Su iglesia se empezó a construir a finales del siglo XVI, tuvo como benefactor a José de la Borda pues era el paso para Taxco. Una iglesia hermosamente austera en su exterior, de tipo fortaleza, y, en su interior, cubierta por retablos impresionantes y un púlpito único que, por desgracia, está a punto de caer. De la Borda también los abandonó. Sin embargo: la iglesia, su gente y, hasta el púlpito, se mantienen en pie.

De regreso, en el límite entre Guerrero y el Estado de México, una mesa de lámina con enormes vasos azules escarchados me obligó a detenerme. Con la cerveza cubana regresándome a la vida, la señora me contó, con devoción, cómo ese día todos hacen penitencia, pero mañana, me dijo entre risas, todos los que hoy vio en la procesión van a estar bien borrachos en el río. “Empezando la cuenta de pecados a expiar el próximo año” pensé antes de beber el último trago del día.

about Daniel Bernal

Mitómano de profesión y vocación. Escribe porque no sabe hacer otra cosa –a veces duda también que sepa escribir–. Siempre ha tenido problemas con la autoridad; por eso renunció a su primer empleo a los once años, como cerillo de supermercado. Fracasó como músico y como emigrante. Ahora vive feliz entre libros, libretas y su mujer. De vez en cuando publica sus historias donde puede. Pero claro, todo lo anterior podría ser una más de sus mentiras.

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