para Héctor J. Fierro, por tu música y tus enseñanzas.

Al rastrear los orígenes del rock, invariablemente nos toparemos con sus genes afroamericanos: el blues y su groove particular, capaz de romper con las cadenas de la esclavitud de aquellos hermanos arrancados de la selva, cazados como animales y vendidos como bestias de trabajo para pagar de sol a sol el tono oscuro de su piel. ¿Qué quedaba lejos del hogar y de la familia? El espíritu, las creencias, todo aquello que les permitía seguir siendo parte de la cultura que, obligados, habían tenido que dejar atrás.
El único lugar donde estos hombres y mujeres esclavizados gozaban de un poco de libertad eran las iglesias, donde, al estar separados de los blancos, los afroamericanos pudieron dar rienda suelta al groove de su alma libremente, adorando a un nuevo Dios a la manera en que sus ancestros adoraron a sus propios dioses; así nace el gospel (palabra derivada de los vocablos God Spel, “historia de Dios”), un género musical de carácter religioso cuyas letras exaltaban la presencia de ese Dios como un motor para soportar los momentos más difíciles.
Las misas eran verdaderos conciertos donde todos dejaban que la fe se desbordara en sus cantos y sus bailes, pronto hubo talentos que destacaron por su capacidad de mover las fibras de todos los asistentes, talentos tan grandes que ya no bastaba una pequeña iglesia para darles cabida. Así, en los años 50’s se comenzaron a hacer conciertos en forma, de música totalmente góspel, con figuras como Mahalia Jackson, Sister Rosetta Tharpe, The Soul Stirrers, y otros, pero en un marco aún de tintes sacros, con letras dedicadas a la divinidad.
Sin embargo, no pasaría mucho tiempo para que las puertas comenzaran a abrirse y aparecieran los horizontes paganos ante los ojos de estos artistas que llevaron su música al exterior de sus círculos e introdujeron en ella temas más terrenales como el amor romántico o el placer carnal: Sam Cooke, Aretha Franklin y Ray Charles son buen ejemplo de ello, y la música evolucionó poco a poco en rhythm and blues, motown, soul…
De estos ritmos, el soul conjugaba el poder catártico del góspel con la sensualidad de la música de los salones de baile, lo que colocaba a los cantantes de este género en el papel de sacerdotes al frente de una congregación ávida de libertad, colmada de sensaciones que esperaban impacientes el momento de salir; llena de preguntas, deseos e inconformidades. Estos guías encarnaban la emancipación, la independencia, la entereza, el camino hacia un lugar ideal, lejos de la moral represiva y los innumerables “noes” que tanto parecían gustar a las viejas generaciones. Así, los cantantes se vuelven, más que artistas admirables, verdaderos ídolos, magos capaces de canalizar toda esa energía de sus seguidores y manejarla a su antojo, basta buscar en YouTube el nombre de Sam & Dave y ver en alguno de sus conciertos la manera en que enloquecían a los jóvenes en el momento justo, no antes ni después, controlando la energía con el volumen de su voz, el movimiento de sus caderas, de sus manos… mucho antes de que lo hiciera Elvis, los Beatles o los Rolling Stones, o cualquier nombre que se nos ocurra ahora.
Así es, el rock tiene raíces sagradas que han germinado con frutos deliciosos en todas las bandas y solistas que se dejaron seducir por el lado oscuro y permitieron que el ritmo de su corazón se sincronizara con los tambores africanos, para luego traerlo de regreso, renovado e inmortal.

about Rita Cerezo

Tonalá Chiapas (sine data). Afortunadamente me topé con los mitos antes que con los cuentos de princesas, y con Poe antes que con Corín Tellado; eso me llevó a aprender Latín, Griego y tratar de ganar almas para los dioses olímpicos entre los desorientados adolescentes de la UNAM. Lo de escribir fue un vicio que empezó muy temprano, actualmente estoy en tratamiento en un grupo de apoyo, no para dejarlo -ya vi que es imposible-, sino para degustarlo mejor.

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